Historia

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El sexo del miedo (III) por José Luis Alvite

La Razón
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Una de las razones por las que rechazaba Hitler la paternidad tenía que ver con su convicción de que los hombres geniales solían tener hijos cretinos. También podría haberse dado el caso de que el Führer llevase una vida casta porque se consideraba a sí mismo un dios y es obvio que las divinidades lo son gracias a que no tienen flaquezas. Poseer el cuerpo desnudo de una mujer seguramente le producía una excitación menor comparada con la que le suponía presentarse en Checoslovaquia y quedarse con Los Sudetes, mientras las potencias occidentales asistían al arranque de una política imperialista que para Hitler constituía sin duda una actitud pastoral, como si la suya fuese la conducta de un misionero cuya alma tuviese la hosca consistencia de un frío producto siderúrgico. La joven y gimnástica Eva Braun pululaba alrededor de Hitler con su júbilo de chica frívola y golosa, con su institucional lujuria de fogueo, como una virgen de cera que se divirtiese con la tentación de atravesar una hoguera con las llamas de franela. Nunca sabremos si estaba enamorada del Führer o el suyo era solo el comportamiento de una muchacha deslumbrada por aquel hombre difícil, extraño y poderoso que hacía los discursos en un tono impulsivo, exultante y patológico, como si sus frases fuesen una mezcla de oratoria, flato y estornudos. ¿Se sentía acaso atraída Eva por el miedo que infundía aquel hombre sumarísimo en cuya conversación no había casi una sola frase que no fuese una orden? Tal vez nunca lo sepamos. Sólo consta que la monada rubia quiso morir al lado del criminal Hitler, aquel tipo sobreactuado y oligofrénico que por lo visto tenía entre las piernas la caja de cambios del coche fúnebre.