La madre común

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El sábado es la Inmaculada, la patrona de España. Curiosamente, antes que ella lo fue la Virgen de Montserrat. Clemente XII le otorgó el patronazgo sobre nuestra patria, que se había destacado por la defensa acérrima de lo que después sería el dogma de la Concepción Inmaculada de María. Toda España había participado en esa defensa, incluso antes de que los distintos reinos se unieran en un solo Estado. Así, Juan I de Aragón mandó que se celebrase la fiesta de la Inmaculada en todas las ciudades reconquistadas a los moros. Su hermano, el Rey don Martín, llegó a imponer el destierro a los que «hablaran contra los créditos y pureza de la Concepción». Hablo de estas cosas para recordarlas, porque estoy convencido de que la crisis de España como nación no es consecuencia sólo del mal hacer interesado de unos políticos, sino de la crisis espiritual que vive nuestra patria. De hecho, guste o no, cuanto más «separatista» es una parte de España, más secularizada está, y viceversa. España nace como fruto del acuerdo de unos hombres y mujeres que, siendo diversos, comprenden que estar juntos les va a beneficiar y les va a permitir tener éxito en una empresa común: la reconquista. España sólo puede seguir existiendo como tal si es católica. Esa es nuestra raíz. Y la esencia de esa raíz es el amor a la Madre común, a María, a la Inmaculada. Es importante recordarlo en momentos como estos, de tanto desamor y odio.