África

¿Conoces a los cuatro presidentes africanos cuyos asesinatos se atribuyen a Occidente?

Sea falsa o sea cierta la implicación de Occidente en sus muertes, el discurso panafricano las utiliza para marcar distancias entre África y Europa

La sombra de Gadafi continúa presente en Libia después de su muerte.
La sombra de Gadafi continúa presente en Libia después de su muerte.

Patrice Lumumba. Thomas Sankara. Amílcar Cabral. Muamar el Gadafi. Una gran mayoría de los europeos apenas si conoce el último nombre de la lista, mientras un africano (aquí sí que podemos tratar el continente como un único país) lleva los cuatro nombres grabados a fuego en el corazón desde hace décadas. Para comprender el pensamiento africano quizás resulte útil conocer que ocurrió con los tres nombres prácticamente desconocidos en Europa, y qué significó la muerte de Gadafi para un amplio número de personas que no tuvieron la oportunidad de ver su caída a través de las lentes de France24 o TVE. Entramos en terreno pantanoso, abono de opiniones. Hablamos de cuatro hombres que a ojos de los africanos fueron asesinados por Occidente. Villanos por un lado, héroes por el otro, desconocidos para muchos pero cruciales para entender recientes votaciones en la ONU que a más de uno (que probablemente no conocía estos nombres) le hicieron llevarse las manos a la cabeza.

Patrice Lumumba

El 23 de junio de 1960, Lumumba se convirtió en el primer ministro del Congo independiente. Recordemos que los habitantes del Congo habían sufrido durante décadas la colonización belga y que los números hablan de entre 5 millones y 10 millones de congoleños asesinados por las brutales prácticas del rey Leopoldo II de Bélgica. No hace falta leer a Ryszard Kapuściński ni su libro Estrellas negras (aunque es muy recomendable) para imaginar la oleada de ilusión que invadió a los congoleños tras elegir democráticamente a su primer gobernante. Lumumba se enfrentó desde el primer momento a las potencias occidentales en una multitud de materias: fue significativo el apoyo que pidió a la Unión Soviética para suprimir un alzamiento separatista en la provincia de Katanga (una de las regiones más ricas del Congo en materias primas), a la par que criticó la inacción de la ONU para solucionar el conflicto. La colaboración entre Lumumba y la URSS fue visto por Estados Unidos como una grave amenaza dentro del contexto de la Guerra Fría. Katanga, rica en minerales, contaba con el apoyo probado de mercenarios franceses y funcionarios belgas. El líder de los rebeldes, Moise Tshombe, era conocido por sus conexiones con Estados Unidos y los tratos cerrados para vender la materia prima a precios irrisorios y con la condición de recibir el apoyo de las naciones mencionadas.

Patrice Lumumba en Nueva York, tras pronunciar su famoso discurso en Naciones Unidas.
Patrice Lumumba en Nueva York, tras pronunciar su famoso discurso en Naciones Unidas. AP

En agosto de 1960, el director de la CIA comunicó a sus agentes en Leopoldville que “hemos decidido que su eliminación (la de Lumumba) es nuestro objetivo más importante y que, en las circunstancias actuales, merece alta prioridad en nuestra acción secreta”. En diciembre del mismo año, tras sufrir un golpe de Estado, Lumumba y sus más estrechos colaboradores procuraron escapar del país, aunque fueron interceptados y enviados en avión a la provincia de Katanga, donde Lumumba resultó ejecutado en presencia de Moise Tshombe y agentes secretos de los gobiernos belga y estadounidense. El gobierno belga reconoció en 2002 que " a la luz de los criterios aplicados hoy, algunos miembros del gobierno de entonces y algunos representantes belgas de la época tienen una parte irrefutable de responsabilidad en los acontecimientos que condujeron a la muerte de Patrice Lumumba”. Le sucedió en el poder el general Mobutu Sese Seko, que sostuvo una dictadura durante 32 años manteniendo excelentes relaciones con Estados Unidos, Bélgica y Francia (y muy malas con la URSS) a la vez que robó a su país una cantidad estimada de 5 mil millones de dólares.

Thomas Sankara

Este militar de Burkina Faso se hizo con el poder tras efectuar con éxito el golpe de Estado ocurrido en 1983. El conocido como “el Che Guevara africano” promovió importantes cambios en su país, Alto Volta, hasta el punto de que llegó a cambiar el propio nombre de su país que desde entonces se conoce como Burkina Faso (puede traducirse en el dialecto local como “el país de los hombres íntegros”). Abolió además los privilegios de los jefes tribales, que hasta entonces tenían el derecho a recibir un tributo de sus súbditos y podían obligar a realizar trabajos forzados con solo ordenarlo. Promovió los derechos de las mujeres ilegalizando la mutilación genital femenina, la ablación, la poligamia y los matrimonios forzados. Siguiendo un ideario de corte comunista, abogó por la nacionalización de los terrenos con la intención de conseguir que el país fuese autosuficiente, y debe decirse que sus programas de cultivo de trigo fueron enormemente satisfactorios y muy superiores al del resto de países del Sahel. Los números no mienten y pueden encontrarse en Internet. De la misma manera, fue un ferviente defensor de la salud pública y promovió diversas campañas de vacunación para erradicar la meningitis y el sarampión.

