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Colector 13: los olvidados del terremoto del 85

El reciente seísmo en la capital mexicana ha recordado que hay 700 personas que malviven desde hace 32 años en este campamento a la espera de la casa que un día les prometieron.

El reciente seísmo en la capital mexicana ha recordado que hay 700 personas que malviven desde hace 32 años en este campamento a la espera de la casa que un día les prometieron.

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Un pequeño altar dedicado a la Santa Muerte decora la entrada a Colector 13, un campamento formado por cerca de 300 viviendas de contrachapado donde conviven, y sobreviven, varias generaciones de familias que lo perdieron todo en el temblor de 1985. Fueron reubicados aquí después de una tragedia que dejó desolada la capital mexicana y que provocó la muerte de más de 10.000 personas en todo el país.

El 19 de septiembre de este año, justo cuando se cumplía el 32 aniversario de aquel terremoto, la tierra volvió a temblar en México. El balance mortal en esta ocasión ha sido mucho menor, pero cientos de familias han vuelto a perder sus hogares y temen no encontrar el amparo de un Estado que ha olvidado por más de tres décadas la existencia de Colector 13. Ahora que se repite la historia, LA RAZÓN visita este campamento para que su caso no muera en el olvido.

El paso necesario para cruzar la puerta de Colector 13 es más que suficiente para dejar atrás la bulliciosa capital mexicana y adentrarse de lleno en el tercer mundo. Una entrada a otra dimensión por donde parece que no ha pasado el tiempo en los últimos 32 años. Para alguien que no lo conoce resulta muy fácil perderse entre las estrechas hileras de barracones que componen este poblado. El campamento empieza a despertarse, como cada día, al ritmo que marcan las lavanderas, los perros y la música caribeña de los altavoces.

Nos recibe en la puerta de su módulo Raquel Villegas, una de las más veteranas del lugar. Lo perdió todo en el terremoto del 85, aunque se mantuvo un mes a la intemperie, frente al edificio donde residía con su marido y sus siete hijos, con la esperanza de poder rescatar algo. No lo consiguió y fue trasladada a Colector 13, su hogar desde entonces. Aquí dio a luz a otros dos niños y completó una familia de once miembros que tuvieron que convivir en estos barracones de tres por seis metros.

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Con el tiempo, sus hijos le dieron nietos, y esos nietos a su vez convirtieron a Raquel en bisabuela y a Colector 13 en un campamento con hasta cuatro generaciones de la misma familia. Todos siguen viviendo aquí, aunque Raquel no oculta que su mayor deseo es «poder ver a mis descendientes vivir de una manera digna, ya que para mí ya no hay esperanza». Si algún día tuvo esa ilusión, el paso de los años ha terminado por borrar la posibilidad de escapar de este poblado de la miseria. «Siempre hemos sido los últimos y ahora con los damnificados por el nuevo seísmo nos hundimos más en la lista», se lamenta. No obstante Raquel se siente afortunada, ya que es de las pocas personas que cuenta con baño privado en su pequeña vivienda.

La mayoría de los residentes tienen que compartir letrinas y mangueras. Aproximadamente tocan a una por cada 20 viviendas, algo que ha provocado importantes problemas de salud, como nos recuerda Raquel: «La falta de higiene ha provocado que se extiendan enfermedades, hace un par de años fue la hepatitis. El problema es que nadie nos orienta y hemos tenido que ser los propios pobladores los que resolvamos estas situaciones por nuestra cuenta». Nuestro recorrido continúa y Raquel se despide con un sentido abrazo dándonos las gracias por entrar donde pocos quieren llegar.

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Nos cambiamos al módulo 2 para conocer a Marta Mejía, otra de las veteranas, quien nos abre las puertas de su hogar disculpándose de antemano por el humilde espacio que representa. Un pequeño habitáculo que hace las veces de cocina, salón y habitación, con dos literas al fondo donde todavía duerme algún familiar. Lo primero que nos sorprende es su edad, tiene 64 años pero aparenta muchos más. «Cuando llegué al Colector 13 (con 31 años) estaba bien fuerte, pero ahora mire, estoy acabada y enferma», asegura Marta. Comparte muchos deseos con su vecina Raquel, como el de poder ver a sus nietos crecer fuera de este lugar aunque, a diferencia de nuestra primera entrevistada, todavía mantiene la ilusión de poder escapar con ellos: «La esperanza muere la última, llevo 32 años pensando que cada día podía ser el último».

