Santa Clara

Con la fe en vaqueros

Con las manos unidas en actitud orante y paso lento, meditativo. Así caminaba ayer la madre Verónica María, fundadora de la congregación «Iesu Communio», la congregación más reciente y también más joven de Europa.

La madre Verónica María junto a las 176 hermanas
La madre Verónica María junto a las 176 hermanaslarazon

Reciente, porque fue aprobada por Benedicto XVI el pasado 4 de diciembre. Y joven, porque está formada por 177 religiosas con una media de edad que no supera los 30 años. Antes que la superiora, de dos en dos y sin perder la sonrisa las demás hermanas se fueron adentrando en la nave central de la catedral de Burgos. Juntas vivieron la puesta de largo del nuevo Instituto con una eucaristía de Acción de Gracias en un templo en el que resultaba imposible encontrar una silla o una baldosa libre entre familiares, amigos, sacerdotes... La Misa fue presidida por el arzobispo diocesano, Francisco Gil Hellín, y concelebrada, entre otros, por el nuncio de Su Santidad en España, Renzo Fratini, el cardenal Antonio María Rouco Varela, el recién nombrado obispo de Ciudad Rodrigo, Raúl Berzosa -hermano de la madre Verónica- y el arzobispo de Pamplona, Francisco Pérez.

Durante la homilía, el arzobispo de Burgos mostró su alegría por este nuevo carisma que busca «salir al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo que, en ocasiones, sin saberlo, buscan a Jesús» y agradeció tanto a la madre Verónica como a la madre Blanca -anterior abadesa- su entrega en estos treinta años en los que se ha forjado el ser y hacer del «Iesu Communio», destacando su «confianza en Dios» en momentos en que «las luces estuvieron mezcladas con las inquietudes». Y es que el nacimiento del Instituto ha implicado su independencia de las clarisas, de las que formaban parte hasta que el Papa dio su visto bueno a la nueva orden. «El Señor no abandona a quienes confían plenamente en Él», destacó el prelado, que también quiso mostrar su apoyo a las familias de las jóvenes: «La locura que en un momento pensasteis que cometieron vuestras hijas es la única que merece la pena: enamorarse de Cristo». En esta línea, sin embargo, reconoció que todavía «son flores tiernas que necesitan mucho cuidado y mimo de Dios» pues, en palabras del prelado, «no se librarán de la contradicción y las dificultades». Lo cierto es que un tercio de las vocaciones de esta familia eclesial todavía se encuentran en proceso de formación y es precisamente Gil Hellín -principal mentor del proceso vaticano- el responsable de velar durante los próximos cinco años por la buena marcha de esta comunidad, como exige la Santa Sede, a quien deberá informar anualmente.

Imposición de los símbolos

Y aunque se trataba de una ceremonia solemne, en los gestos, palabras y ritos dejaban entrever algunos de los detalles que han hecho que Lerma y La Aguilera crearan un oasis vocacional en nuestro país, dos monasterios donde se ha forjado este carisma donde además del «ora et labora» -salen adelante gracias a las donaciones y al obrador-, reciben a muchos otros jóvenes que se están planteando su futuro. Eso sí, sin rejas de por medio, pues si bien continúan siendo contemplativas, han abandonado la clausura papal propia de las hijas de Santa Clara. El frío castellano que desprendían los muros se quedaba en una anécdota ante la calidez del «sí, quiero» a una sola voz con el que respondieron a las preguntas para reafirmar sus votos, así como la entrega de la cruz y el anillo que sirven de emblema de la orden. Una a una se acercaron al altar para recibir los símbolos. Con cariño estrechaban las manos con la superiora en el caso de la alianza, o se fundían en un abrazo al recoger su insignia. Miradas de emoción y gestos de plena felicidad entre las más jóvenes, pero también en las veteranas. Y alguna lágrima entre la veintena de aspirantes a entrar en la congregación que contemplaban la escena unos bancos más atrás. Tampoco fue necesario contar con una coral, pues las propias religiosas entonaron los cantos con la profesionalidad de un orfeón, pero sin perder la alegría con la que reciben a todo aquel que se acercan a conocerlas al convento.

Esta cercanía también se percibió en las palabras de la madre Verónica al finalizar la eucaristía. «No he podido dejar de temblar. Tengo susto y, a la vez, mucho gozo», confesaba la fundadora de una forma pausada pero firme, con grandes dosis de humildad: «Siempre comunión, no me concibo sola, de ahí el nombre del instituto que recoge la sed de Cristo: ‘‘Que todos sean uno para que el mundo crea''». Y antes de que el aplauso final inundara la catedral, insistió en que «ninguno de vosotros se vaya sin haber oído un gracias de nuestra parte» y evocó a Juan Pablo II y Benedicto XVI como figuras «decisivas en la vocación de cada una de nosotros».

No en vano, muchas de las que hoy forman «Iesu Communio» descubrieron cuál era su lugar en el mundo a través de las Jornadas Mundiales de la Juventud, una apuesta en firme del Papa Woijtyla y de su sucesor por acercar la Iglesia a las nuevas generaciones, esto es, una pastoral en vaqueros, como el hábito de estas religiosas. No es casualidad.


Un hábito para el siglo XXI
El instituto «Iesu Communio» cuenta con sus propios símbolos que a partir de ahora serán el sello de esta comunidad. Quizá lo más llamativo, aunque ellas le restan importancia, sea su hábito elaborado con tela vaquera, un signo de presencia de la Iglesia en el mundo de hoy. Lo acompañan con un poncho en azul marino, un cordón blanco y un pañuelo en azul celeste anudado a modo de toca. Durante la eucaristía, Gil Hellín bendijo las alianzas blancas de las profesas, que lleva grabado el nombre del Instituto y que «van a llevar como esposas de Cristo, expresión de un compromiso de fidelidad». Al cuello llevan unas cruces, «signo de su llamada, identidad y misión».