Escombro que te quiero escombro

La Razón
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«Las estatuas sufren con los ojos por la oscuridad de los ataúdes, pero sufren mucho más por el agua que no desemboca… que no desemboca». Los versos de Lorca reviven en la actualidad escombrada en esta Lorca partida por la mitad, sangre en el hormigón y polvo en los pulmones. Siempre ha sido población de crímenes, tragedias y endiabladas pasiones de alta escala este lugar que tanto estábamos acostumbrados a ver en las viejas páginas color a sepia de «El Caso» y ahora sigue sin desaparecer de las páginas más modernas de internet, para demostrarnos que no hay nada más vivo en estos días que la catástrofe, sobre todo en la España profunda que se pasa el tiempo cubo y pala en ristre y ahora, gracias a las fallas y escalas de Richter, contando muertos mientras caen ladrillos. A la noticia de actualidad del ascenso y posterior humillación y caída en los papeles de la fama de la Campanario, que era el chisme de esta semana, le ha quitado toda presencia e impacto ese estallido pétreo del campanario lorquino derrumbándose frente a las cámaras de televisión con la fuerza estremecedora de los símbolos que se derrumban. Quizá sería de nuevo el momento de replantearse la metáfora de la corrupción, no sólo comentando la escasa preparación que tenemos para los terremotos, pedir el certificado de defunción de esa cultura del ladrillo que se cae con un temblor y luego con un golpe de pico, sino de imaginarnos un paisaje nuevo de España con una mínima solidez urbanística.
¿Qué tal dinamitar la costa española, ese Mar Menor lleno de torres de escaso aguante y material caducable? Monstruosidades heredadas de épocas sin escrúpulos con los días contados mientras a los bañistas se les cae el techo sobre sus cabezas. Y cuando digo el litoral murciano lo extiendo al resto del Mediterráneo y parte oceánica. La cultura del apartamentito construido con recalificación y alevosía con el que se han forrado tantos ayuntamientos pasados y venideros. Ese es el seísmo que sigue asolando nuestro país, aunque tengan que se los muertos los que lo anuncian.