Identidad

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Desde que empezó a celebrarse en los años 80, la Jornada Mundial de la Juventud ha tenido entre sus principales objetivos apuntalar la identidad católica en el mundo. El propósito se va consiguiendo poco a poco, como lo pone de manifiesto la alegría de los jóvenes católicos de todo el mundo estos días en Madrid. En la base de esa alegría están la posibilidad y la disposición a manifestarse como católicos, a ser conocidos como tales y dar a conocer la participación propia en la Iglesia católica. «No avergonzarse» es sin duda de los grandes lemas de estos días, y para conseguirlo se necesitan elementos que ayuden a los católicos a manifestarse como tales. Estos días se han hecho presentes con intensidad variable algunos de esos grandes motivos, casi todos muy antiguos: la comunión de masas, el culto a la Virgen María, el sacramento de la confesión, el culto a las reliquias (con la aparición de una reliquia de Juan Pablo II), el culto a los santos (con la presencia discreta de los santos patronos, entre ellos san Isidro) y las imágenes, la representación de lo sagrado en un país que ha creado una imaginería católica tan hermosa y tan conmovedora. En un mundo en el que las identidades particulares se van difuminando y en el que muchas confesiones e iglesias han ido perdiendo aquello que les permitía afirmarse ante los demás, la recuperación de esta identidad es un hecho crucial. Uno de sus elementos básicos es la palabra, la palabra de Dios y la exégesis razonada por la que todos alcanzamos a entenderla. Desde esta perspectiva, Benedicto XVI resulta el mejor pastor. Gracias a su palabra clara, precisa, humana, siempre inteligente y dispuesta a la amabilidad, la Palabra de Dios vuelve a ser el centro de todo lo que estos días ha ocurrido en Madrid.