Urdangarín dobla su seguridad en Barcelona por Jesús Mariñas

Día a día contemplamos, ya sin estupefacción ni sorpresa, el «caso Urdangarín». Es un no acabar, el pan nuestro cotidiano que no deja de abastecer a los medios, especialmente después del último informe del juez Castro culpando también a los políticos Matas y Camps, cuyos gobiernos firmaron por el sólo hecho de colaborar con el yerno del Rey.

Reinstalado en Barcelona, Iñaki Urdangarín sale a correr casi una hora diaria por Pedralbes y nos alerta con un encierro más pertinente. No visita Telefónica y tan sólo la Infanta Cristina acude a su trabajo en La Caixa. Resulta inexplicable que se hayan vuelto a afincar en nuestro país después de tres años felices en Washington, donde no parecían sentir la nostalgia de ahora. No está el terreno abonado para agasajarlos. El otro mediodía, una señora increpó al Duque de Palma, supuestamente trincador, en el Club de Tenis de Barcelona. Tiró a dar y él ni se inmutó. Parece de plástico o que todo le resbala. «Usted es un sinvergüenza y no debería mezclarse con nosotros», lanzó la señora. Nadie rechistó ante lo que sonó a insolente corte o desahogo. Los Urdangarín mantienen su intención de pasar los «week-end» en Baqueira cuando el Liceo Francés, donde estudian sus hijos, tenga programadas las actividades externas. Supone más trabajo para el equipo de seguridad, que ha doblado en número al asentarse los Duques de Palma de nuevo en la Ciudad Condal, cuya catedral acogió su enlace con lo más representativo de aquella sociedad.

Hay quejas de los guardaespaldas –quince frente a los seis de Washington. Cuatro oficiales y dos por la empresa, que cambiaban cada dos meses para mantenerlos alerta–, por lo que supondrá las horas extra mal pagadas. Un gasto que habrían evitado, como el morbo general, si se hubieran quedado en Washington. Allí pasaban inadvertidos, la masa no les conocía y sus hijos no sufrían un acoso inevitable entre sus amigos del barcelonés Liceo Francés. Por mucho que guarden las formas, no hay nada más imparable que un enfado de críos. La situación política, casi chantaje, tampoco es óptima para sentirse cómodos, especialmente después de la reconvención que Don Juan Carlos ha hecho en su página web. El Rey retoma el protagonismo después de recuperarse de la cadera. Y piensa mantenerse en ese tono, o tal me aseguran personas cercanas al Monarca, que aún no entiende el porqué de su regreso a Barcelona, donde también está de nuevo Telma Ortiz. Son como ovejas negras para sus parientes, como en tiempos lo fue Titi de Saboya para Víctor Manuel, Margarita de Inglaterra para la reina Isabel II. Y ya no digamos la pobre Lady Di, Jaime de Mora con Fabiola de Bélgica o el príncipe Bernardo con la reina de Holanda. Ocurre en las mejores familias y, afortunadamente, no son la excepción.