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El gran drama americano
Autor: T. Letts. Versión: L. García Montero. Reparto: A. Baró, C. Machi, A. Borrachero, C. Sanchis, A. Gil, S. Benedicto, Abel Vitón, I. Escolar, G. Garbisu, M. Seresesky, Ch. Ruiz, M. Marín. Escenografía. M. Glaenzel. Vestuario: A. Andújar. Iluminación: F. Ramos. Teatro valle-Inclán. Madrid.
Inventada la «tragedia americana», queda por establecer si existe el «gran drama americano». El problema es que EE UU es inabarcable: más que un país, sus siglas definen a todo Occidente. Y aun así, cuando acaban las cortísimas casi cuatro horas de «Agosto (Condado de Osage)», se tiene la sensación de que Oklahoma es toda Norteamérica y los Weston el retrato de un pueblo incapaz de escapar a su sino, un óleo hiperrealista de Andrew Wyeth, como los que hábilmente ha incardinado Gerardo Vera como cortinas audiovisuales en esta hermosa e hiriente despedida del CDN. Lástima que le haya llevado ocho años llegar a brillar en su mejor montaje.
Eric Clapton como réquiem
Quiza a Vera le costó dar con el vehículo adecuado, un éxito del dramatrugo Tracey Letts a medida de su sensibilidad. En la historia de los Weston falla la familia, que debería ser el pilar de todo. Por eso la casa se hunde en una ciénaga; por eso la luz del sol es huraña y Eric Clapton suena a réquiem por el sueño americano. Ha acertado Vera en todo, empezando por la selección de un texto casi redondo, traducido con garra por Luis García Montero, que apenas se resiente de nimiedades: la previsibilidad de la catarsis –Violet Weston parece ansiosa por saltar a la yugular del resto de la humanidad, ¡pero vaya forma de hacerlo!– y cierto efectismo melodramático en su material, explosivo e intachable: «Agosto» es el ocaso de un modelo de convivencia cifrado en suicidios, infidelidades, divorcios, incestos y reflexiones agrias sobre la vejez.
El diáfano laberinto de maderas diseñado por Max Glaenzel respeta el realismo pero permite a Vera jugar como un demiurgo por toda la casa. El resto es un reparto de exactitud matemática que roba el aliento: habrá otros «Agostos», pero recordaremos siempre al triste Bill, el marido infiel e infeliz, de ese gran actor que es Antonio Gil; o al paciente Charlie, el cuñado apaciguador de Abel Vitón; o a Jean, la perturbadora lolita «fumeta» de Irene Escolar; o a las hermanas Ivy y Karen, condenadas a no encontrar la felicidad, de unas conmovedoras Alicia Borrachero y Clara Sanchis. Nadie falla: el vividor Steve de Gabriel Garbisu, el tímido Junior de Markos Marín, la rotunda tía Mattie de Sonsoles Benedicto o la india Johnna de Marina Seresesky, ángel y última víctima de la maldición de los Weston, otra estirpe condenada a cien años de soledad.
Claro que Letts reserva la dinamita para la cruel matriarca. Imposible un papel mejor para el regreso a las tablas de Amparo Baró, una Violet Weston inmensa entre la zozobra de los barbitúricos y la lucidez del odio. Sólo el torbellino de la cínica y vapuleada Barbara, la mayor de sus hijas, le hace sombra, y sólo porque Carmen Machi sobresale como nunca en un drama, demostrando que es una actriz con mayúsculas en cualquier terreno. Baró y Machi protagonizan un duelo inolvidable: serían lo más destacable si la obra no fuera, toda ella, enorme.
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