Una fiesta sin retorno

La música empieza a sonar sobre las once de la noche. Comienza, como cada sábado, una nueva «rave» (delirio, en inglés). ¿Cuándo termina? No se sabe. Puede durar toda la noche o, incluso, alargarse varios días. «Sabemos dónde y a qué hora ir, pero nadie decide su hora de cierre», asegura Cooper, un joven veinteañero que prefiere no identificarse con su nombre.

 
 

No tiene fin porque la fiesta no es oficial, los edificios abandonados, los túneles y los puentes poco transitados son los «mejores sitios para montarla». Allí, alejados de la vigilancia policial, entre 100 y 200 personas se reúnen para escuchar todo tipo de ritmos: desde el techno a la música indie. La primera impresión impacta: «Cuando entras en una te encuentras con un sitio decadente, oscuro, muy "underground"», explica el joven. «Lo mejor –prosigue– son los diferentes estilos musicales que ponen. No se escucha en las discotecas tradicionales».
No es fácil entrar en el «circuito "rave"», pero cuando das con la primera, el boca-oreja, siempre vuelve. Así es como entró Cooper.

Sus promotores: los propios DJs. Ellos ponen la música y a la masa. Los asistentes llevan la bebida y, en el 90 por ciento de los casos, también las drogas. La idea surge de los pinchadiscos que mueven a su «colectivo», es decir, a los amigos que los rodean y éstos se ocupan de hacer llegar la cita. En estos encuentros, nadie se oculta, los estupefacientes se distribuyen sin problemas e, incluso, se dan trueques. «Cada uno lleva sus botellas y, si quieres coca, speed o éxtasis, puedes intentar cambiarlo», dice el joven.

Carteles de publicidad
Él estuvo el pasado domingo en Getafe, en el popular monasterio, donde no sólo se ofrecían los estupefacientes habituales. Allí, los camellos fueron más allá y distribuyeron estramonio, la vieja belladona, capaz de añadir algún viaje más a la experiencia habitual de las drogas de diseño. «No me enteré de nada, pero me parece muy raro que se la metan en la bebida, porque cada uno trae la suya y nadie deja su copa por si se la quitan», comenta. La venta es tan abierta que los vendedores llegan a colocarse en el centro de la fiesta «para gritar que tienen coca. Otros optan por colocar carteles». Como explica el joven, su distribución es evidente.

La acción policial, en cambio, no lo es tanto. El joven madrileño asegura que en una ocasión, mientras se alejaba de la zona del monasterio de Getafe, se cruzó con una patrulla de policías que, después de varios días de fiesta, acudían a desalojar el edificio abandonado.

El marketing de los «camellos»

Las fiestas «rave», según explican los psiquiatras, tratan de que el que asiste a ellas «delire o alucine», con la combinación de música y luces fluorescentes, pero desde sus inicios han estado ligadas íntimamente con el consumo de drogas y, en especial, de las alucinógenas. Según explicaron algunos testigos de la fiesta madrileña, la pareja de «camellos» a los que se les imputan dos delitos de homicidio imprudente y otro de lesiones ofrecía su producto como «un brebaje que logra un resultado parecido al pedo que consigues consumiendo setas».

En los foros de internet, varios jóvenes califican el efecto de estos hongos: «Dan risa y son un pelín alucinógenos», comenta Yoli, una de las participantes. A estos estupefacientes se están sumando nuevas sustancias que parecen inocuas, pero que también producen efectos «delirantes» como los «oxy shots» (chupitos de alcohol inhalados), que Baleares, otra de las provincias donde se desarrollan las «raves», acaba de prohibir. Su ingesta consiste en aspirar mediante una boquilla de oxígeno que ha pasado a través de una bebida. Este gas arrastra el alcohol.

La moda de estas fiestas se ha extendido por toda la Península, en especial por las zonas costeras. Pero no son originarias de nuestro país. Los ingleses y los franceses encabezan el furor por las «raves», aunque en el país galo ya se ha acotado, gracias a la imposición legislativa, el éxito de estas concentraciones. Cataluña fue la que más sufrió su ilegalización en 2002 con la aprobación de la Ley de Seguridad Cotidiana. Londres, no obstante, mantiene este tipo de fiestas, a las que les han dado cierta clase y tienen una característica que las diferencia claramente de la fiebre española. En la capital inglesa no se realizan en edificios abandonados, ni a las afueras de la urbe, se usan recintos privados y, por eso, cobran la entrada. Unos 15 euros. Pero su coste en lugar de reducir su afluencia la ha incrementado. Y, hoy, son la primera opción de diversión nocturna para los jóvenes. Además, su convocatoria no se oculta, elude el secretismo con el que se concentran en Madrid. En la web www.squatjuice.com se abre un amplio abanico de ofertas para cada día. Eso sí, a pesar de su «supuesta legalidad», la droga también fluye por las «raves» londinenses. «Allí vi a los jóvenes mucho más colocados que en Madrid», afirma Cooper, que vivió en la capital británica durante un año.


Alejandro (22 años)
Asiduo a las fiestas «rave» de Madrid

Este joven madrileño es uno de los habituales en estas fiestas. LA RAZÓN ha quedado con él en el Monasterio de la Aldehuela, donde murieron los dos jóvenes, para conocer su experiencia. Alejandro afirma que las «raves» son fiestas ilegales para escuchar la música que «pincha» un DJ de algún conocido y se escogen lugares alejados para no molestar a los vecinos y evitar la visita inesperada de la Policía. El tipo de público es de lo más heterogéneo, explica: «He ido a algunas que estaban llenas de "rastas"y a otras con gente más "pijilla"». «El perfil que más se suele ver es el de los "indignados", los del 15M», afirma riéndose. Para Alejandro, lo mejor de estas fiestas es el «buen rollo»: «Enseguida conoces a todo el mundo e intimas, no pagas ni entrada ni las copas». En cuanto a las drogas, dice que «no te vas a encontrar nada que no puedas ver en cualquier discoteca. Depende de cada uno. Hay gente que se pone hasta las cejas y otros que no se drogan».