Entre sus medidas más “extravagantes” entran: vender la flota de Mercedes-Benz del gobierno anterior para cambiar su coche oficial por un Renault 5; se enfrentó al neocolonialismo en numerosas convenciones africanas a la par que se negó a recibir ayuda exterior, alegando su famosa frase, “el que te alimenta, te controla”; ordenó a los funcionarios que destinasen un mes de su sueldo a proyectos públicos; y bajó su sueldo presidencial hasta los 450 dólares al mes. En 1987, Sankara fue víctima de un nuevo golpe de Estado que terminó con su asesinato, su cuerpo desmembrado y enterrado en una localización desconocida. Le siguió en el poder el dictador Blaise Compaoré, que gobernó Burkina Faso hasta 2014 y que llevó a cabo un proyecto titulado ““rectificación de la Revolución”, a la par que retomó las relaciones con Francia e inició un periodo de corrupción y asesinatos políticos que todavía hoy perdura en “el país de los hombres íntegros”. La BBC aseguró en 2014 que “Blaise Compaoré era el mejor aliado de Francia y EEUU en la región”.

Amílcar Cabral

Las últimas colonias africanas en lograr la independencia fueron las posesiones portuguesas: Cabo Verde, Guinea Bissau, Angola y Mozambique. A diferencia de las colonias francesas o inglesas, estas no consiguieron la plena independencia sin enzarzarse antes en una serie de guerras entre las naciones africanas y Lisboa. En la batalla por la independencia de Cabo Verde y Guinea Bissau, cuya práctica mayoría de los combates sucedieron en el territorio guineano, una figura destacó sobre las demás, hecho que muestran los monumentos levantados en su honor en ambos países. Es Amílcar Cabral. Escritor, ingeniero de profesión educado en Lisboa, fue el líder de los movimientos independentistas en Guinea Bissau y Cabo Verde siguiendo una ideología de corte socialista.

El fundador del Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC) fue asesinado en 1973, pocos meses antes de la concesión de la independencia a ambos países, en lo que las autoridades portuguesas calificaron de “una disputa interna” pero que supuso un grave contratiempo para las políticas anti-portuguesas de la región. Si preguntásemos a un caboverdiano o a un local de Bissau, estos nos contestaría sin lugar a dudas que el gobierno de Salazar estuvo detrás del asesinato. Algo que nunca ha sido probado.

Muamar el Gadafi

La familia de Gadafi se ha querellado contra la OTAN por muerte del ex líder libio.
La familia de Gadafi se ha querellado contra la OTAN por muerte del ex líder libio.

No es ningún secreto que el asesinato de los líderes mencionados más arriba entra dentro del marco de la Guerra Fría. Los tres eran reconocidos socialistas y aliados de la URSS en una época donde los intereses africanos venían subyugados bajo los intereses globales del capitalismo estadounidense y del comunismo ruso. Sin embargo, la participación (sospechosa o probada) de potencias europeas y colonialistas en estos asesinatos ha creado un discurso panafricanista donde los africanos, sin importar su país o su ideología, piensan, en su gran mayoría, que Lumumba, Sankara y Cabral murieron por defender los intereses africanos frente a las ambiciones de Occidente. Es un discurso muy fuerte que todavía se mantiene. Y la muerte de Gadafi acrecentó esta idea.

A ojos occidentales, la muerte de Gadafi supuso la eliminación de un cruel dictador libio que mantenía a sus ciudadanos asfixiados bajo el autoritarismo. Y sería cierto. La muerte de Gadafi ha roto la frágil paz que malvivía Libia y hasta hoy siguen los combates entre las diferentes facciones que se hicieron con el control de las distintas regiones del país, pero no se puede negar que ahora hay un dictador menos en el mundo, aunque tras su muerte, como la hidra de Hércules, hayan surgido nuevos “dictadores” regionales que llevan a cabo medidas de represión similares a las de Gadafi. Una frase que puede explicar la importancia de Gadafi en África la dijo el mismísimo Nelson Mandela, máximo aliado del dirigente libio desde que este financió el movimiento contra el apartheid en Sudáfrica: “aquellos que se sientan irritados por nuestra amistad con el presidente Gadafi pueden tirarse a la piscina”.

Es que, además de financiar guerrillas en Liberia y Sierra Leona, Gadafi fue uno de los máximos representantes del panafricanismo (movimiento que aboga por la unión de África contra los intereses extranjeros) y fraguó importantes relaciones con algunos de los líderes históricos del continente. Gadafi expulsó a los militares británicos y estadounidenses destinados en Libia, intermedió entre Malí y las potencias extranjeras para acordar un precio razonable del oro, abogó por un pasaporte africano, una moneda única y un ejército común. Estas ideas y muchas más llevaron a que diversos líderes africanos le tildaran de “rey de reyes” en la convención de la Unión Africana en 2008. La muerte de Gadafi, añadida al fantasma de los tres asesinatos anteriores, ensombrecida por la participación de Francia y Estados Unidos y teniendo en cuenta la habilidad de los dirigentes africanos para pasar por alto sus atrocidades mientras ensalzan las cualidades que tuvo, significó un antes y un después en las relaciones entre África y Occidente.

Y no lo digo yo: lo dice el pintor maliense con el que estuve ayer, lo dice la hija de un francés y una senegalesa que conocí de bares en Lisboa, lo dice mi amigo Zakaria mientras sorbemos un té en el Cairo, lo dice un médico etíope en su descanso para fumar, lo dice el taxista mauritano que nunca volveré a ver, lo susurran los militares europeos en los encuentros “off the record”: el día que Gadafi murió, no importa por culpa de quién, no importa cómo, se levantaron de la tumba los fantasmas de Lumumba, Sankara y Cabral para aullar una vez más por la independencia africana. Cada asesinato enturbiado por las informaciones cruzadas acrecienta las distancias.