Barajas: de aeropuerto a dormitorio

MAdrid- Sara lee una revista de modas que alguien había dejado abandonada sobre una papelera, sentada en el suelo con las piernas cruzadas con perfección zen. Joaquín medio apoyado contra una columna medio recostando sobre su enorme mochila, ha optado por Ulysses, de Joyce. «Me voy a Dublín -dice, con un brillo infantil en sus ojos de sesentón- y hay que ambientarse un poco» así que saca de su equipaje otros dos o tres clásicos de la literatura irlandesa. Son las tres de la mañana y en torno a ellos se extienden decenas de personas que duermen donde pueden, sobre el frío suelo del que de día es uno de los aeropuertos más bulliciosos del planeta. Son sólo dos de los muchos (en torno a trescientas personas por noche) viajeros que pernoctan todos los días en la T1 de Barajas (llegadas y salidas internacionales), optando por ahorrarse el taxi y el hotel que tendrían que pagar para llegar al aeródromo si durmiesen en la ciudad. A partir de la una y media y hasta las cinco y veinte de la mañana no funciona el metro. «El metro al aeropuerto vale dos euros, en lugar de uno, pero aquí todos lo pagarían con gusto -explica un hombre de mediana edad con un maletín-. Lo que no están dispuestos a asumir es la tarifa de un taxi que hasta el centro puede oscilar entre veinte y treinta euros». Javier, que viene de Soria mochila al hombro y camino de Roma, apunta que, además, está el problema del hotel. «Si a los treinta le sumas por lo menos otros cuarenta, ya empieza a ser un dinero -dice- y eso si te pones en economía de crisis y te vas a un hotelito más bien modesto». La mayoría de los que, con sano espíritu mochilero, pasan la noche en la terminal internacional de Barajas son clientes de compañías de bajo coste, gente que viaja a Londres, Berlín o Roma por un precio bastante menor a lo que cuesta, por ejemplo, un autobús de ida a Pontevedra, o una cena modesta en cualquier taberna del centro de Madrid. Y no piensan dejarse los cuartos en nada que no sea el disfrute de su viaje. Cafeterías 24 horas «Esto no es tan incómodo como podría parecer», comenta un joven, y los demás asienten. Esto: un aeropuerto «fantasma» en el que sólo quedan los operarios que reparan los estropicios del día pero que, de pronto, al llegar a la T1 se convierte casi en un pueblo. La cafeterías de la zona (una en la zona de salidas y otra en la de llegadas) abren toda la noche y hacen negocio. Sus precios son caros. Cuatro euros cincuenta por un sandwich, tres por una lata de cerveza. Muchos optan directamente por el bocata y el suelo, algunos se piden un café y, sin pudor, se quedan dormidos sobre la mesa el tiempo que haga falta. La hora punta de llegada es entre la una y media y las dos de la mañana, coincidiendo con los últimos convoyes del metro. Y poco a poco, el paisaje se va poblando de jóvenes y no tan jóvenes que se entregan a morfeo, durmiendo a pierna suelta, fuera zapatos, roncando, agolpándose unos contra otros para mayor comodidad sobre suelos, cintas de facturación y cualquier rincón algo más acogedor que puedan encontrar. La Policía y la seguridad privada hace rondas constantes pero rutinarias: no hay tensión aquí, sino ese reposo algo intranquilo que precede al viaje, esa escapada fingida que por unos días transporta lejos de los problemas y el hastío profesional de la rutina. «Los chavales no dan problemas y nosotros no se los damos a ellos». Durmiendo en todo el mundo En la página web www.sleeping inairports. com, donde se ofrecen consejos prácticos para pernoctar en aeropuertos de todo el mundo, Barajas es relativamente apreciado. En general se parecen a la de «Chalkbox», un viajero que escribe: «Había un café entre las terminales donde se reunía todo el mundo. Mucha gente dormía en el suelo, sin preocuparse o se quedaba dormida en las mesas sin que nadie les molestase por ello. Había una oficina de Policía a la vuelta de la esquina, aunque no vi a ninguno pasar por la zona. Me sentí plenamente seguro y tenían WIFI y baños limpios». En definitiva, mejor que la casa de muchos. Al menos para las horas previas a la indescriptible felicidad de huir.