Entrevista

Ibrahim Nasrallah, autor palestino: «Si no hubiera ocupación, Hamás no existiría»

El prestigioso escritor vive «las semanas más crueles» tras el estallido de la guerra en Gaza

El poeta y escritor palestino Ibrahim Nasrallah
El poeta y escritor palestino Ibrahim NasrallahDavid JarFotógrafos

Ibrahim Nasrallah (Amán, 1954) nació y creció en Al Wehdat, el segundo campo de refugiados más grande de los diez que cubren el mapa de Jordania. Allí fueron trasladados a la fuerza sus padres durante la «Nakhba», el término en árabe que condensa la traumática expulsión de cientos de miles de palestinos de su tierra y que precedió a la declaración de independencia del Estado de Israel en 1948. Allí entró en contacto con la escritura, y sólo el tiempo acabaría haciendo de él uno de los autores más ilustres del mundo árabe. Nasrallah presenta en Madrid su novela «El tiempo de los caballos blancos. La Ilíada palestina», traducida recientemente al español. Recibe a LA RAZÓN en Casa Árabe cuando vive, asegura, «las semanas más crueles» de su vida con motivo del estallido de la guerra en Gaza.

¿Qué fue lo que le hizo iniciarse en la literatura y en la poesía?

Es una pregunta fácil y difícil al mismo tiempo. Antes de darme cuenta de que iba a ser escritor descubrí que era escritor. Prácticamente empecé a los 14 años. Aquel primer intento fue sencillo, simple. Intenté expresarme, exteriorizarme, transmitir un mensaje. Entonces no tenía con quien hablar. Así que empecé a conversar con la tinta, con el papel, con las hojas. Los profesores empezaron a leer mis poesías y no daban crédito, no creían que lo hubiera escrito yo. Entonces pensé: «si no lo creen, entonces es que soy buen escritor». En ese momento fue cuando me di cuenta de que era escritor. Luego me di cuenta de que escribir no es solamente hablar con uno mismo, sino hablar también con el mundo, con los otros.

Tiene una extensa bibliografía centrada en sus orígenes, en su identidad palestina. ¿Hasta qué punto ha sido su principal inspiración?

La infancia siempre es la mayor influencia que tiene el ser humano porque está fuera de tu consciencia. Son tus sentimientos, lo que sentías hacia el mundo. La infancia deja en nosotros un gran impacto. Lo que pasó es que cuando era niño no vivía solo con mis familiares, con mis padres, sino que convivía también con las historias que ellos me contaban. Era normal escuchar historias sobre Palestina, sobre la Palestina de mis padres, sobre la Palestina de la cual habían sido expulsados unos años antes. Además era reciente. Había muy pocos años de separación. Yo viví en primera persona el impacto de la «Nakhba». Vi lo que era vivir en un campo de refugiados, cómo pasas hambre y cómo pasas frío. Cómo no tienes espacio para divertirte, para jugar, para soñar. Era como una cárcel, un mundo cerrado.

¿Qué repercusiones tuvo para usted el hecho de criarse en un campo de refugiados? ¿Cómo forjó su carácter?

Cuando empecé a leer desde mi campo de refugiados «El Jorobado de Notre Dame», «La cabaña del tío Tom» y «La historia de los dos hermanos», que son novelas tristes, pensaba que todo el mundo era triste, porque yo lo era. Tuvieron que pasar muchos años hasta que me di cuenta de que el mundo puede ser feliz, que está lleno de belleza. Todas estas vivencias dejan sus huellas en nosotros. Escribimos lo que vivimos, lo que vivieron las personas cercanas. Escribimos las historias de personas que no hemos conocido, y también escribimos lo que leímos, lo que tuvo influencia en nosotros. Pero todas estas vivencias no son suficientes. No pueden ser una inspiración suficiente, porque aparte hay otro recurso: tenemos que imaginar.

En su novela «Bodas en Gaza» cuenta la vida de las hermanas gemelas, Randa y Lamis, que crecen rodeadas de violencia con el sueño de convertirse en periodistas.

La gente que está leyendo ahora dice: «Mira, más o menos es lo que está ocurriendo en Gaza actualmente». La novela será traducida al español en dos o tres meses. A veces te das cuenta de que lo que habías escrito en el pasado es lo que tenías que haber escrito en el futuro, para mañana o para pasado mañana. He escrito tres libros sobre Gaza. Dos poemarios y una novela. Es la ciudad palestina que más espacio tiene en sus obras. Hasta el punto de que muchos de mis lectores piensan que soy de Gaza.

El poeta y escritor palestino Ibrahim Nasrallah. David Jar
El poeta y escritor palestino Ibrahim Nasrallah. David JarDavid JarFotógrafos

¿Cómo ha vivido estas últimas semanas desde el estallido de la guerra en Gaza?

Han sido las semanas más crueles que he vivido. Nunca las matanzas habían sido tan concentradas, tan intensas, tan fuertes. Nunca habíamos sido testigos de tanta devastación, de tanta destrucción. Ciudades y barrios están siendo destruidos sólo para allanar el camino a un tanque israelí. El número de niños palestinos que han sido asesinados no tiene precedentes en cualquier otra guerra del mundo. La destrucción de los hospitales y los colegios, tampoco. Las mentiras y la propaganda israelíes tampoco tienen precedentes. Es indescriptible. Cuando más crímenes cometes más mentiras tienes que vender. La propaganda está condicionada por el volumen de crímenes cometidos. Necesitamos muchos años para recuperarnos de lo que estamos viviendo. Conozco a personas que pasan el día y la noche llorando. Hay mucha ira. Y también afortunadamente hay mucha ira fuera de Palestina, en muchos pueblos del mundo. Quien dice que lo que está pasando en Gaza no es un genocidio, es cómplice. El 7 de octubre fue un punto de inflexión.

