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Emigrar a Andorra para estudiar en castellano

El único Estado donde el catalán es la lengua oficial es hoy en día el último refugio para los padres que desean que sus hijos estudien en castellano. En la semana en que se ha aprobado la Ley de Educación de Cataluña, esta contradicción explica muchas cosas

  • Alberto López Bravo, junto a su hijo, que estudió en castellano en Andorra
    Alberto López Bravo, junto a su hijo, que estudió en castellano en Andorra

Tiempo de lectura 8 min.

04 de julio de 2009. 22:53h

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4/7/2009

Pocas cosas hay más previsibles hoy en día que los doce puntos que cada año los andorranos conceden graciosamente a España en Eurovisión. Cante quien cante. Cante o no cante. Y, sin embargo, este regalo televisivo no es la única contribución que el pequeño país de los Pirineos hace a la lengua de Cervantes. Es precisamente allí, en el único Estado del mundo en el que el catalán es el idioma oficial, donde acaba la peregrinación de numerosos padres –barceloneses en muchos casos– empeñados en algo tan sencillo como que sus hijos estudien en español.

 


Para ellos, el viacrucis puerta a puerta comienza generalmente en los centros públicos catalanes (frío, frío), continúa en los concertados (templado) y culmina en muchos casos en elitistas centros privados  (caliente, caliente) donde el castellano disfruta del mismo trato que el inglés y la lengua autonómica, aunque –y aquí está la mala noticia– a precios prohibitivos.
Consciente de esta situación, a Pedro Chana, director del Col.legi Internacional del Pirineu (el único centro privado de Andorra), se le ocurrió un buen día encabezar sus anuncios de publicidad con un reclamo que no hacía falta leer entre líneas: «Enseñanza bilingüe español-inglés». En Andorra, sí. Ni rastro del catalán. El señuelo, junto a los atractivos de cualquier centro privado que se precie de serlo, dio resultado. Un «col.legi» donde el castellano sólo compite con el inglés, y a precios que no son desorbitados... El éxito estaba asegurado.

 

Una demanda educativa
«La posibilidad de que los niños estudien la mitad de las asignaturas en español es un tema recurrente en las entrevistas con los padres, y sin duda es una de las posibilidades que más valoran», reconoce Chana. ¿Por qué? Muy sencillo: es una demanda educativa que no siempre se puede cumplir en Cataluña. Las asociaciones defensoras del bilingüismo coinciden con esta visión. «Estudiar sólo dos horas a la semana en castellano es insuficiente para tener unos conocimientos cultos del idioma –explica Eduardo López Doriga, presidente de la Asociación por la Tolerancia–. Muchos padres lo saben y por eso no quieren que sus hijos renuncien al español».

 


No se trata, por tanto, de renegar del catalán, sino más bien de compaginar ambos idiomas. Algo que, hoy en día, sólo es posible en un puñado de colegios privados con unos férreos requisitos de acceso y unas listas de espera capaces de desanimar incluso al más paciente.
En uno de esos centros, el Liceo Francés, estudiaron las hijas de Silvana Mestre, integrantes del equipo nacional de esquí hasta que la familia tuvo que dejar Barcelona para trasladarse a Puigcerdà. No llegaron a poner un pie en los colegios públicos de la localidad. «Todo, todo, era en catalán –afirma Mestre–. Pedí que dieran algunas clases en español, pero me dijeron que no era posible, y que debían perder un año hasta que dominaran el catalán. Y eso no lo podía permitir». Solución: coger el petate y a Andorra.

