OPINIÓN: Pastores de Dios

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Dios ha querido hacerse el encontradizo con el ser humano a través de personas que, siendo sólo medio, le hagan presente en el mundo. Entre ellos están los «pastores», los sacerdotes. Hombres como los demás, pero que elegidos por Dios, vocacionados -es decir llamados- por Él, le hacen presente y conducen a los hermanos al encuentro con el Padre a través de Jesucristo. Los sacerdotes - «alter Christus»- en nombre y con el poder de Cristo bautizan haciendo hijos de Dios, perdonan los pecados liberando al hombre del poder del mal, bendicen la unión entre hombre y mujer que da origen a una iglesia doméstica, ungen con aceite a los enfermos para invocar su sanación radical… y, ante todo, hacen posible que a través de la Eucaristía el ser humano sacie su hambre de Dios pudiendo alimentarse del mismo Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, «muerto para nuestra justificación y resucitado para nuestra salvación».
Es verdad que preocupa la escasez de sacerdotes, como a Jesús le preocupaba aquella multitud que le seguía y le impedía estar en intimidad con los doce. Los veía que «andaban como ovejas sin pastor». Tenían hambre de Dios, hambre de escuchar palabras de vida y por eso se puso «a enseñarles con calma». Debería preocuparnos también el hecho de la escasez de «fieles». Pues, sin un pueblo que alabe, bendiga, se alimente y viva de Dios, sin una familia que ore, celebre la vida y hable del amor de Dios a sus hijos, sin comunidades cristianas que cada día hagan presente la Palabra creadora y misericordiosa de Dios… nunca -quizás es exagerada la expresión- habrá jóvenes y/o mayores que descubran que Dios sigue llamando a un seguimiento concreto y consagrado en el ministerio sacerdotal.
De todos modos, está bien que nos preocupe, pero lo importante es la calidad y no la cantidad. Que sean más los «obreros de la mies» sí, pero que sean «como Dios los quiere». Jeremías, hoy, describe lo que no deben ser y anuncia verdaderos pastores; la carta a los Efesios y el Evangelio indican cómo deben ser: como Jesús, el verdadero Pastor y guía, que orienta al desorientado, endereza al que se dobla, perdona al que ha pecado, acoge al despreciado, enseña al que busca el buen camino, corrige al que yerra, une lo que está dividido, y sobre todo abre su corazón a todo hombre que le necesite y le busque. De todos depende. ¡Oremos por nuestros pastores y pidamos por los que Dios llama! Que nos preocupe, si, pero mejor… ¡que nos ocupe!
El próximo miércoles, festividad de Santiago Apóstol, hará veintidos años de mi Ordenación Sacerdotal. No sé si es poco o mucho, pero sí suficiente para saber que sin Jesucristo en mi vida yo no soy buen pastor de la grey que él me encomienda cada día. El salmo 22, que hoy cantamos, me invita a poner la mirada en el Señor, y a confiar a Él mi vida: «El Señor es mi Pastor, nada me falta».

Luis Emilio Pascual
Capellán de la UCAM