Han muerto más de 14.000 personas. Muchas voces establecen un paralelismo entre la «Nakhba» de la que hablaba al principio y lo que estamos viendo hoy.

Creo que aquellos que no vivieron la «Nakhba», aquellos que no escucharon sobre ella o que no vieron imágenes, lo están haciendo ahora mismo. En 1948, antes de la «Nakhba», en Palestina vivían 1 millón de palestinos. Ahora solamente en la Franja de Gaza tenemos a 2,3 millones de personas, con la diferencia de que la extensión de la Franja de Gaza es tan solo el 2% de la Palestina histórica. Estamos viviendo una «Nakhba», un genocidio intenso. Si pones una cámara en el norte de la Franja de Gaza puedes ver con mucha nitidez lo que ocurre en el sur. Es un espacio muy reducido. Pero, a pesar de toda la visibilidad que nos podría proporcionar una moderna cámara digital, hay regímenes y Estados que prefieren mirar para otro lado, que prefieren no ver nada.

¿Cómo se explica el desencadenante de esta última guerra, el ataque terrorista de Hamás?

Israel lleva a cabo un genocidio y matanzas desde hace más de 75 años. Y lanzó muchas guerras contra Gaza. La del 2014 duró más de 50 días. Hubo limpieza étnica. Y en aquella guerra no hubo 7 de octubre. No fue Hamás quien empezó. Ahora en Cisjordania no hay Hamás, pero hay matanzas todos los días. En Cisjordania no hay Hamás, no existe Hamás. Pero hay ciudades y pueblos palestinos que están ocupados por Israel, y donde Israel comete crímenes y asesinatos todos los días, de manera sistemática. En todo este contexto, nos sorprende mucho que lo que pasó el 7 de octubre sea el parámetro de la justicia internacional. Si no hubiera ocupación, Hamás no existiría. Esta es la raíz del problema. Y no tenemos que olvidar que todas las leyes internacionales garantizan el derecho a defenderse a los pueblos sometidos a la ocupación. Gaza lleva sufriendo un asedio desde hace 16 años, y todo el mundo dice que es la mayor prisión a cielo abierto, pero no hacen nada.

El poeta y escritor palestino Ibrahim Nasrallah. David Jar
El poeta y escritor palestino Ibrahim Nasrallah. David JarDavid JarFotógrafos

El ataque terrorista de Hamás colocó de nuevo la cuestión palestina en el centro del debate. Demostró que no estaba superada. Usted trabajó como profesor en Arabia Saudí y es un gran conocedor de los países del Golfo. Sus líderes han intentado pasar página normalizando relaciones con Israel en el marco de los Acuerdos de Abraham, por ejemplo. Pero ¿qué opinan sus sociedades?

Ningún pueblo árabe está a favor de las normalizaciones con el Estado de Israel. Ese proceso lo llevan a cabo los regímenes. Hay gobiernos que ralentizaron la normalización de relaciones, como Arabia Saudí. Hay otros, como Jordania, que se han dado cuenta de que todos los acuerdos de paz no le brindan la suficiente protección, y ahora se sienten inseguros, amenazados. Por eso su postura ha sido muy firme. Hay gobiernos árabes que, ante nuestros ojos, es ya como si formaran parte de Israel. El peor ejemplo son los Emiratos Árabes Unidos. Son más papistas que el Papa. Tenemos también un ejemplo de Occidente. Cuando Biden viajó a Israel, se reunió con los altos cargos del Ejército israelí como si fuera un israelí más. Aunque hay países que son soberanos que rechazan categóricamente lo que está pasando en Gaza, como España, Irlanda o Bélgica.

Varios líderes de los países que menciona han vuelto a poner encima de la mesa la solución de los dos Estados. ¿Es viable?

Es una solución que llevamos años intentando hacer realidad. Siempre se dice: «El peor enemigo de Israel es Israel». Insiste en seguir con este camino que habían trazado. Desde los Acuerdos de Oslo de 1993 escuchamos cosas acerca de la solución de los dos Estados. Los palestinos reconocieron el Estado de Israel y estrecharon la mano de la izquierda, de la derecha y del centro israelí. Con todos. Pero los resultados posteriores a Oslo fueron incluso peores que la situación previa a Oslo. Israel quiere seguir con su hegemonía y cree en la fuerza, en la potencia. Es complicado seguir teniendo fe en esta solución teniendo en cuenta la llegada al poder en Israel de una ultraderecha racista muy radical. No tenemos que olvidar que los informes de la ONU describieron a Israel como un Estado «apartheid».

¿Cómo imagina el día después del fin de la guerra?

Pienso que a lo largo de los próximos años volveremos a ver más crímenes. Israel no quiere dos Estados, quiere someter al pueblo palestino. Es lo que llevan intentando más de 100 años, pero todavía no lo han conseguido. Creo que los palestinos van a ser más firmes después de estas matanzas. Ya nunca se dejarán someter, porque se ha derramado mucha sangre.