 

Mestre dirige el Equipo Paralímpico Español de Esquí Alpino y el Comité Internacional Paralímpico. Estudió en un colegio «muy catalán», pero «incluso allí se enseñaba en las dos lenguas». «No entiendo esta lucha, que la veo a diario con todos los jóvenes con los que trato. Cada vez me encuentro a más chicos que mezclan el castellano y el catalán». Lo ha sufrido en carne propia: «Adopté a un niño ciego de Madrid que cuando vino aquí aprendió catalán. ¡Pero le suspendieron por culpa de los acentos, a pesar de que nadie se preocupa cuando los ponen mal en castellano!». ¿Qué hacer, entonces? Mestre lo tuvo muy claro desde el principio: «La educación es lo único que le podemos dejar a nuestros hijos. El dinero vuela, pero el grano queda».

 

A 230 kilómetros de allí, en Tarragona, Alberto López Bravo, madrileño de 54 años, se agarra a la misma filosofía de vida para justificar por qué llevó a sus dos hijos internos a Andorra durante tres años: «La educación es la mejor inversión de futuro que puedes hacer por ellos, mucho más que la cuenta corriente, que se la pueden fundir». El boca a boca les llevó al Col.legi Internacional del Pirineu. La posibilidad de estudiar en español, aunque fuese en régimen de internado, fue uno de los motivos que les animó. «Mandarles fuera ha sido un esfuerzo anímico importante, porque a todos los padres les gusta ver crecer a sus hijos», admite.

 

El bilingüismo en casa
En el caso de la familia Riera, no fue la posibilidad de que su hija estudiara en castellano lo que les llevó a tocar las puertas del colegio andorrano, aunque sí un motivo para mantenerla allí todo un ciclo educativo. «Cuando preguntamos, nos advirtieron: ‘‘Aquí las clases se dan en inglés o en español'' –explica Josep María Riera–.  Nos pareció bien. Decidimos dejarla ahí tres años porque examinarse de la Selectividad sólo en catalán sería un problema».

 

Riera, de 52 años, sostiene que en su casa el bilingüismo no ha sido nunca un problema. «Mis hijos hablan conmigo en español y entre ellos en catalán con toda naturalidad». «No creo que haya riesgo de que los estudiantes no entiendan el castellano –añade–, porque pones la televisión y la mayoría de las cadenas están en español. Pero en lugar de estudiar las dos lenguas en el colegio como Dios manda se está consiguiendo que no dominen ni una ni otra».

 

«La vida da muchas vueltas»
Silvana Mestre es especialmente pesimista a este respecto. «Soy catalana. De una familia muy catalana, diría yo. Me parece bien que haya enseñanza en nuestra lengua, pero no que se elimine el castellano. Mis hijas hablan y escriben perfectamente en catalán, pero tengo sobrinos que no saben hablar español. No puede ser que el otro día, en un colegio, un niño me preguntara qué quiere decir ‘‘amarillo''. La vida da muchas vueltas y no sabes dónde van a ir a parar tus hijos, laboral y personalmente».

 

Alberto López Bravo no es tan pesimista. Ni mucho menos. «Por suerte, los jóvenes van siempre contracorriente. Una cosa es lo que les enseñen en clase y otra lo que después hablan. Hoy, el 90 por ciento habla en español en la calle», señala. López Bravo asegura que su grado de comprensión del catalán («lo hablo bien, lo entiendo perfectamente y lo escribo mal») no le ha supuesto ningún problema en su trabajo en el área comercial del Puerto de Tarragona, y destaca que tanto los clientes como los compañeros sólo hablan en catalán cuando están seguros de que serán comprendidos. Pero algo está cambiando. «Me he encontrado en reuniones de trabajo a gente que se ha educado ya sólo en catalán y a la que le cuesta expresarse en español», advierte.

 

Eva, alumna también del Col.legi Internacional del Pirineu, habla cuatro idiomas gracias, en parte, al empeño de su familia. El castellano es uno de ellos. «Yo soy catalana de varias generaciones –explica su abuela con un acento que, sin DNI de por medio, lo confirma–. Mi madre me hablaba en catalán y me traducía los libros en esta lengua para que la aprendiera. Pero no soy catalanista, y no me parece nada bien que todos los carteles estén sólo en un idioma». Por eso ha conseguido que su nieta escriba correctamente en la lengua de Cervantes. «No soporto las faltas de ortografía. Antes no se cometían, y ahora las veo cada vez más cuando los chicos escriben en español».

