Un inspirado Morante marcó la diferencia

Se lidiaron toros de Zalduendo, serios y de buen juego. Morante de la Puebla, ovación y oreja tras fuerte petición; César Jiménez, oreja y palmas; y Alejandro Talavante, ovación tras aviso y silencio. Media entrada.

Se notó la baja de El Juli y el lleno que se esperaba quedó en, más o menos, la ocupación de la mitad de la plaza. Con todo, el buen juego de la bien presentada corrida de Zalduendo hizo que la gente se divirtiese.
Por ejemplo con los lances de recibo de Morante, animoso y dispuesto, que cumplió una primera faena irregular pero llena de detalles de gusto y torería y con una gran cualidad hoy muy en desuso: la brevedad. El cuarto tuvo mucha menos fuerza pero buscó la muleta con codicia y humillando, permitiendo ver ahora una versión de Morante más asentado y profundo, tan artista como capaz y valiente en un quehacer más intenso y, de nuevo, sin extensión supérflua y premiada con racanería.
La primera oreja de la tarde fue para César Jiménez, pese a que estropeó su templada y ligada primera actuación con un feo bajonazo a un toro que se enceló en el peto y fue codicioso y repetidor mientras duró. Otro buen toro fue el quinto, entregado y bondadoso, sobre todo por el pitón derecho, por el que el madrileño cargó el peso de su faena, ceremoniosa pero limpia, firme y con muletazos de buen trazo, pero matando de nuevo tarde y mal.
Hizo amagos de rajarse el tercero en banderillas y confirmó sus intenciones cuando Talavante se armó de muleta y estoque. Lo intentó el torero extremeño, esforzándose por meterle en el engaño y mientras le llevó tapado lo logró. Pero en cuanto el astado veía un resquicio, la huida era segura, terminando su trasteo junto a la puerta de toriles, donde acabó por sacar todo lo que tuvo su oponente. Perdió el premio al tardar en matar. Le faltó una pizca más de gracia al sexto, más aplomado y soso, lo que provocó muchos paseos de Talavante, más intermitente y sin las ideas del todo claras.