El «peplum» existencial

Channing Tatum y Jamie Bell, dos de los actores jóvenes con mayor proyección, protagonizan «La legión del águila», una expedición a la Escocia del tiempo de los romanos

El peplum existencial
El peplum existencial

Ésta no es una película de romanos, aunque durante el primer cuarto de hora del metraje Kevin Macdonald nos pone los dientes largos dejándonos creer que va a revisitar el peplum desde los presupuestos documentales que han guiado al director de «El últimos rey de Escocia» (2006) en su carrera. Pero no, no quiso disputarle el puesto a «Gladiator» como última gran producción sobre el Imperio Romano. Bien es verdad que tampoco era libre, pues el proyecto era adaptar la novela de Rosemary Sutcliff. Pero su vocación es clara desde el primer plano: «No quería nada irreal en esta película porque todas las históricas parecen tocadas por un velo de irrealidad. Fui contra la épica de estos filmes, muestro todas las dificultades, el frío que hacía...», nos comenta durante una visita reciente a Madrid. En el año 117 d. C. la Novena Legión Hispana, de guarnición en el muro de Adriano, se internó en las nieblas de Caledonia y entró en la leyenda. Cuatro mil hombres desaparecieron en las tierras altas de Escocia sin dejar rastro. Veinte años después, Marco Flavio Aquila, hijo de uno de los centuriones de la legión maldita, llega a Britania. Así comienza la sinopsis del libro que adapta el filme. Así que Channing Tatum se calza las sandalias y se ajusta el pecho de lata con tanto ímpetu por expandir las fronteras de Roma como por limpiar el honor de su padre, al que se acusa tanto del fracaso de la expedición como de haber perdido el águila dorada, símbolo de la legión.


Metáfora obvia
«Mi idea era enfatizar al principio del filme la figura del héroe –explica el director–, alguien que se hace respetar a pesar de que es joven y de que su padre fue traicionado. Luego deja de ser esa figura heroica y traté de simplificar lo más posible su lado imperialista». La euforia de su llegada se evapora tras una lesión que le destierra del campo de batalla. Durante una lucha de gladiadores se apiada de Esca (Jamie Bell), un joven nativo que se convierte en su esclavo y al que utilizará como brújula humana para reconstruir la expedición de su padre y lograr recuperar el trofeo áureo. Surge de ahí una relación complicada, que comienza con la desconfianza propia de quienes son enemigos y se ven obligados a disparar contra el mismo objetivo. Bell, que también acompañó al director en su presentación del filme en España, lo explica así: «De repente, un romano salva la vida a mi personaje, lo que le crea un conflicto, pues siente rencor, pero si cumple lo que promete logrará la libertad». Por eso se enroló el ya no tan pequeño Billy Elliot en una película de estas características: «Se trata de una historia bien contada y además con mucha acción». Su personaje, sin embargo, tiene reacciones que cuesta comprender a un espectador del siglo XXI que no concibe la esclavitud como forma de vida. Bell, que interiorizó ese conflicto, lo explica así: «Es un chico que lo ha perdido todo y que no quiere morir. El sentido de la lealtad y el honor es lo único que le queda de su cultura». Asistimos, por tanto, a un combate complejo colonizador-colonizado que afecta al patio de butacas sin saber nunca de qué lado decantarse: «La metáfora es muy clara, cualquiera que no sea americano la va a entender inmediatamente», argumenta el realizador.


