La maldición del opio de Afganistán

Es el mayor productor de amapola y el país del mundo con más drogadictos

Agricultores afganos recogen opio en bruto en los campos de amapolas de Jalalabad.
Agricultores afganos recogen opio en bruto en los campos de amapolas de Jalalabad.

En otoño de 2001, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, anunciaba la operación Libertad Duradera, que debía terminar con el régimen fanático, opresor y terrorista de los talibanes, sustituyéndolos por un régimen más o menos democrático en Kabul, normalizar el país llevándolo al siglo XX, liberar a la mujer…. y terminar con las exportaciones de opio –base de la heroína- objetivos que podrían lograrse en menos de cinco años con unos 100.000 hombres. Han pasado 20 años y el espectáculo que podemos observar estos días de Kabul en manos de los talibanes nos ahorran calificativos para juzgar el inmenso fracaso estadounidense y de sus socios de la OTAN, que en estas dos décadas, aparte de poner dinero y muertos, parece que han pintado poco si nos atenemos a las palabras del presidente Biden al comunicar que ha dado por finalizada su intervención en Afganistán.

No incidiremos más sobre el inmenso fracaso de planificación, la tragedia de la pérdida de vidas, el inútil dispendio de 1,5 billones de dólares (más el PIB español anual), la frustrada liberación de la mujer afgana que pudo salir a la calle, asistir a la escuela, trabajar en un banco o en un periódico o intervenir en política y creyó que podría tener un futuro normal, o la estúpida equipación del ejército talibán que se ha quedado con los más de cien mil millones de dólares de armas y pertrechos proporcionados por Washington al ejército afgano. En palabras de un intelectual afgano, la intervención occidental “deja como herencia el país más corrupto del planeta, un país más vulnerable a los ataques suicidas y el mayor productor mundial de amapola”.

Ciñámonos a este último aspecto, hoy menos abordado ante el asombroso espectáculo que estamos presenciando en directo, pero no menos relevante. Afganistán, con 38 millones de habitantes, es uno de los países más pobres de la tierra: su renta per cápita no superar los 600 dólares; la población campesina asciende a unos 30 millones de personas, pero los cultivos tradicionales (cereales, frutas, verduras, algodón) que ocupan a un 70% de ellos, sólo generan el 40% del PIB.

Produce, sin embargo, una planta codiciada: la adormidera o amapola real, de la que se extraen los opiáceos (diversos medicamentos analgésicos y, sobre todo, varias drogas “recreativas” como el opio y, sobre todo, la heroína): unos tres/cuatro millones de afganos están vinculados a la producción y comercialización de la amapola de los que apenas una cuarta parte son campesinos; el resto se dedica a la manipulación, transporte y comercio del producto, que supone, según las áreas cultivadas, la producción y el mercado hasta el 30% del PIB (dato muy controvertido porque los narcos no publican sus resultados).

Si la comparación del valor económico de la producción agraria corriente respecto a la amapola es llamativa, otra referencia aún lo es más: el rendimiento del opiáceo por hectárea es de uno 10.700 $., el del trigo, 11 veces menos (Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, ONUDD), por tanto no debe extrañar que este país agrícola deba importar el 18% del trigo que consume y que la subalimentación afecte a gran parte de los afganos.

Los campesinos siguen teniendo el opio como mejor recurso y el Gobierno poco puede hacer para impedirlo. Se ha intentado todo: utilizar la fuerza significa enajenarse la simpatía del campesinado y arrojarle en brazos de los talibanes, cuya propaganda política es sencilla: “estos ocupantes extranjeros e infieles tratan de mataros de hambre”; comprar las cosechas y destruirlas condujo a un círculo vicioso: el Gobierno adquiría amapola de acuerdo con las producciones anteriormente declaradas y los campesinos incrementaban las áreas de cultivo y la producción, de modo que los excedentes no vendidos al Gobierno se canalizan hacia el mercado clandestino de la droga. Otra manera desesperada de terminar con el perverso mercado fue la contratación, con dinero de la CIA, de fuerzas paramilitares que destruían las cosechas clandestinas de opio. Ese método fue aún más contraproducente: la destrucción aterró a los campesinos, que defendieron sus campos con las armas o se acogieron a la protección de los talibanes que lograban un doble provecho: ganar amigos y además, lucrarse económicamente del narcotráfico, del que se calcula que obtenían hasta el 60 de sus recursos.

