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Fleur fleur

Tiempo de lectura 4 min.

29 de septiembre de 2011. 21:57h

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30/9/2011

El carota sudafricano Brian Currin lleva mucho tiempo viajando de un lado a otro del mundo con la excusa de un supuesto plan de «pacificación» del «problema vasco». Currin lo que quiere es que España perdone, la ETA no sufra derrota alguna, los presos salgan a la calle y todas esas bobadas que propugnan los batasunos. Pero nadie nos ha informado de quienes pagan a Currin y sus ayudantes. Viajan en clase Preferente y se alojan en los mejores hoteles de Bilbao, San Sebastián y Vitoria. Comen y cenan en famosos restaurantes y cuando están aburridos hasta podrían irse de palomitas, que así las llamaba don Santiago Bernabéu. Cuenta Luis Miguel González en un libro que acaba de publicar con el Real Madrid de protagonista, que Bernabéu en una audiencia con Franco le sorprendió con esta proposición: «Mi general, ¿y si nos fuéramos a pasar un rato con un par de pelandruscas?». Franco se puso muy colorado y no respondió. Y Foxá, refiriéndose a su ministro, Alberto Martín Artajo, cristiano profundo y muy clerical, cuando éste abandonó una cena con un grupo de diplomáticos, informó de esta guisa a sus compañeros. «No os preocupéis, es que el ministro, a estas horas, siempre se va de curas». Currin tiene aspecto de guepardo del Krügger, apasionado y ligero, no tanto como Strauss-Kahn, pero mucho me temo que en sus horas de aburrimiento en la soledad de los hoteles –que son todas, porque no hace nada–, le asaltará de cuando en cuando la tentación  de culminar algún desahogo. No se trata de una afirmación, y menos aún de una confirmación. Es un juego de intuiciones. En el caso de que tal tentación le sobreviniera, ¿quiénes les pagan a Currin y sus ayudantes la resolución de sus gozos? Vuelos, hoteles, restaurantes y gozos. No creo que sean los bilduetarras los paganinis. Y tengo para mí que a Currin le estamos pagando los españoles para que siga intrigando contra los españoles. Fondos reservados, Ministerio del Interior.

No contentos con los gastos de Currin, la ETA ha contratado –¿puede la ETA contratar?– a seis observadores extranjeros para que verifiquen el alto el fuego de la banda. Son seis formidables desconocidos. El inglés Chris Maccabe, el indio Satish Nambiar, el srilanqués Ram Manikkalingam, el sudafricano Ronnie Kasrils, el escocés Ray Kendall y la atractiva Fleur Ravensbergen, de quien no facilita la ETA sus datos de origen, y puede ser alemana, danesa, sueca, noruega e incluso, francesa, por lo de Fleur. Me parece que estos se lo van a pasar estupendamente bien en España a nuestro cargo. Con especial intensidad, Ram Manikkalingam, que es el jefe de Fleur, y Dios me libre de la sospecha y el chisme, pero ahí puede haber tomate. Y me duele la posibilidad, por cuanto Fleur me ha entrado por los ojos como rayo de luz ardiente y mesurado simultáneamente. ¿Puede ser lo mesurado ardiente y lo ardiente mesurado?, se preguntarán ustedes. Mi respuesta es decepcionante. Lo ignoro. Pero yo he sentido ese ardor y esa mesura cuando he visto la imagen de Fleur. Y claro, los celos matan. Y Manikkalingam me cae fatal. Ay, Fleur, Fleur, que mal me lo está haciendo pasar.

Por lo demás, nada nuevo. Seis gorrones más a costa del contribuyente que sumados a Currin y sus ayudantes empiezan a conformar un grupo preocupante. No por lo que hagan, sino por lo que cobran.

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