Atleta y bailarín
Por si algún espectador no entiende esta sutileza, todos los romanos hablan con acento americano, mientras que el resto del reparto, que representa a los oriundos de las islas británicas, lo hacen con acento inglés o en lenguas antiguas. Por eso eligió a Bell de «partenaire» europeo del protagonista: «Jamie, uno de los pocos actores niños que han sabido luego construir una carrera, interpreta un papel más complejo que el del protagonista, pues es europeo y no va a decirle la verdad directamente a la cara». Más dudas tuvo para encontrar a Aquila, pues a Channing Tatum (a quien hemos visto en «G.I. Joe», «Enemigos públicos» y «Memorias de Queens»), que acabaría siendo elegido, lo conocía más como bailarín, al igual que el resto de sus compatriotas. Luego cambió de opinión: «Él vive de una manera muy atlética, ha sido bailarín, atleta, jugador de fútbol... y vi que entendería perfectamente como se sentiría un soldado al que un accidente le impide seguir con su actividad», comenta Macdonald. Ambos protagonistas tardaron mucho menos en decir que sí que de lo que tardaron en preparse. Bell recuerda que durante meses tenía tres lecciones de montar a caballo a la semana, de armas, y además tuvo que aprender una lengua ya muerta: «Pocas veces uno tiene la oportunidad de abordar un personaje como éste».

Si la acción pierde intensidad al salir del acuartelamiento romano, en cambio gana en belleza plástica, pues no se nos ahorra ni un plano de la asombrosa orografía de la isla. Los Highlands, los montes de Escocia, tienen un aspecto tan espectacular que ni siquiera se plantearon rodarlo en estudio, pero en el archipiélago británico ninguno de los parajes originales conservaba la espectacularidad de la antigüedad, así que tuvieron que ir a buscar los paisajes a Hungría. Con esa vocación de no idealizar el pasado, el director insistió en que tanto el vestuario como los decorados que simulan cómo vivían las tribus de entonces no buscan la perfección.


Sin romance
Ni siquiera en las escenas de romanos, donde más puede volar nuestro recuerdo hacia las grandes producciones de Hollywood que hicieron de la antigua Roma una época idílica para varias generaciones de espectadores: «Es curioso el fenómeno de esa época porque nos ha llegado la imagen de Roma a través de los directores de una época: la militarización, la disciplina»..., reflexiona el director. Mucho más daría que hablar la relación que existe entre ambos. El director admite que hay cierto punto de ambigüedad en algunos comportamientos, pero cree que no se puede hablar de secuencias homo-eróticas: «Hay muchas películas que exploran la relación entre dos hombres a los que les une algo más que una amistad, pero que no deriva hacia una relación sexual», aclara el realizador. Y también niega las acusaciones de misoginia, pues aunque es verdad que resulta complicado encontrar planos en los que aparezca una mujer, para él esta circunstancia viene derivada de la trama. A lo que se negó en redondo fue a introducir un romance para conseguir que la película alcanzara audiencias mayores, pues siempre vende más palomitas: «En muchos filmes se introducen historias de amor con calzador con fines comerciales, espero que en este caso no sea necesario para el espectador», concluye el director.


A la espera de «Tintín»
Jamie Bell está doblemente satisfecho. Primero porque ya sabe qué no pasará a la historia sólo como el niño que quería bailar, Billy Elliot. Y es que, independientemente del recorrido comercial del filme, será recordado como el Tintín de la gran pantalla. El segundo motivo de entusiasmo es que este ofrecimiento se lo hizo, nada menos, que Steven Spielberg. Bell admite, para empezar, la ilusión de interpretar a «un personaje como éste que todo el mundo conoce», que además, le parece un «modelo excelente para la gente joven»: «Cualquier persona que disfrutara con Indiana Jones lo hará con Tintín», comenta. Como ven, el joven intérprete comparte preferencias con la generación de sus padres: «Soy muy clásico en mis gustos». Se le iluminan los ojos cuando se le pregunta por su relación con el director de «E. T.»: «Su sensibilidad es muy distinta a de los demás, todos sabemos que posee un don para contar historias increíblemente visuales, pero es que, además, resulta bastante accesible». Spielberg tenía con este personaje una de las espinitas de su carrera, pues descubrió en las críticas de «Indiana Jones y el arca perdida» (1981) que comparaban su obra con el personaje de Tintín, que él no conocía. No sólo le fascinó, sino que consiguió una promesa de derechos de su autor, Hergé, que nunca llegó a materializarse por la muerte de éste. Después el problema fue encontrar los medios tecnológicos para recrear el universo estético del cómic y, más tarde, que sus películas habían derivado hacia un terreno que no era el estrictamente familiar.