Murcia

OPINIÓN: Loas

La Razón
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La profesión de fe que le ha hecho el melífluo Marcelino Iglesias a su jefe Zapatero fue un insulto urbi et orbi dirigido tanto a quienes lo votaron como a quienes no lo votarían ni siquiera si les fuera la vida en ello. Ese momento especialmente emotivo en que el orador se desentiende de las formas y se dirige al que quiere halagar tratándolo de tú, equivale al esfuerzo histriónico del cura de novenas que se agarra al crucifijo que le pilla más cerca y habla de Jesucristo refiriéndose a «este»; la aparente falta de respeto culmina con el reconocimiento de que «éste» es el único poderoso, igual que Iglesias no pudo concluir sino con el desafuero que hasta los adictos le contestaron por lo bajini: que Zapatero es el mejor y más noble ejemplo de lo que debe ser un buen socialista y, por ello, cuenta con el respaldo del partido para las elecciones de 2012. Si tras oír semejante desatino la gente no se echó a la calle al grito de «Túnez, Túnez» fue porque hay un punto a partir del cual las mentiras resultan inocuas pues nadie, ni el que las dice, se las cree. Imaginar un escenario electoral de 2012 en que el de las cejas circunflejas se presentara por el PSOE es tan disparatado como imaginar a Aznar sustituyendo a Rajoy en el cartel. Zapatero, como Lázaro, ya hiede. Que él se vea con aspiración a zombi es cosa que no podemos negarle, pero siempre en el entendido de que fingiremos hacerle caso por no enviarlo directamente al psiquiátrico a que lo curen de su optimismo, porque nosotros, el pueblo soberano, vemos con desasosiego el futuro y pensar en otro mandato de Zapatero nos pone las uñas como garfios de romana.