Tailandia

Apichatpong único e impronunciable

La belleza de «Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas» es sólo comparable a lo arriesgado de un atípico relato de fantasmas que ganó en Cannes la Palma de Oro 

«Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas»
«Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas»larazon

El jurado presidido por Tim Burton no lo dudó: la oscura originalidad experimental de «Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas» conquistó al eterno Peter Pan americano, que coronó a la película tailandesa con la Palma de Oro. Sitges se apuntó el tanto de ser el segundo certamen europeo en fichar la cinta de Apichatpong Weerasethakul, un nombre tan imposible de pronunciar como su cine de clasificar. El autor de «Tropical malady» (2004) visitó la cita catalana de terror y fantasía, donde «Uncle Boonmee» se coló en sección oficial a pesar de figurar inicialmente en otra paralela: un peaje barato para tener una joya antes que otros festivales. Y de allí también salió con premio, el de la Crítica. Y eso que no tenía nada que ver con las vísceras, gore y sustos de muchas de las películas con las que competía. En los lentos fotogramas de esta historia ambientada en la Tailandia rural aparecen fantasmas caseros, extraños hombres-mono que habitan en tupidos bosques y espíritus de río con la forma de enormes lucios que poseen con carnalidad acuosa a princesas sin gracia a las que el amor ha olvidado. Pero «Uncle Boonmee» no es una película de terror. Ni siquiera de género. Por no ser, puede que ni siquiera sea una película, sino otra forma de expresión que, casualmente, viaja en celuloide: un collage de realismo mágico y teología personalizada en el que la transmigración y la metempsicosis se traducen en poesía visual.

En Sitges, «apichapón» –todo el mundo simplificaba allí la fonética de su nombre– atendió a LA RAZÓN y aseguró sobre la clasificación de su película: «Es muy difícil ponerle una etiqueta. Yo quiero hacer algo llamado cine abierto, para que el público extraiga su propia interpretación a partir de sus experiencias. Mucha gente viene y me dice: lo que ha hecho es una comedia. O bien: es cine político. Puede que sea todo eso en una única película».

Policía moral
Sí, también se cuela la política en el metraje, con unas extrañas instantáneas narradas en las que aparecen soldados posando con una de sus capturas. Cuenta Weerasethakul que «en los últimos años, en Tailandia, el nacionalismo, alimentado por los golpes militares, ha producido un enfrentamiento de ideologías. Ahora existe un organismo estatal que actúa como una especie de policía moral que prohíbe las actividades "inapropiadas"y destruye su contenido. Es imposible no relacionar la historia del tío Boonmee y sus creencias con esto. Es un símbolo de algo que está a punto de desaparecer, algo corrosivo, como el cine, el teatro y la forma de interpretar de la vieja escuela, los cuales no tienen sitio en nuestro mundo actual». Y añade: «He tratado de transmitir la sensación de vivir en una sociedad, en un país tan caótico como el nuestro. Estamos avanzando, somos un país en desarrollo, pero a veces nos quedamos a medio camino. La gente me pregunta qué es el cine tailandés. Y quizá sea una mezcla de cosas, ya que somos una nación híbrida».

El argumento es de difícil sinopsis. Digamos que el tío Boonmee (¿por qué no habrán traducido «uncle» en el título?), un cincuentón terminal atado a la diálisis cotidiana, recibe en su plantación rural a su cuñada, que le cuidará en sus últimos días. En mitad de una cena aparecerán su hermana muerta y su hijo, perdido hace tiempo, que se ha transformado en el bosque en un extraño ser peludo. Hombres y monstruos hablarán y compartirán varias jornadas, que acabarán en un viaje catártico a una gruta... Aunque esto no es en realidad casi nada. Pues lo que cuenta la cámara es casi tanto como lo que está escrito en sus guiones. Si se busca alguna referencia, se puede acudir a la literatura. La forma de afrontar lo sobrenatural de sus personajes, como si les ocurriera todos los días el ver aparecer a una hermana muerta o entrar a una habitación y encontrarse a un doble de sí mismo, recuerda a la tranquilidad de lo cotidiano con que lo hace el realismo mágico. El director asiente: «Me gusta el realismo mágico. Creo que el filme tiene, en efecto, influencia de ese género. También de los cómics con los que me crié. Estaban siempre habitados por fantasmas y a menudo no existía una frontera entre los vivos y los muertos. Una esposa o un marido podían regresar, cocinar para el otro, incluso hacer el amor».