La experiencia del terremoto del pasado 19 de septiembre fue especialmente dura para los residentes de Colector 13. Las alarmas sísmicas y el movimiento del suelo les ponen a flor de piel las sensaciones vividas 32 años antes. «Me trajo muchísimos recuerdos, lo sentí incluso más duro que el del 85. Cosas que teníamos superadas, a pesar de no haberlas olvidado, se removieron en nuestras entrañas, empecé a temblar pensando en todos los muertos y los niños que quedaron en situación de calle», recuerda Raquel.

La conversación se alarga más de lo esperado, Raquel tiene mucho que contar y denunciar: «Me gustaría pedirle a las autoridades que no nos olviden y tampoco a los que se queden ahora desamparados». Nos despide deseando que la próxima vez que la visitemos pueda recibirnos en un lugar digno y no en este barracón que la ha hecho envejecer prematuramente.

No obstante en el campamento también se percibe con facilidad la atmósfera jovial de las nuevas generaciones. Son muchos los niños que encontramos a nuestro paso con miradas tiernas y mofletes sucios de tanto caer y levantarse de la tierra y el barro. Nos persiguen y se esconden sorprendidos por las cámaras y nuestra ropa, que les advierten de una realidad que todavía no conocen. Su inocencia no les permite ver ni entender la miseria que los rodea, sólo ven ante sí un inmenso campo de juegos donde correr libres, incluso descalzos.

Alfredo Villegas hoy tiene 35 años, pero sabe perfectamente de lo que hablamos, porque llegó a Colector 13 siendo un niño: «Uno al principio, de niño y adolescente, no ve la dimensión del problema. Ya de adulto te das cuenta de que sí es un verdadero problema el vivir sin privacidad ni comodidades». Nos topamos después con uno de esos adolescentes que son producto 100% del campamento. Se llama Adrián, tiene trece años y no hace mucho que ha empezado a entender por qué sus padres quieren mudarse. Reconoce que aquí ha pasado muy buenos momentos pero que estaría mejor en otro sitio; lo sabe porque ve esa realidad a la que aspira su familia en el entorno de sus compañeros de colegio. «Algunos de mis amigos saben que vivo aquí, aunque es algo de lo que no hablamos mucho, estamos más pendientes del fútbol», reconoce.

Alfredo Villegas nos acompaña hasta uno de los extremos de este pequeño pueblo para mostrarnos orgulloso la capilla de Colector 13. Un espacio diáfano con un pequeño altar y decenas de butacas que no ven dar misa desde agosto. «Cada vez venía menos gente y hasta el párroco dejó de venir; ahora las nuevas generaciones tienen otras creencias, son fieles a la Santa Muerte», asegura. De hecho, justo a la salida del templo encontramos un pequeño altar dedicado a esta divinidad con varias ofrendas a sus pies, entre ellas una raya de cocaína, tequila y una pequeña bolsa de marihuana. Nos cuenta que la capilla ha sido ocupada por cuatro familias, antiguos residentes del campamento, que lo han vuelto a perder todo en el temblor del pasado 19 de septiembre.

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Aquí hay sitio para todos, saben de una u otra forma lo que supone que la naturaleza te arrebate todo lo que tienes. Villegas insiste en que «ante todo somos hermanos y debemos estar unidos. No nos importaría si les resuelven a ellos antes que a nosotros, lo que queremos es que se acerquen las autoridades y se comprometan a resolver también nuestra situación. Dicen que aquí ya no hay ningún campamento pero mira a tu alrededor y dime qué ves». Lo que se ve es un inmenso campamento chabolista con 700 personas tratando de sobrevivir en condiciones impropias de un país que se dice del primer mundo. Se ve cómo el tiempo apaga la voz de los más desfavorecidos en 1985 ante unas autoridades enfrascadas en una nueva campaña electoral. Y también la posibilidad de que la pesadilla se repita para las familias afectadas por el último seísmo.