Melilla

El ojo morado

La Razón
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Advertía Josep Pla de que todo el mundo se toma por un buen escritor justo hasta el momento de enfrentarse al folio en blanco, ese precipicio donde el deslumbrante universo que se cree tener en algún desván de la cabeza acaba, como el cosmos de las palabras adecuadas, evaneciéndose. Para evitar pérdidas de tiempo, el maestro catalán proponía atreverse con una prueba simple pero que corta ilusiones e imposturas con el frío de una guillotina: «Describa el vuelo de un pájaro en una sola línea». En una sola línea, según el grado de inutilidad y tal como está el oficio, apenas podríamos meter el aleteo de un jilguero o a un guacharro que no despega de los bajos de un coche aparcado en doble fila. Opinar resulta más fácil y terapeútico que describir, y a estas alturas fatigadas del verano necesitamos antologías concentradas, píldoras fotográficas, de aquello de lo se va a ir hablando, la mayoría de las veces por rellenar hueco en conversaciones de ascensor. Así, facilitan el mensaje y la comunicación gratuita la chocarrera imagen de Miguelín y la copa de Campeones del Mundo, que prostituida por Zapatero en su periplo a Shanghai ya parece caduca, lejana y desalojada de una vitrina polvorienta. Cum laude resulta el ojo morado de Carmen Roger. Esta mujer canaria se ha ganado la portada del periódico como si hubiera vuelto de besar la lona en un combate con Sugar Ray Robinson, encajando directos y según qué derrotas se ganan prestigios de interior: los que ella ya tiene entre su grupo prosaharaui por recibir unas cuantas leches de los esbirros de Mohamed. Sus cardenales en 3D son al ajuar biográfico del cooperante lo que el beso de Víctor Hugo a Alejandro Sawa: una condecoración que el poeta bohemio intentó prolongar hasta el día de su muerte no lavando jamás la zona besada. Allá cada cual con su higiene y con los recuerdos a conservar. En el caso de Carmen, la hinchazón se le va a ir curando a contrapelo y una vez sanada le revoloteará frente al espejo la tentadora nostalgia de la noche de El Aiún, porque, según Chaplin, «mirada de cerca la vida es una rotunda tragedia, pero vista desde lejos se aproxima a la comedia». El ojo morado es y será para ella el prestigio de interior y una agitación del espíritu; para el Gobierno, un conflicto diplomático y una muestra de la endeblez de sus canillas; para Mohamed, la tinta del que todavía firma poniendo las huellas dactilares o las pezuñas; y para las policías de Melilla, una vendetta que entra en plazo porque, acusadas de torturadoras, una quincena más tarde, sus homólogos vecinos han aclarado a qué se refieren exactamente con excesos policiales y como se practican impunemente. De no llevarse el mandoble facturado en el vuelo a Canarias, como un lirio o cómo una corona funeral, la excursión de Carmen Roger y los suyos al Sahara no hubiera crecido hasta convertirse en marejada en el Estrecho. Habría sido imposible que le hubiéramos dado tal importancia al suceso porque, hoy por hoy, es improbable saber hilar sujeto, verbo y predicado y que salga algo más contundente que un ojo morado para la portada. Tanto o más difícil que describir el vuelo de un pájaro en una sola línea de texto.