El abrazo de «La Roja»

A veces no queda más remedio. Para ser justo hay que romper el protocolo. Vicente del Bosque, que es justo, lo sabía. Hizo lo que debía hacer. Sacar a Luis Aragonés.

Del Bosque en el momento de recoger el galardón
Del Bosque en el momento de recoger el galardón

OVIEDO- Los hombres encorsetados por la rigidez de las etiquetas son hombres sin savia, sin carácter. Eso también lo sabía Del Bosque. Y que una de las leyes del deporte es la generosidad, el reconocimiento. Por eso hizo partícipe del premio, un premio que era de todos, de un conjunto, de una suma de tiempos, a su antecesor en el banquillo. Un abrazo en el que no caben el antes ni el después. Sólo continuidad.

El deporte no es cosa de uno, sino de muchos. Y está por encima de cualquier división. Eso es lo que ayer el entrenador de la Selección Nacional de Fútbol escenificó y representó uno de los momentos más emotivos de la ceremonia. En el Teatro Campoamor se vio, junto al presidente de la Federación Española de Fútbol, Ángel María Villar, a diez jugadores y dos entrenadores con solera, más que los mejores whiskys. Los artífices de «La Roja». Ese sueño de pasión y rabia; de trabajo y vocación. «La Selección –dijo Del Bosque en su intervención– es depositaria de unos valores que van más allá de los éxitos puntuales y de su materialidad, y es, también, legítima heredera de una tradición que nos honra.

Esos valores tienen carácter imperecedero y perfil determinante. Son el esfuerzo, el sacrificio, el talento, la disciplina, la solidaridad y la modestia. Los jugadores que han obtenido el Mundial han sido leales a dichos principios y a los de la deportividad y el honor. Defendiéndolos alcanzaron la victoria final. De otro modo no habría sido posible». A Del Bosque, ante todo, le vence la caballerosidad, la educación. Por eso dejó a otros los méritos y las virtudes: «El grupo al que represento reúne todas las virtudes que un entrenador ha deseado siempre». Pedagogía y civismo para quien quiera aprenderlos. A su lado, más humanistas, como él. Touraine hizo hincapié en la necesidad de que los ciudadanos y las instituciones se reconcilien de nuevo, como lo de Del Bosque, pero a mayor escala. Bauman recordó a Don Quijote en su discurso, como el año pasado lo hiciera Ismaíl Kadaré. «No fue un conquistador, fue un conquistado», dijo, para acto seguido hilvanarlo con una bella y sólida referencia a Cervantes: «Estamos aquí gracias a Cervantes». Gracias a él, los humanistas han asumido que con la vida no se lucha. Es imposible. Sólo hay que comprenderla. Puro cervantismo.