El Estado Islámico, una amenaza en auge para los talibanes

El nuevo régimen es incapaz de frenar la oleada de atentados de la franquicia yihadista en Afganistán

Un miembro de la seguridad talibán cerca del aeropuerto internacional de Kabul
Un miembro de la seguridad talibán cerca del aeropuerto internacional de Kabul FOTO: STRINGER EFE

La franquicia del Estado Islámico (Daesh, ISIS) para Pakistán y Afganistán, el ISPK, se ha convertido en una auténtica pesadilla para el Emirato Islámico de los talibanes. Además, ha puesto de manifiesto que son incapaces de mantener el orden público salvo contra los disidentes que, a diferencia de lo que ocurría hace 20 años, son ejecutados sumariamente «en privado» para evitar imágenes, algunas ya se han difundido, que perjudican la apariencia de moderación que pretenden transmitir, con el fin de tener acceso a las ayudas internacionales.

El primer aviso lo dio Daesh cuando, en plena evacuación de las tropas occidentales y de los colaboradores que lograron salir de Afganistán, perpetró, el 26 de agosto, un salvaje atentado en los alrededores del aeropuerto de Kabul, con el balance de 183 fallecidos, de los que 13 eran marines estadounidenses. Era la macabra «tarjeta de visita» de lo que iba a suceder a partir de entonces, no porque no se hubieran producido atentados con anterioridad por parte de Daesh contra lo que denominan «milicia apóstata», sino porque comenzaba una etapa más sanguinaria.

A todo esto, Al Qaeda, con la que los talibanes ahora ya no tienen ninguna relación (según dicen y nadie cree) permanecen silentes en lo que a Afganistán se refiere. No se puede borrar de los archivos el juramento de fidelidad que los de Ayman Al Zawahiri hicieron a los talibanes y los lazos de colaboración que, según fuentes antiterroristas, se van a traducir en la implantación, como ocurrió antaño, de campos de entrenamiento desde los que se dirigirán ataques contra Occidente.

Para Daesh el «campo de batalla» está perfectamente definido. Tiene a dos de sus principales enemigos, los «apóstatas» talibanes y a Al Qaeda, en el mismo sitio. Se trata de demostrar que son ellos los auténticos destinatarios de la construcción del «Califato» mundial al que aspiran los yihadistas. La «legitimidad», ante los suníes de todo el orbe, la tiene el EI (y no los talibanes-Al Qaeda) y, por ello, dos de las últimas matanzas perpetradas en suelo afgano han sido contra las mezquitas chiíes de Kandahar y Kunduz. (Y lo han intentatado en una tercera, aunque en este caso el balance de víctimas ha dido menos). En todos casos, las acciones criminales fueron perpetradas en viernes, el día de rezo entre los musulmanes, y el Estado Islámico dio, en sus redes sociales, toda la publicidad posible, nombres de los terroristas suicidas incluidos con sus fotografías y los rostros embozados, a lo que habían hecho.

Los talibanes no se han librado de los ataques directos y el 4 de octubre atacaron, en pleno Kabul, la mezquita donde se celebraban los funerales por la madre del portavoz del nuevo régimen, Zabihulá Mujahid. Días pasados, el objetivo fue el hospital militar Sardar Muhammad Dawood Khan de Kabul; y, entre la veintena de víctimas, se encontraba un alto dirigente del régimen: Hamdullah Mokhlis, miembro de la temida red Haqqani y oficial de la unidad de fuerzas especiales Badri 313. En el ataque, perfectamente coordinado, participaron cinco terroristas, uno de los cuales se suicidó con un cinturón explosivo para abrir paso a los otros que portaban fusiles de asalto.

Los hechos ponen de manifiesto que los talibanes, llegados al poder con tanta velocidad como aire pomposo, son incapaces de controlar la seguridad del país, en el que los terroristas parecen gozar de una tremenda operatividad de la que ya alertan los expertos y organismos internacionales. «Una vez más, los soldados del Estado Islámico están abofeteando la seguridad a los talibanes», dicen en su último boletín semanal, en el que dan cuenta de otros atentados en distintas ciudades.

Hay un dato, que los talibanes se empeñan en ignorar al aducir que ellos han ofrecido una generosa amnistía para los que sirvieron al antiguo régimen: la incorporación a Daesh de elementos de las fuerzas especiales del ENA (Ejército Nacional Afgano), formados por los norteamericanos y que ahora luchan contra los yihadistas con el objetivo de derrocar a los talibanes; o, al menos, hacerles la vida imposible.

El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW) ha advertido del preocupante avance del ISPK. Y expertos de otros países, lanzan la misma alerta ante la posibilidad, más que cierta, de que el territorio afgano vuelva a convertirse en base para preparar atentados contra Occidente, no sólo por parte de Al Qaeda (a la que se da un plazo dentro dos y cuatro años para reorganizarse en ese terreno), sino también Daesh.

La realidad es que el Estado Islámico está logrando socavar la legitimidad de los talibanes para gobernar. Y una forma, perversa, de hacerlo es con una estrategia de atentados casi diarios, mediante ataques directos o con artefactos explosivos, contra las tropas del régimen, «espías» e incluso jueces islámicos, así como contra infraestructuras críticas, como las redes de alta tensión y los consiguientes apagones.

Ironías de la vida, han ocupado el lugar de los talibanes cuando hacían lo propio contra las tropas estadounidenses antes de los acuerdos de Doha.

Se trata de crear un clima generalizado de inseguridad entre la población. La represión que ejercen los talibanes cuando creen haber apresado a miembros de Isis lo único que consigue, según las citadas fuentes, es aumentar el número de personas que se quieren afiliar a la banda yihadista. En el plano ideológico, los aparentes gestos de apertura del Emirato con respecto a las mujeres y otros para darse un aire de modernidad, permiten a Daesh asumir ante los musulmanes radicalizados el papel de “guardianes de las esencias”.