Weerasathekul reconoce que lo suyo es más una excepción en el cine de su patria que una norma. «No digo que sea mejor, pero sí es algo muy personal, cosa que muchos directores no hacen, por numerosas razones, desde la influencia del cine comercial hasta la falta de financiación. Nuestra cultura cinematográfica está dirigida tan sólo al entretenimiento, no es nada cerebral ni tiene apoyo suficiente de nuestro Gobierno», denuncia con voz pausada el cineasta. Y añade: «Para mí es difícil definir qué es entretenimiento y qué es cine popular. A menudo, lo que se considera cine popular tailandés me resulta terriblemente aburrido». Protagonizada por actores tailandeses aquí desconocidos (Thanapat Saisaymar, Jenjira Pongpas y Sakda Kaewbuadee, entre otros), el filme ha sido elegido además para representar a su país en los Oscar de 2011.

Si se pudiera extraer un único tema de «Uncle Boonmee», probablemente sería el de la reencarnación. Tailandia es un país eminentemente budista. «He crecido en medio de ese ambiente –explica–. A menudo pienso en el budismo no tanto como una religión, sino como una forma de afrontar la vida. El budismo no te pide que creas en nada, ni siquiera en Buda, que no quería que creyeras en él, sino que aprendieras por ti mismo. Yo aprecio eso». El director matiza: «En Tailandia el hinduismo está también muy extendido, pero es una creencia que no comparto. No creo en sus aspectos rituales. Y, desde un punto de vista científico, incluso me cuesta trabajo dar por buena la idea de la reencarnación. Así que creo que es posible, pero no creo en ella».

Cómics tailandeses
Como explicaba, sus lecturas de infancia y juventud han tenido un peso específico en esta extraña fábula. «Leía comics muy baratos tailandeses. Cuando crecí también leí mucho realismo mágico, sobre todo García Márquez, y muchos libros de ciencia-ficción, de autores como Arthur C. Clarke y Ray Bradbury». Curiosamente, se puede suponer que la historia refleja algo del folclore local. Pero ni los magnéticos hombres-mono, sombras en el bosque cuyos ojos brillan como demonios, ni los peces fálicos que poseen a mujeres, ni los fantasmas que aparecen sin avisar forman parte de la tradición de la zona en la que se crió: «Vivo en Chiang-Mai, pero procedo del noreste, que es la parte del país que retrata el filme. No hago mucha referencia al folclore particular, se trata de algo más general, porque no quería irme a los archivos ni mostrar lo que se contaba en el pasado. Quería rodar a partir de mis propios recuerdos. Pero no eran claros, de ahí la oscuridad y esos monstruos, a diferencia de los típicos dramas antiguos, o incluso actuales, en los que, con vestuario de época, aparecían princesas y animales parlantes».

 

El detalle
Extraño en tierra extraña
Apichatpong Weerasethakul (debajo, con la Palma de Oro del pasado Cannes) nació en Bangkok en 1970, aunque creció en Khon Kaek, al noroeste de Tailandia. En España se le conoce sobre todo por su largometraje, «Tropical malady» (2004), que volvió de Cannes con el Premio del Jurado. Aunque lleva ya, cortometrajes aparte, otras cuatro películas: «Mysterious objects and noon» (2000), «Blissfully yours» (2002) (premiada en Un certain regard de Cannes), «The adventures of iron pussy» (2003) y «Síndromes y un siglo» (2006). Vinculado a las artes plásticas –su formación primera es como arquitecto–, Weerasethakul se embarcó hace unos años en el Primitive Project, una iniciativa que incluye a la película que ahora llega a España, a la que acompaña una exposición.