África

Nairobi

Telegrama de mulas

La Razón
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Un incipiente dolor de garganta me ha puesto en la pista de evocar las lejanas postraciones infantiles durante los largos inviernos de la Galicia de sombras y leña, aquellos momentos de humedad y fiebre en los que mataba el tiempo visitando a media luz desde la cama los países más lejanos de cuantos podía ver mientras repasaba las páginas del viejo atlas geográfico. Había en aquellas fiebres de entonces un tentador delirio viajero sin duda inspirado en las lecturas de Julio Verne, que sugerían la existencia de un mundo remoto y virgen en el que todavía había lugares fértiles y frondosos de cuya vegetación tan densa ni siquiera habría salido con vida el fuego. En aquellos tiempos poblaban el mundo tres mil millones de seres humanos y el mapa político de África estaba repartido en apenas media docena de colores sobre los que izaban sus banderas las potencias coloniales europeas. Era un mundo de aventureros y de monjas, de misioneros flacos como refranes y de hombres sin patria que improvisaban su bandera allí donde quiera que encontrasen el muñón de un tronco en el que arrimar la orina, recostar la espalda y colgar la cantimplora. Me gustaba mucho incorporarme en la cama con décimas de fiebre, darle un sorbo al aliento amarillo y escaldado de la manzanilla, repasar con el dedo el mapa de Kenia, cruzar la puerta de uno de aquellos hoteles internacionales de Nairobi y esperar, con los ojos entornados por la malaria, a que el mozo vocease mi nombre para hacerme llegar un mensaje de Su Majestad británica anunciándome la llegada río arriba de una baronesa húngara desembarcada dos días antes en aquel muelle de Mombasa en el que hasta parecía de tierra adentro el mar. ¡Qué hermosos días aquéllos! ¡Qué ilustradas fiebres las de entonces! ¡Cuántos viajes y aventuras les debo a la faringitis, a la gripe, a las paperas!... Al final de cualquiera de aquellas jornadas de postración y fiebre mi madre venía a rehacer la cama y me preguntaba qué demonios había ocurrido para que estuviese todo tan revuelto. Y yo no le decía nada y me limitaba a esperar sentado en una silla a que airease la cama. Después mi madre se retiraba a su mundo pequeño y yo volvía a buscar con mis manos aquel hotel de Nairobi porque sabía que de un momento a otro aparecería en el vestíbulo una de aquellas misteriosas condesas rusas que recorrían el mundo arrastrando un séquito de lacayos y mucamas, avisando de su llegada a los hoteles con la cacerolada de las monturas a cuyos lomos se propagaba por África aquella lenta procesión de bellísimas aristócratas expatriadas por las revoluciones, rebosantes de melancolía y de modales, con sus pasos cifrados por el bendito telegrama de las pisadas de las mulas.