Y si los jóvenes protestaran

La falsa creencia de que los «ninis» españoles son mayoría podría hacer pensar que, aparte de no estudiar ni trabajar, mucho menos se iban a manifestar. Entonces, ¿es impensable que las recientes revueltas encabezadas por jóvenes en los países árabes pudieran trasladarse a nuestro país?

Jorge Castañeda: Responsable de Movilización de Ingeniería sin Fronteras. Pese a la opinión generalizada, cree que contamos con una juventud comprometida.
Jorge Castañeda: Responsable de Movilización de Ingeniería sin Fronteras. Pese a la opinión generalizada, cree que contamos con una juventud comprometida.

La revista de la Fundación Sistema, presidida por Alfonso Guerra, se ha hecho eco de esta posibilidad. El sociólogo José Félix Tezanos afirmó en un artículo que «los problemas sociológicos de fondo» están «creando un caldo de cultivo». Y, si no se produce un cambio social, los jóvenes «acabarán dando la cara». ¿Los motivos? Entre otros, la escalofriante tasa del 43 por ciento de paro juvenil. «¿Creen los pontífices del oficialismo económico imperante que todos estos jóvenes excluidos e infraposicionados se van a quedar indefinidamente de brazos cruzados?», se preguntaba Tezanos.

Sea cierto o no, los conflictos de Egipto y Túnez han evidenciado el papel de la juventud como motor de cambio social. Ahora bien, ¿contarían los jóvenes españoles con ese grado de compromiso? Los sociólogos creen que, por mimetismo, no parecería imposible. Pero la situación se plantea de forma radicalmente distinta. «El caso de España es muy particular», argumenta Antonio López, sociólogo y catedrático de Trabajo Social de la UNED. ¿Las diferencias? Los jóvenes españoles «disfrutan de una renta y colchón paternos», han «interiorizado que conseguir un trabajo es una labor individualista», y, al vivir en una democracia, tienen «una visión apática respecto a la movilización política». En definitiva, es una juventud «muy protegida». Eso sí, en ningún caso hay que estigmatizarla por no echarse a la calle. «Si se manifiestan, decimos que son unos revolucionarios; si no, decimos que son unos apáticos», afirma el sociólogo. Y es que «no necesariamente tienen por qué manifestarse. Más bien, debemos preguntarnos: ¿cómo construimos un futuro mejor? ¿Cómo creamos un mercado de trabajo? ¿Con qué mecanismos de participación cuentan?».

Ahora bien, si los jóvenes salieran a la calle, ¿qué conseguirían? «Si continuamos con este paro juvenil brutal, la gente va a reaccionar. Y si el Gobierno ve un descontento, sumaría otras variables a sus cálculos económicos», afirma Fabio Gándara. Este joven de 29 años colabora con la Asociación Nacional de Desempleados (Adesorg) y ha creado un grupo de Facebook –«Yo soy un un/a joven español/a que quiere luchar por su futuro»–, con el que pretende «aglutinar los descontentos de la gente joven». No en vano, «en España, a los jovenes se les ve como un proyecto de ciudadano, unos "pasotas"que no se implican, y no se realizan políticas pensando en ellos». Y lo más sangrante: a pesar del paro, «no tenemos ninguna organización que nos defienda». Tampoco se engaña: a su generación «le cuesta moverse». «Hemos vivido bajo una burbuja de bonanza y comodidad», añade.

Revolución virtual

Casos como el de Wikileaks han demostrado que la revolución hoy se organiza en internet. Los jóvenes ya no expresen su descontento en las calles: prefieren las redes sociales. «En Egipto y Túnez las revueltas empezaron en estas redes. En España, mientras, el descontento sigue siendo virtual», dice Fabio. De hecho, este joven organiza a través de internet las conocidas como «flashmobs»: protestas relámpago, pacíficas y festivas, en lugares públicos. «En las redes sociales se juntan varios jóvenes que enlazan con sus afines y actúan de forma colectiva. Crean una masa digital para actuar», apunta López.

También la ONG Ingeniería sin Fronteras ha visto en estas redes un filón para canalizar sus reivindicaciones. «Como ya no se convocan grandes protestas, existe una sensación de que los jóvenes no se preocupan. Pero nos sigue importando», dice Jorge Castañeda, de 30 años y responsable de Movilización de esta ONG, que lucha contra la pobreza en los países del sur.

Ahora, Jorge colabora en la campaña «Pobreza cero», que nace con la pretensión de «presionar a los líderes políticos a través de la movilización social». Jorge y el resto de voluntarios tenían claro su compromiso: «El deseo de hacer algo y el convencimiento de que hay injusticias en el mundo que tenemos que solucionar».

«No les pica el "gusanillo"»

«En Facebook y Tuenti se está dando una revolución silenciosa. Cuanta más gente se reivindique, más concienciada estará la sociedad», opina Rubén Sánchez, de 29 años, y portavoz de la Plataforma por una Vivienda Digna. Si el paro es uno de los principales quebraderos de cabeza para esta generación, no lo es menos la emancipación. Tras intentar, con poco éxito, independizarse, Rubén entró a formar parte de la plataforma. Hace tres años, este grupo protagonizó varias manifestaciones por toda España. Hoy, la visión de Rubén sobre la movilización de la juventud es «más bien negativa». «Es difícil que a la gente le pique el gusanillo», añade.

Pero es posible. Buen ejemplo es José María Blanco, de 22 años, y colaborador del Foro de la Familia. Y eso a pesar de que reconoce que «es más fácil conseguir el compromiso de los adultos que de los jóvenes, que son más indecisos y se mojan menos». Tras dar charlas en una veintena de colegios, José María logró movilizar a 2.000 voluntarios para que se sumaran a la manifestación de octubre de 2009 contra la Ley del Aborto. Además, preside la asociación Nasciturus de la Universidad Complutense de Madrid. «Para motivar a la gente hay que romper con la idea de que el joven con valores y comprometido es una persona "rarita"» , dice. Además, hay que luchar contra dos frentes: las instituciones, que «tienen que fomentar una mejora del nivel educativo», y los propios jóvenes, que deben «abrirse más y mostrar su altruismo».