Para qué sirven los cómicos

Ésta es la pregunta que resuelve «El arte de la comedia», uno de los montajes más aplaudidos de la temporada que ahora vuelve a Madrid

¿Para qué sirven los cómicos?
¿Para qué sirven los cómicos?

Empezó como la fiesta de celebración de los 15 años del Teatro de La Abadía y ha acabado convirtiéndose en una celebración del teatro en general. Primero colgaron el «no hay billetes» en su temporada madrileña y luego han extendido el entusiasmo por los cuatro puntos cardinales durante la gira. Mario Gas les concede ahora una segunda oportunidad como los inquilinos del Teatro Español durante el mes de julio. «El arte de la comedia», de Eduardo de Filippo, no fue un título escogido al azar. Se trataba de celebrar el aniversario de uno de los templos de la dramaturgia en Madrid con un reflexión sobre la función social del comediante. «Cuando a un intérprete le piden hacer de actor no tiene que buscar referentes emocionales externos, se discute de cosas que son tu propia vida y más en un texto escrito con tanta lucidez», asegura Pedro Casablanc, soberbio protagonista de la función.

La «teta» del EstadoEncarna al nuevo gobernador de Caro, que, cuando apenas ha tenido tiempo de aportar color y calor a su desvencijado despacho, recibe la visita de Campese, un cómico (Enric Benavent, también enorme)y responsable de una «troupe» ambulante, de esos que lo mismo montaban la carpa que luego se maquillaban para salir a escena. «Refleja el menosprecio a una profesión que tiene muchos años. A mi personaje los actores le parecen divertidos, aunque dice que están un poco locos, pero metido en un berenjenal», prosigue el protagonista. A medida que el cómico desgrana sus problemas, comprendemos que el político no quiere entender más allá de la carga folclórica que tiene la profesión: «La obra está escrita cuando estaba muriendo el teatro verdaderamente independiente, el que retrata Fernán-Gómez en "El viaje a ninguna parte". Cuando el Estado entra a formar parte del sistema de una forma paternalista, pero también con cierto dirigismo. Enfrenta al mundo del teatro y a los políticos», reflexiona el actor. Filippo realiza así un prólogo a la discusión que ha marcado la cultura escénica durante el resto del siglo: las ventajas y desventajas de estar tutelado por las administraciones públicas. Casablanc es tajante al respecto: «Todo ha ido a peor desde entonces. Ahora dependemos totalmente de la teta del Estado». Lógicamente, la discusión entre el político y el actor no puede llegar a buen puerto, y este último se marcha aventurando al gobernador que va a enfrentarse a él con sus mejores armas. A partir de este momento, el espectador no es capaz de distinguir quiénes en el desfile de personajes son habitantes del pueblo que vienen a presentar los respetos al recién llegado, y de paso dejarles caer cuáles son sus problemas más acuciantes, o, si se trata de intérpretes de la compañia de Campese dispuestos a hacerle perder la cabeza. Éste es el mayor acierto del texto de Filippo que no se conforma con una exposició filosófica dialogada al estilo platónico, sino que introduce el suspense, que ejerce de imán para el espectador: «Escribe dos obras cortas bastante diferentes. En la primera se ve la relación del arte con la administración, pero la segunda es una comedia de enredo a la italiana en la que el público nunca sabe qué ocurre», aporta Benavent.

AmbivalenciaCarles Alfaro, director de la función, no quiso despejar la incógnita a los intérpretes (Luis Moreno, José Luis Alcobendas, Lola Manzano, Joaquín Hinojosa...) durante el proceso de ensayos: «Es un conflicto que se plantean todos los días, pero los actores trabajan con la ambivalencia de que las dos cosas pueden ser verdad». No le ocurre así a Benavent, que tiene que descubrir, como el patio de butacas, si hay impostores o no. Él se califica como «sparring partner» y asegura que «es una gozada porque soy el ojo del público en escena. Voy imaginando cuáles serán sus preguntas, algunas incluso las puedo anticipar, como también ocurre con las sonrisas».

ParadojasLa realidad, siempre sorprendente y desafiante, quiso que la trama de la representación se reprodujera en parte en los despachos de Nápoles tras el estreno en 1965: «Las autoridades locales quierían denunciarme por ofensa al Estado–contaba el autor–. Pero un amigo del gobernador, el conde Galeano, le dijo: "Será mejor que no hagas nada porque Filippo tiene cierto peso en la sociedad. Te perjudicaría. Darías a la obra mayor vuelo del que tiene"». Todo se zanjó con un banquete entre el gobernador y el autor, durante el cual finalmente el dramaturgo le convenció. Y es que, aunque apenas conocido en España más allá de «Filomena Marturano», que protagonizó Concha Velasco, Filippo fue un peso pesado en su país.