Según El New York Times, en 1916, un líder del movimiento, el Mulá Akhtar Mansour, figuraba “entre los primeros dirigentes talibanes en vincularse con el narcotráfico… y más tarde se convirtió en el principal recaudador del narcotráfico de los talibán, consiguiendo enormes beneficios”. John Sopko, director de SIGAR (agencia estadounidense para la reconstrucción de Afganistán) comentaba: “La oportunidad de beneficiarse del comercio del opio ha provocado alianzas entre miembros corruptos del Gobierno, traficantes de drogas e insurgentes”. No en vano Afganistán figura a la cabeza de los países más corruptos de la Tierra.

Afganistán es el principal productor de opio del mundo (84%) con unas 9.000/10.000 toneladas, el doble que hace seis años. Con esa cantidad se pueden sintetizar unas 1.200 toneladas de heroína y aún sobrarían 4.000 toneladas de opio que se fuman o transforman en morfina y otros fármacos, como la metadona, la naloxona el fentanilo y otros. El precio de estas drogas, tanto su comercio legal (farmacéutico), como el tráfico ilegal supera los cien mil millones de dólares de los que se quedan en Afganistán menos del 4% (dato tan controvertido como incomprobable).

La producción afgana de adormidera entró en retroceso cuando los talibanes alcanzaron el poder en 1996, pues penalizaron severamente su producción y consumo, pero como la miseria –siempre habitual y, sobre todo entonces, tras dos décadas de guerra y destrucción- causaba un tremendo malestar abrieron ligeramente la mano pensando que, después de todo, aquel veneno cuyo mercado llegó a estimarse antes del cambio de siglo en quince millones de consumidores a escala mundial (1,5 millones en la Comunidad Europea, 3 millones en Estados Unidos), constituía un castigo para los infieles enemigos del Islam a la vez que aportaba las indispensables divisas para sostener la lucha islamista. La producción llegó al mínimo en 2001 con tan sólo 185 toneladas a causa de las restricciones y la guerra.

Desde entonces, pese a las presiones estadounidenses y sus aliados y a los más de ocho mil millones de dólares empleados en su represión, el crecimiento ha sido exponencial: los cultivos ocupaban al comenzar el siglo XXI unas 100.000 ha., en 2007 la superficie cultivada ascendía a 193.000 ha. , en 2014, a 224.000 ha., en 2017, a 318.000 ha. La producción, ha evolucionado en consonancia: de 3.400 Tn. en 2002 a 7.400 Tn. en 2007 y a cerca de 10.000 en la última época. No hace falta ser un lince para concluir con John Sopko: “Estas cifras, por decirlo sin rodeos, constituyen un rotundo fracaso”.

Un fracaso monumental: el área dedicada a la amapola real, en detrimento de los productos agrícolas alimenticios o industriales, se ha multiplicado por más de tres, la producción de opiáceos, por cerca de cinco, que llegan a los cuatro puntos cardinales de la Tierra por medio de las redes de traficantes que los canalizan mayoritariamente a través de Irán, Turquía (llegando a Europa a través de los Balcanes), Rusia y Pakistán.

El coste para el país es terrible: la droga se les ha pegado a la piel a los afganos. Afganistán cuenta con el mayor porcentaje mundial de drogadictos: según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), cuatro millones de afganos son drogadictos (11% de la población); en esa cifra se cuentan 900.000 mujeres y, más terrible, unos 100.000 niños ya nacidos adictos. Según la ONUDD, la heroína causa más de tres mil muertes al año: más víctimas civiles que la guerra.