Saramago abandona la balsa de piedra

El Nobel, de 87 años, falleció ayer en Lanzarote, donde vivía. Allí descansará una parte de sus cenizas, la otra, en Portugal, donde hoy se velará su cuerpo 

Fallece el escritor José Saramago
Fallece el escritor José Saramago

A lguien tendrá que escribir hoy la partida de defunción de José Saramago, como lo hacía José, protagonista de «Todos los nombres», aquel conservador general del Registro Civil que mataba el tedio recolectando datos de personajes célebres y que acabó por vivir una de las historias de amor más intensas de la literatura portuguesa. En eso coincidió este personaje con su escritor, pues Saramago falleció ayer junto a su esposa Pilar del Río, pasado el mediodía, sobre su balsa de piedra volcánica, Lanzarote. La traductora y su autor «se amaban enloquecidamente, como una pareja de quinceañeros», como recordaba ayer amigo y vecino, el escritor Manuel Vázquez-Figueroa. Sólo hay que leer la dedicatoria de «Caín», su último libro, en el que regresa al tema religioso: «A Pilar... que es decir agua...». De entrevista a bodaSu idilio se fraguó durante una entrevista que la, hasta entonces periodista, le realizó en Lisboa, a donde corrió a encontrarse con el autor, impresionada por su última lectura. Acabó por convertirse en su mujer y traductora. Hasta la arena negra de la isla en que vivió los últimos años y murió le llevaron los desencuentros con el Gobierno de su país, que había encajado con dificultad la publicación de «El evangelio según Jesucristo» (1991), pues su relectura de La Biblia descubre a un Dios «vengativo y mala persona». «Amigo de España»Desde entonces se refugió en Canarias y no volvió a reconciliarse con su país hasta 2004. Allí serán enterradas una parte de sus cenizas, después de haber sido velado durante toda la tarde de ayer en la biblioteca de Tías que lleva su nombre, donde también se darán sepultura otra parte. Hoy serán los lisboetas quienes se despidan de él en el Ayuntamiento de la capital y el domingo será incinerado en el cementerio Sao Joao. «Fue uno de los grandes rostros de nuestra cultura», aseguró el primer ministro luso, José Sócrates, que contribuyó a limar definitivamente la tirantez entre el Gobierno y el novelista. Desde España, la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, resaltó que «nos abrió esa puerta a esa cultura tan maravillosa», que es la portuguesa. Mariano Rajoy, presidente del PP, aseguraba que «España pierde a un amigo y las letras portuguesas un autor universal». Desde Roma, Darío Fo , otro Nobel, declaraba a Efe que «hemos perdido un grandísimo autor que tenía aún extraordinarias ideas que desarrollar. El gran disgusto no es sólo que nos falte, sino que nos falten también los trabajos que estaba escribiendo». También desde el Mundial de fútbol de Suráfrica llegaron las condolencias por boca del seleccionador portugués, Carlos Queiroz. Vino al mundo entre campesinos en 1922, en la minúscula aldea de Azinhaga: «De alguna manera sigo siendo un campesino. Parece disparatado decirlo. El pasado está lejos pero nunca me he podido separar de él», escribió en «Las pequeñas memorias» (2007). El libro con el que se convirtió en un escritor con resonancias universales fue «Memorial del convento» (1982). Pero fue en su siguiente obra, «El año de la muerte de Ricardo Reis», cuando enlazó su prosa con otro de los gigantes de las letras portuguesas, Fernando Pessoa. Con él compartió también cierto escepticismo, valga este ejemplo: «Si la literatura pudiera cambiar el mundo, ya lo habría hecho». Iberismo portuguésSerá recordado también como «el más firme heredero de una larga tradición: el iberismo portugués», y así lo subrayó ayer la directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel. Esta militancia suya quedó reflejada de forma irónica en «La balsa de piedra», donde fabulaba sobre la posibilidad de que la Península Ibérica se desgajara del Continente Europeo y navegara a la deriva. Su buen uso del humor, patente en esta obra, era evocado también tras su fallecimiento por el poeta chileno Gonzalo Rojas: «Tenía mucha gracia, que convirtió en libertad para expresar, con valentía, la realidad». En 1998 se convirtió en el primer escritor luso en obtener el Premio Nobel de Literatura. Durante el discurso de aceptación del galardón, realizó una defensa del ambiente rural en el que nació, de hecho, lo comenzó así: «El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir». Además obtuvo un gran reconocimiento popular, especialmente en la «trilogía involuntaria» formada por «Ensayo sobre la ceguera», «Todos los nombres» y «La caverna». En las tres obras el elemento de la pérdida resulta fundamental. En la primera la ausencia inesperada de vista entre los humanos hace que la sociedad muestre sus más bajos instintos;en la segunda, antes comentada, lo que se pierde es el nombre, y en la tercera, el trabajo. Esta última es un texto de reminiscencias platónicas, pero aplicado al consumismo de la sociedad actual. Una novela inacabadaLa senda simbólica por la que tanto transitaba el autor fue elogiada ayer por Víctor García de la Concha, director de la Real Academia España, «una forma tan popular de afrontar la realidad mediante una metáfora continuada» que constituye, a su juicio, «uno de los recursos más brillantes de Saramago», informa Efe. Nunca sabremos cómo acabaría «Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas», la novela sobre el tráfico de armas que estaba escribiendo, y cuyo título procede de un verso del mítico autor Gil Vicente. Además de su obra, nos deja una fundación con su nombre, con sede en la mítica Casa Dos Bicos de Lisboa, empeñada en la defensa «tanto en la letra como en el espíritu» de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Todo contribuirá a contradecirle en aquello que dijo en la presentación de «Caín»: «La muerte es, sencillamente, no haber estado».

Referente de la izquierdaLas condolencias que emitieron ayer los movimientos sociales a no dejan lugar a dudas de que con Saramago se va uno de sus intelectuales de referencia. Su compromiso político, que le causó más de un problema con la derecha portuguesa, e incluso su alejamiento del país, fue más que evidente en la vida pública española. Visitó en varias ocasiones a la saharaui Aminatu Haidar, mientras aguardaba en Canarias a volver a su pueblo. También fue uno de los mayores defensores de la causa en favor del juez Garzón hasta su traslado a La Haya y de los indios de América Latina, «víctimas de cinco siglos de humillación». Se manifestó contra la violencia de género, negó que las FARC fueran un movimiento revolucionario, también se mostró duro contra el régimen comunista en Cuba, aunque no tanto contra Chávez en Venezuela.