Nosotros los periodistas por Sabino MÉNDEZ

Jack Lemmon y Walter Matthau, dos viejos periodistas

Cada equis tiempo, los periodistas deberíamos hacer autocrítica de nuestro propio medio. Evidentemente, es algo que nos provoca pereza, desagrado y un poco de rabia. Por tanto, es habitual que, como con la revisión de próstata, se nos pase el año dejándola pendiente. Lo cierto es que, hoy en día, detenerse en esa reflexión sería más necesario que nunca. Con respecto a la transición habría que reconocer que el periodismo español ha perdido octanaje, dinamismo y penetración. Gran parte de la profesión vive hoy de contratos precarios. Y dado que la escritura, como las demás artes, no puede practicarse correctamente sin una mínima base económica, la producción periodística lo nota. Afirmaba el clásico Josep Pla que cuando esa base falla sólo produce parásitos y aduladores. Eso explicaría por qué el sectarismo de los medios ha crecido en los últimos años considerablemente y el valor de tu noticia depende de la coincidencia que tenga con las intenciones de la cabecera de tu periódico. Se publican sin sonrojo mentiras enormes sin ningún tipo de comprobación y cuidado. La manipulación, que siempre ha sido el principal enemigo interno de la prensa, va en aumento.

En la transición decíamos: «Es verdad. Lo he visto en el periódico». Hoy en día se oye: «Lo trae el periódico. Vete tú a saber». A este paso, tendremos que recuperar la vieja denominación de principios del veinte (precisamente cuando empezó a trabajar el maestro Pla) en la que los periodistas no se llamaban así, sino publicistas y llevaban a orgullo ese nombre.

Mientras tanto, lo inevitable es que las argumentaciones de un signo o de otro vayan cargadas de un exagerado y excesivo olor a guillotina; repletas o bien de cupidos que se columpian o de supuestos transexuales adoradores de Satán. O sea, maniqueísmo puro y detestable.