 

Tres centros concertados
La alternativa de emigrar a Andorra abrió una perspectiva nueva a muchas familias. Además del Col.legi del Pirineu, en ese país hay otros tres centros de régimen concertado (uno de los salesianos y dos de la Sagrada Familia), aunque al depender del Gobierno andorrano la educación se imparte en catalán con la excepción de una hora diaria de español, inglés y francés. Eso hace único al centro que dirige Pedro Chana. Cincuenta de sus 310 alumnos están en régimen de internado, pero es aquí donde de verdad hay tortas para entrar. «Si abriésemos doscientas plazas las llenaríamos igual», explica Chana. La inmensa mayoría de ellos son españoles, especialmente catalanes. Pagan 6.700 euros de matrícula en régimen abierto, 17.000 en el modelo de internado. Es el precio para muchos catalanes por estudiar en castellano.


Buenas noticias para el inglés
El gran vencedor de la «disputa» entre el castellano y el catalán en las aulas de Cataluña es, sin duda, el inglés. De hecho, para evitar presiones por dar demasiada relevancia al español, muchos centros privados han optado por dar prioridad a la lengua extranjera. Algunos de ellos, como el Colegio Inglés, programan una enseñanza trilingüe en la que los tres idiomas disfrutan de las mismas horas. Otros, como el Liceo Francés, imparten asignaturas en cuatro idiomas (castellano, catalán, francés e inglés), mientras que el St. Peters lo eleva a cinco (alemán incluido). El 80 por ciento de sus alumnos son españoles, la mayoría catalanes. En el caso del Liceo, el 45 por ciento proviene de Cataluña. Para ellos, el castellano es mucho más que dos horas semanales.


La «ruta del colegio en castellano», paso a paso
Miriam empezó a sospechar que eso de encontrar un colegio para su hija en Barcelona no iba a ser empresa fácil cuando la directora de la guardería –hispanoamericana para más señas– le confesó que podría hablar con la niña en castellano siempre que no hubiera inspectores de la Generalitat a la vista. Eso sí, todas las comunicaciones oficiales, desde las notas hasta la correspondencia, debían ser en catalán para guardar las apariencias. «Fue el primer centro, pero no el único, en el que me reconocieron que a los niños les hablan castellano ‘‘en la intimidad''», reconoce. Lo peor, sin embargo, estaba por llegar.
- Abonados a la ruta escolar. Una vez que Miriam, madrileña, y su marido Alberto, catalán, decidieron dar a su pequeña una enseñanza en castellano comenzó la búsqueda por los centros privados, ya que en los públicos se imparten sólo dos horas de español a la semana como lengua extranjera. Primera conclusión: adiós a un colegio cerca de casa.
-El colegio inglés... Siguiente paso: los colegios internacionales. El primero que les gustó, el St. Peters, ofrecía  enseñanza de calidad, con mucho castellano y mucho inglés, pero con tarifas entre 12.000 y 13.000 euros, similares al resto. «Hicimos cuentas y con la ruta, el comedor y el horario ampliado se nos hacía imposible», confiesa Miriam.
- ... Y el francés, el alemán y el suizo. Más opciones: si no puede ser el inglés, al menos otro idioma extranjero. Miriam preguntó en el Colegio Alemán, el Colegio Suizo y el Liceo Francés. En el primero les dijeron que la prioridad eran las familias en las que se hablara alemán. En el segundo ya no había plazas. Y en el tercero fue un «no» pero «sí». Miriam se apuntó a una lista de espera sin mucha fe y sólo semanas después la llamaron para decirle que había plazas. Ya había inscrito a su hija en un colegio religioso.

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