Literatura

Una frase en el pecho

La Razón
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Nunca entendí la razón por la que algunas personas se empeñan en leer con la intención de desentrañar en cada frase una serie de misterios de cuyo hallazgo el autor es a menudo el primero en sorprenderse. Hay en esas personas un constante afán de erudición que les crea el compromiso de desentrañar en la escritura lo que ellos suelen llamar «claves». A muchos autores les gusta que el lector crítico y avezado les descubra intenciones conceptuales que a él sin duda le habría gustado tener en el momento de escribir. La vanidad del autor está en cierto modo incompleta sin esa otra vanidad del lector supuestamente profundo que ve complejas intenciones literarias, o sutiles claves morales, donde seguramente no hubo nada más que lo que a simple vista se entiende leyendo de manera literal. Conozco escritores a los que les complace que el crítico indague en sus textos pretensiones de cualquier tipo que él en absoluto tuvo en el momento de redactarlos. O que el lector relativista encuentre en cualquier párrafo un «guiño» intencionado en una frase que en realidad a menudo es sólo la consecuencia de una mala redacción. Muchos escritores le deben su prestigio intelectual a la generosidad «cultureta» con la que sus exquisitos lectores malinterpretan sus textos. La pretendida grandiosidad conceptual de algunos de esos textos «oscuros y complejos» no es la consecuencia de una actitud deliberada de su autor, sino el inevitable resultado de estar mal escritos. La verdad es que son contados los que se quejan de esa deficiente interpretación de su trabajo, seguramente porque no son pocos los escritores que consideran que una novela no puede ser importante si la portera de su edificio la entiende sin necesidad de que se la explique con abnegado detenimiento el filólogo del tercero. En eso a los escritores les ocurre lo mismo que a esos médicos pretenciosos que cobran una elevada suma de dinero por un diagnóstico que ellos describen con una letra ininteligible, como si temiesen que el paciente fuese a decepcionarse por tener una enfermedad tan fácil de leer como las cartas que escribía a casa cuando era soldado. Digo yo que lo mejor es que la gente te entienda a la primera, sin necesidad de interpretaciones, igual que entiendes al tipo que te atraca de madrugada en el portal de casa. En realidad una frase sólo es acertada cuando resulta tan fácil de entender como una pistola en el pecho.