África

¿Por qué hay malestar entre el gobierno de Malí y España?

El embajador español en Malí ha sido convocado hoy por el ministro de Asuntos Exteriores maliense

Un militar español durante un entrenamiento en Mali
Un militar español durante un entrenamiento en Mali FOTO: La Razón EMAD

La oficina de Asuntos Exteriores maliense ha convocado hoy al embajador español en Malí, José Hornero, con el fin de que ofrezca explicaciones sobre las declaraciones de José Manuel Albares en relación a una posible intervención de la OTAN en el país. En palabras del ministro de Exteriores maliense, Abdoulaye Diop, “esta declaración es inaceptable porque busca animar una agresión contra un país independiente y soberano”. Recordemos que España es actualmente el país europeo con más efectivos en el curso de la misión de entrenamiento militar EUTM Malí, con cerca de 400 soldados destinados en el país africano.

Las declaraciones de Diop vienen hiladas a la percepción que se tiene de la OTAN en Malí. Si bien la organización no es del gusto de muchos en el continente africano, sobre todo después de la intervención en Libia para precipitar el derrocamiento de Gadafi, pocos países como Malí guardan un recuerdo del 2011 con mayor amargura. Desde Bamako han acusado en repetidas ocasiones a Francia y a la OTAN de haber propiciado la inestabilidad que sufre el país desde 2012.

La desbandada libia

El contexto es el siguiente: Libia, vecina de Malí, sufre una intervención militar en 2011 que contribuye a la caída de Gadafi. Tras la muerte del dictador, remesas de mercenarios y combatientes curtidos huyen en desbandada del país, refugiándose de las fuerzas occidentales en países próximos y con amplios espacios de terreno sin apenas vigilancia. Miles de contratistas y militares libios escapan entonces al norte de Malí, donde encuentran un campo abonado y abandonado para dedicarse al pillaje y el bandidaje en aldeas y caminos. Asimismo, en esta desbandada desaparecen también importantes cantidades de armamento y munición pertenecientes al ejército de Libia, que cruzan fronteras, pertrechan a bandidos y, pocos años después, sirven para armar a los grupos yihadistas que hoy machacan con puño de hierro amplias zonas del país.

Un estudio publicado en 2016 por Conflict Armament Research estipuló que se habían documentado seis países en África y Medio Oriente a los que muy probablemente fueron desviadas armas pertenecientes a las reservas libias, de la mano de la dispersión de los soldados de Gadafi. Entre estas armas se encuentran los misiles antiaéreos 9K32 Strela-2 de fabricación rusa, cohetes coreanos tipo F7 de 40 mm, cohetes HEAT de 90 mm, rifles de asalto polacos y proyectiles de mortero de 60 mm y 81 mm de fabricación gala (estos últimos se han visto en Malí en repetidas ocasiones). Los sucesivos gobiernos de Bamako han excusado la potencia del arsenal yihadista no tanto en sus propias carencias de seguridad interna, sino en la mala gestión del armamento libio una vez acabada la guerra. Sin embargo, transcurridos más de 10 años de estos sucesos, resulta difícil creer que quede en Malí algo del armamento libio, que presumiblemente ya ha sido utilizado en la medida de lo posible. El Coordinador Regional de Seguridad Humanitaria para África Occidental y Magreb para la Unión Europea, Franz Najean, afirmó en 2019 que “podríamos poner fin a ciertas ideas recibidas o fantasías persistentes, como las entregas masivas de armamentos extra regionales, en particular las famosas armas de Libia”.

Un gobierno ilegítimo

Pero si la OTAN no gestionó adecuadamente la situación en Libia, esto no quita que la situación de caos que vive Malí diez años después depende de un número de factores ajenos a Occidente, que además son responsabilidad directa de una sucesión de gobiernos incapaces de hacer frente por sus propios medios a la amenaza yihadista. Entre estos factores se debe contar con la inestabilidad política en Bamako. Solo en nueve años, tres golpes de Estado (dos de ellos sucedidos en los últimos tres años) han sacudido a la capital maliense, actualmente gobernada por una junta militar dirigida por el coronel Assimi Goita y que accedió al poder tras un golpe exitoso en 2021. Goita ha sido interpelado en numerosas ocasiones por la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) para que ceda legítimamente el poder por medio de un proceso democrático, a lo que el coronel ha contestado convocando elecciones para dentro de dos años. Una decisión que no ha hecho sino perjudicar a su país, que malvive desde hace meses bajo las sanciones económicas y de movilidad que la CEDEAO ha impuesto a Malí como castigo por el hacer de Goita.

Además, Goita ha completado el acercamiento a Rusia que ya comenzaron sus antecesores, expulsando del territorio nacional a las operaciones francesa y europea de lucha antiterrorista, censurando medios de comunicación europeos (France24) y contratando a su vez a mercenarios rusos para combatir con técnicas poco ortodoxas junto a las Fuerzas Armadas malienses. Si bien acertó el ministro de Exteriores maliense al comunicar que Malí se trata de un país “independiente” cabe la duda de si realmente se trata de un país “soberano”, cuando enormes proporciones del territorio se encuentran en manos de yihadistas y bandidos que afectan a todos los países de la región y a la integridad europea, y cuando el gobierno actual ha accedido al poder mediante métodos esencialmente antidemocráticos.