La crisis va para largo

Cibeles se estrena con abrigos y vestidos hasta el tobillo. Dice la teoría de la falda del crack del 29 que si se alarga la tela, la recesión se recrudece

Jeanette aceptó desde un primer momento la propuesta de cantar en Cibeles. Arriba, el desfile de Jesús Del Pozo
Jeanette aceptó desde un primer momento la propuesta de cantar en Cibeles. Arriba, el desfile de Jesús Del Pozo

¿Por qué te vas? Según quien lo diga, puede sonar a despedida de telenovela, a mirada ñoña de Carla Bruni, e incluso a reproche estilo «Con lo bien que estamos los dos viendo "Cine de barrio", te vas a ver el fútbol y me dejas plantada». Pero si a la pregunta se le pone música setentera y la que canta es Jeanette, todo cambia. Y así pasó en la inauguración ayer de Cibeles. Duyos subió al mito viviente a la pasarela para que ambientara y la mujer –que ya no mocita– atrapó al personal con su mirada y voz adolescente sin preocuparle el riesgo de que su colección se quedara en un segundo plano. Pero no fue así.

No se crean que Duyos es un vendedor de humo que sólo busca la foto. Tiene mucho más que vender. «Quería navegar por la época dorada de la alta costura española de los 60 y 70, cuando había modistas y no diseñadores. No hablo de homenaje a los grandes porque sería pretencioso», expresó con humildad, pero con su aguja dio una lección de saber lo que es una retrospectiva de esas mujeres que se paseaban por el Paseo del Prado vestidas de Balenciaga, Pertegaz y Berhanyer. Exquisito en la paleta de colores –crudo, negro, rojo, pasteles– y esforzado en la mezcla de tejidos –calidad en terciopelos de seda y muselinas–. Por cierto que Elio –al que Duyos evocó con botones joya y las piezas de mohair– se dejó caer por Ifema desde el exilio. Ya saben, lo suyo con Artesanos Camiseros acabó en quiebra. «De este ejército ya me he licenciado», bromeaba antes de aplaudir en pie a un Roberto Verino que demostró que pocos le pueden superar en el dominio de los trench. De su viaje mental a Oriente se trajo unos chaneles maxi, otro con botones de aúpa y el de más relumbrón: un kimono con flores de Manila.

Lástima que las modelos no se los quitaran a mitad de camino. No es que pida más desnudos, es que el gallego se ha trabajado el concepto de «lujo interior». Los forros tienen tanto o más caché que lo que vemos. A saber: «Lo importante no es lo que se aparenta, sino lo que se es», sentenció Verino. De esta esencia también sabe Jesús del Pozo. Ayer se inspiró en una mujer espigada y militar a lo Dietrich –con galones y todo– en encajes semipegados al cuerpo en patchwork. Sólo se da la licencia de abrir el volumen en las capas, en el astracán y en unos abrigos todoterreno con unas microlentejuelas que destellean lo justo y necesario.


Lemoniez da un paso
¿Y el corte de sus vestidos? Dieciséis centímetros por encima del botín. La rodilla sólo se percibe gracias a los cortes del patrón. El resto: largo, largo. Pero hete aquí que al echar un vistazo a todo bicho viviente que subió ayer a la pasarela, lo de Jesús no es una ocurrencia aislada. Ni un minivestido, ni un short para el otoño que viene. Mucha tela, que llega a arrastrar. Hasta las elipses enriquecidas en flúor rosa y los troquelados minuciosos de Modesto Lomba no se permitían ir más allá del midi. Y aunque nadie quiere ya mencionarlo, la crisis continúa. Y ésa sí parece que va para largo. No es por ser agorero, pero ya saben la teoría que relacionaba el crack del 29 y la tela de las faldas: mercado alcista, rodillas al descubierto. Ayer se vieron pocas, así que toca apretarse los machos.

Eso ha hecho Lemoniez, que agudiza su ingenio. Se agradece que por fin haya dado un paso al frente y arriesgue. Que no se asusten sus fijas, que no les falla en los básicos. Pero sí experimenta. Y hace bien, como con los abrigos con aire Peolocho en pluma de marabú – «no se venderán por más de 700 euros», dice– , los rombos inspirados en la cubista Sonia Delanuay, el juego de lunares crecientes en los estampados y el vestido en blanco y azul vivo en ikat, «una técnica de estampación con un tejido que compré hace dos meses en Uzbekistán». Una compra bien amortizada.

Lástima que Ángel Schlesser no se pique. La misma colección de siempre para sus clientas de cajón. Vamos, que ni aunque Jeannette le cantara «Soy rebelde» embutida en un conjunto de Andrés Sardá, Schlesser saldría de su letargo. Él, tan pancho, más largo y negro que nunca. Oscuro futuro, pues, como la tesis de la recesión de Ira Cobleigh: prendas hasta los tobillos, temor e inquietud en el bolsillo.


El detalle
LA REINA ARGENTINA

«Voy a hacer un esfuerzo para abrir el objetivo, porque no puedo encuadrar sus pechos». Aunque estas palabras de un fotógrafo cibelino pueden resultar groseras al leerlas, no faltan a la verdad. Susana Giménez, con toda su exuberancia enfundada en una camiseta de DKNY y sin sostén, se bajó ayer a Ifema para preparar el número de su revista. Habrá a quien no le suene, pero es la Oprah Winfrey de Argentina. Sin un ápice de divismo, disfrutó de los desfiles de Del Pozo y Verino. Hoy promete volver. «Estoy más puesta en los chismes españoles que de lo que ocurre en Argentina». Y uno lanza una pregunta para cogerla en un renuncio: ¿sabe lo último de la Esteban? «Claro, está a la gresca otra vez con la Campanario». Con la entrega de Giménez a la madre patria, poco más había que admirar entre la fila de vips de la jornada más allá de la presidenta Esperanza Aguirre.