Florinda Chico fue vedette de Celia Gámez por Jesús MARIÑAS

Pertenecía a la galería de secundarios, aunque muchas veces fue actriz principal.

Florinda Chico y Santos Pumar en el año 2000
Florinda Chico y Santos Pumar en el año 2000

Llegó a tener compañía propia y protagonizó «La mamma», pero el impacto popular le vino al formar pareja con la sin par Rafaela Aparicio. Era un dúo único de comicidad rotunda, contundente y efectiva.
Cuando casi era un niño que empezaba en esto, la conocí y me encandiló. Todavía se llamaba Florinda Martín Mora y estaba casada con José María Labernié, a quien ella, rendida de amor, llamaba «el bien hecho». Era una mujer de belleza españolísima, siempre realzada con moño. Y fue la «dama joven» de María Fernanda Ladrón de Guevara en una compañía de repertorio que lo mismo hacía «La enemiga» que «Rosas de otoño». Cada día cambiaban de título y muchas acudían por ver qué se ponía «la ladrona de Guevara», a veces reforzada con la presencia de un juvenil Carlos Larrañaga. Luego, pasados los años, Florinda se hizo vedette de Celia Gámez, quien hilaba fino lo mismo al escoger físicos que condiciones. Fue inolvidable intérprete de «La Lola dicen que no duerme sola» en «La estrella trae cola». Compartía con Luisa de Córdoba un reparto de figuras excepcionales. Florinda –Flora, en la intimidad– era la que iba con los cotilleos a la figura de turno, fuese la Gámez o doña María. Compartí con ellas muchas noches barcelonesas en el Ritz de Antonio Parés, entonces ennoviado, y también encandilado, con Tita Cervera. Una época irrepetible.
Florinda montó un espectáculo personal en la parrilla del hotel que hoy rige Joan Gaspart e hizo popular su versión de «Pobre chica la que tiene que servir...». Estuvo meses en cartel y nos daba el alba siempre con risas, anécdotas y bromas de las que era salsa picante y conocedora profunda.
También a veces se quejaba de que en su tierra extremeña no la querían mucho, pero el tiempo mitigó ese dolor. Como el abandono de Labernié, padre de sus hijas. Luego surgió Santos Pumar, que era electricista en su compañía, y la mimó con gestos de otra época, como esa Florinda «chachachá», eterna en sus intromisiones, salidas y carcajadas contagiosas. Llegué a enmudecer con ella. Era cálida, entrañable, de una empatía inolvidable como sus arranques o puyas. El carácter se le agrió al ganar tantos kilos, que su entrañable Claudio Mariscal no lograba contener. Nos deja un recuerdo único y nadie la reemplazará.