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Cartagena de Indias: esplendor colonial en el Caribe

Recalar en Cartagena de Indias supone adentrarse en un escenario aferrado al pasado. Sus murallas, calles y plazas, alegres y bulliciosas como pocas, nos invitan a regresar al centro de poder de España en el Caribe
 

  • Cartagena de Indias: esplendor colonial en el Caribe
Cartagena.

Tiempo de lectura 4 min.

17 de marzo de 2012. 23:33h

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Cartagena. 18/3/2012

Si queremos hacer las cosas bien, hagámoslas bien desde el principio. Dispongámonos, pues, a entrar en la ciudad como es debido, es decir,  por su puerta principal. Poco más necesitaremos, tan sólo dar unos pasos más, para ver Cartagena de Indias «en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde» y comprobar si somos, o no, capaces de «reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer», como le sucediera a Gabriel García Márquez en su primera visita a esta ciudad situada al norte de Colombia, tal como nos lo cuenta en la página 367 de sus memorias «Vivir para contarla».

Curiosa paradoja es que dicha puerta esté adornada por la Torre del Reloj, símbolo del paso del tiempo, cuando la primera sensación que nos invade, nada más cruzarla, es precisamente que el tiempo se ha detenido bruscamente.

Poco importa el calor y la asfixiante sensación de humedad que se siente intramuros, lejos de la refrescante brisa del mar (es como sentir que entramos en una sauna), cuando la recompensa que nos aguarda es disfrutar de un maravilloso escenario aferrado al pasado.

A Cartagena le ocurre como a aquel artista envejecido que se agarra, con uñas y dientes, a sus trucos de antaño sin querer saber nada de la modernidad de los nuevos tiempos. Nuestros pies nos llevan por calles y plazas empedradas, surcadas por calesas tiradas por caballos, con largas hileras de mansiones coloniales, propias de un virrey, que llenan de luz la ciudad con los colores de sus fachadas y de las flores que abarrotan los balcones de madera. Calles y plazas, alegres y bulliciosas como pocas, repletas de vendedores ambulantes de pescado frito, puros, sombreros de paja y, cómo no, de las inevitables imitaciones –algunas realmente logradas–  de cuadros del maestro Botero. Calles y plazas donde todavía resulta fácil toparnos con alguna «palenquera» (las descendientes de los esclavos negros que escaparon de Cartagena para asentarse en Palenque) ataviadas con sus vestidos tradicionales atendiendo sus puestos de frutas.

Con semejante escenario, a nadie le sorprendería descubrir, anclado en el puerto, algún galeón cargado con los caudales de Potosí, Quito o Veracruz, como frecuentemente ocurría cuando la ciudad vivía sus años de gloria. Un esplendoroso pasado con la única mácula de haber tenido el ingrato privilegio de ser el enclave más importante del comercio de esclavos africanos de las Américas y la sede del Tribunal de Penas del Santo Oficio –la temida Inquisición– con autoridad sobre los arzobispados de Bogotá, Santo Domingo, Panamá, Cuba y Venezuela.

Tal acumulación de poder y de enormes riquezas no pasó desapercibida para espíritus ávidos de bienes ajenos, como los famosos piratas Drake y Hawkins que, entre otros muchos, atacaron la hermosa villa en varias ocasiones. La ciudad cortó de raíz este problema construyendo en 1536 el Castillo de San Felipe de Barajas, la obra de ingeniería militar española más destacada en América. Con esta inexpugnable fortaleza, Cartagena se aseguró el dominio ante cualquier intento de invasión, tanto por tierra como por mar. Y por si esto fuera poco, se circundó la ciudad con fuertes murallas, con lo que se convirtió en la población mejor protegida de América del Sur. En la actualidad, estas murallas están catalogadas entre las mejores conservadas del mundo y se convierten en un maravilloso paisaje para los ojos atónitos del viajero.

En definitiva, Cartagena se convirtió en el centro de poder de España en el Caribe y, siglos después, en un nido de pasiones literarias, de amores en tiempos difíciles, tiempos de cólera; de amores y otros demonios. Y en un destino que merece la pena descubrir con calma.

Tayrona, refugio de relax
A poco más de cuatro horas desde la ciudad de Cartagena, muy cerca de la turística población de Santa Marta, en plena región caribeña, nos encontramos con el Parque Nacional de Tayrona, una de las excursiones obligadas. No es para menos, pues se trata de uno de los enclaves naturales más populares y espectaculares de Colombia entre aquellos que buscan descanso y playas idílicas. Las zonas del parque que ofrecen mejor infraestructura para el turismo ecológico son la de Arrecifes y la de Cañaveral, próximas a la entrada principal del mismo. Aquí es posible alojarse en «ecohabs», cabañas que conservan las características de construcción de la antigua cultura Tayrona. Es importante hacer reserva anticipada, pues están muy cotizadas. Una vez allí, no es difícil entender por qué. 

- Cómo llegar. Iberia ofrece un vuelo diario y uno adicional los miércoles y sábados entre la T4 de Barajas y Bogotá, además de cómodas conexiones desde otros orígenes.
- Oferta. En Iberia.com puede comprar billetes de ida y vuelta a Bogotá desde 698 euros (vigente al cierre de esta edición).
- Más comodidad. En los vuelos a Bogotá Iberia ofrece la clase Business Plus, con butacas que se convierten en camas, así como menús basados en la dieta mediterránea. Antes de volar, el viajero puede acceder a la sala vip Velázquez en Madrid y beneficiarse de ventajas como párking gratuito durante tres días y zona de facturación exclusiva.
- Desde la web. Puede obtener la tarjeta de embarque desde el día anterior hasta dos horas antes de la salida de su vuelo.
- Más información. En iberia.com, Serviberia (902 400 500) y agencias de viajes.
 

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