Rebelión en clase

La Razón
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De tanto y tanto hay un líder político al que los suyos dejan con el culo al aire. Le acaba de pasar a Cayo Lara, que con lo de Extremadura luce el semblante del que va a hacer la gamberrada en pandilla y de pronto se da cuenta de que se ha quedado solo apretando el timbre. Y eso que lo tenía fácil: le bastaba con haber dicho que en su formación, de corte federal, cada Consejo Regional tomaría la mejor decisión para los ciudadanos, y habría quedado como un señor; pero no. Cayo cayó en el mesianismo de la mayoría de los líderes, que llegan a autoconvencerse de que los partidos están formados por voluntades orwellianas que actúan como un solo hombre a la voz de firmes. Se comprometió usando el plural mayestático y ahora echa las tardes intentando explicar que él tampoco sabía en qué cubilete estaba el dado. No sé qué le habrá hecho el PSOE a IU en Extremadura para que le niegue su apoyo, pero debe ser algo muy gordo: a nadie le agrada tener al jefe con aspecto de haber pisado una chincheta mientras bailaba claqué descalzo. Hace tiempo que discuto con Joaquín Leguina la ética de la disciplina de voto, y me maravillo de que políticos brillantes la consideren condición sine qua non para pertenecer al club. Por suerte, algunos pasan de uncirse el yugo y hacen lo que les pide el cuerpo, aun a costa de poner a los suyos de los nervios y a su coordinador general en el brete de tener que desdecirse, que es algo que, a menos que uno sea Zapatero, supone un trago. Por nuestra parte, se agradece, de vez en cuando, una lección de libertad individual entre quienes deben garantizar la libertad colectiva.