No fumar

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La izquierda moderna ha seguido un impulso emancipador y libertario. Heredera de las jornadas de Mayo 68, su lema, que ha pasado a ser el de nuestro tiempo, se resume como «Prohibido prohibir». La autoridad es un pecado, decir «No» resulta antiguo y trabajoso, poner barreras es reaccionario. Así todo: la Alianza de Civilizaciones, los nuevos matrimonios, las familias inéditas, las drogas, el sexo, el aborto… hasta que llegamos al tabaco. Fumar, por lo visto, no forma parte de las actividades humanas que deben ser propiciadas, al revés. Los socialistas españoles han prohibido fumar en cualquier lugar público y cerrado, incluso en los escenarios, mientras que los socialistas, quiero decir los progresistas norteamericanos prohíben fumar en ciudades enteras, como Nueva York y Los Ángeles. ¿Será por las enfermedades relacionadas con el humo del tabaco? No es seguro: la promiscuidad sexual también tiene algunas consecuencias desagradables y los socialistas la promueven en las escuelas. Quizás sea una cuestión moral, destinada a evitar algo enfermizo como es una adicción, pero como es bien sabido, no es eso lo que promocionan los progresistas con otras drogas. Por otro lado, si la izquierda acaba de descubrir las virtudes de la austeridad, como ha ocurrido desde el pasado 10 de mayo en España y desde el 2 de noviembre en EEUU, lo lógico es que esa misma izquierda promueva el hábito de fumar, que lleva a quienes lo practican a morirse antes y redunda por tanto en un ahorro considerable para las maltrechas arcas de la Seguridad Social. Quizá lo que busque la izquierda con la prohibición del tabaco sea un mundo aséptico, sin sabores ni olores, como la nueva cocina y el arte moderno –el de Arco, por ejemplo–, autorreferencial, onanista, sin capacidad para emocionar ni evocar nada. Por mi parte, soy partidario de un mundo sin tabaco. Si por mí fuera, llevaría la prohibición del tabaco mucho más lejos de lo que los progresistas se atreven a imaginar. Aun así, no sé si me gusta ese mundo gélido y abstracto en el que los socialistas nos quieren condenar a ¿vivir?