«Al final todos sabemos que no pasará nada con el ‘impeachment’»

Bares y restaurantes ofrecen menús especiales para seguir el juicio político contra Trump. Miles de agentes se despliegan en el Capitolio y blindan Washington

El complejo del Capitolio vivió ayer una jornada frenética que alejó a los turistas y a los habituales curiosos
El complejo del Capitolio vivió ayer una jornada frenética que alejó a los turistas y a los habituales curiosos FOTO: Stefani Reynolds Stefani Reynolds

Bajo la neblina de los menos seis grados centígrados con los que amanecía ayer Washington, el histórico día del «impeachment» a Trump será recordado por las altas dosis de la ya de por sí habitual seguridad en la capital del país, que la convierte en una de las ciudades más protegidas del mundo, así como el insuperable despliegue mediático. Un amplio dispositivo policial vigilando las puertas del Capitolio, pero también mucho más allá del radio de actuación donde los senadores acaparan toda la atención.

Y, acompañando de fondo al histórico juicio político, ruido por todas partes. El del continuo ir y venir de helicópteros a ras de suelo; el de las sirenas de los coches de policía que recorren cada rincón de la ciudad; el de las conversaciones en taxis, autobuses, cafeterías, bares y restaurantes; el de la radio, la prensa y la televisión a todas horas y sin descanso; el de oficinas, teléfonos y, por supuesto, redes sociales. Todos hablan de lo mismo en Washington. «Llevamos meses hablando de lo mismo y al final todos sabemos que no va a pasar nada», asegura convencida una trabajadora de servicios de limpieza, al preguntarle sobre el proceso. Una opinión repetida en los círculos de confianza, que creen que la mayoría republicana del Senado dejará la decisión en manos de los votantes en las presidenciales de noviembre. Hasta los locales de la capital, desde los más clásicos hasta los de más reciente apertura, ofrecen precios especiales desde hace meses para quien quiera seguir las comparecencias del Capitolio en directo por sus pantallas de televisión.

En el interior del Senado, y poco antes de comenzar ayer el proceso de «impeachment», los puestos de comida se quedaban sin existencias. Decenas de personas corrían por los diferentes edificios que componen el Congreso, completamente vacíos una vez empezada la sesión, en busca de cualquier bocado que saciara los nervios durante la tan esperada retransmisión de la comparecencia.

A tan sólo unos metros de allí, una expectación mediática sin precedentes para los corresponsables que cubren por primera vez un juicio político en EE UU. Es decir, todos aquellos que están en activo a partir de 1998. Nunca han visto nada igual. De nada les sirve llevar consigo estos días la acreditación de prensa habitual del Senado, ya que se necesita un pase especial de alta seguridad que muy pocos han conseguido. El resto, lo más cerca posible de la noticia y a la espera de lo que pueda acontecer. Medios de comunicación de todo el mundo, acreditados desde hace meses, acaparan la sala central de la Rotonda del Capitolio, esperando el paso de sus conexiones en directo.

Al cierre de esta edición, algunos informadores ya asumen que quizás tengan que pasar la noche bajo la cúpula del emblemático edificio. Si no es por el cambio de horario con sus respectivos países, será por si se cumplen las normas que en un principio quiso imponer el líder de la mayoría republicana, Mitch McConell, de 24 horas a cada una de las dos partes del juicio para exponer sus argumentos, repartidas en un total de dos días. Finalmente, serán tres sesiones de ocho horas cada una. Teniendo en cuenta que dichas sesiones empiezan a las 13 horas de Washington, terminarían como mínimo a las nueve de la noche. Y, de realizarse las comparecencias, se harían ya durante la noche y tal vez parte de la madrugada.

Entre las reglas más sorprendentes impuestas estos días en el interior de la Cámara destacan en grandes carteles a la entrada la prohibición del uso de teléfonos móviles y dispositivos electrónicos, la de hablar durante el proceso, así como la de comer o beber, y la obligación de permanecer sentado. Fuera, a las puertas de uno de los lugares más visitados del país, tan solo unos pocos testigos del acontecimiento histórico. Sorprende la única presencia de policías a pie, en bicicleta, a caballo, con coche y hasta con perros, pero ni un turista, ni curiosos, ni manifestantes... Tan solo cruzan de vez en cuando periodistas y operadores de cámara a la carrera, a reemplazar o apoyar a parte de su equipo que con toda probabilidad lleva ya horas cubriendo el arranque del «impeachment».

Comienza la sesión. Los pasillos se vacían completamente. Los que no son senadores, se esconden en sus oficinas o en salas habilitadas con la conexión en vivo y en directo. Del ruido más ensordecedor se pasa al silencio absoluto.