Libia se desgarra rumbo a una nueva guerra civil

Los asesinatos impunes de las milicias y el bloqueo del Gobierno provocan una huelga general paraliza el país

Trípoli ha vivido este fin de semana los episodios más sangrientos desde el final de la guerra, que han dejado al menos 43 muertos y más de 450 heridos y un país cada vez más al borde de un conflicto armado. Ayer declaró tres días de luto, hasta mañana, coincidiendo también con una huelga general convocada por organizaciones y sindicatos para exigir la salida de las milicias de la capital y el fin del gobierno de las armas.

La violencia se desencadenó el viernes durante una manifestación para pedir la marcha de los batallones de los ex rebeldes, que cada vez con más ahínco impiden la transición democrática: miles de manifestantes marcharon de forma pacífica hacia el barrio de Ghargur, donde se han afincado algunas milicias procedentes de la ciudad de Misrata, ocupando antiguos edificios pertenecientes al régimen del coronel Muamar Gadafi. Los milicianos no dudaron en abrir fuego indiscriminadamente contra los manifestantes desarmados, tal y como hizo en su momento el dictador, con armas pesadas, incluidas baterías antiaéreas y granadas, además de fusiles kalashnikov. La violencia de prolongó hasta el sábado, con enfrentamientos entre distintas milicias rivales y también civiles armados, en una ciudad muy acostumbrada al ruido y al dolor de las balas.

Ayer reinaba una calma muy frágil en Trípoli, donde fueron levantados controles de seguridad, barricadas y tan sólo unas pocas decenas de personas se atrevieron a volver a bajar a la calle para protestar en contra de las milicias. El consejo municipal de la ciudad declaró tres días de huelga y manifestaciones para exigir no sólo que las milicias se marchen de Trípoli, sino que el Gobierno ejerza como tal a la hora de proteger a los ciudadanos y de mantener la calma y la seguridad. La ONG Human Rights Watch también exigió al Ejecutivo que investigue los hechos y ponga fin a la impunidad de los milicianos. Pero el Gobierno está más debilitado que nunca y sus fuerzas armadas y de seguridad, aún en proceso de formación. El primer ministro libio, Ali Zeidan, admitió haber dado órdenes a la Policía de no intervenir porque no puede hacer nada frente a las milicias. El propio Zeidan fue secuestrado el pasado mes por una milicia, en un incidente que demuestra no sólo la impotencia del Ejecutivo, también las luchas por el poder que se libran a través de las milicias, afiliadas, financiadas o al servicio de determinados grupos políticos, figuras o departamentos dentro del Gobierno.

Ayer, el «número dos» de la Inteligencia libia, Mustafa Nuh, fue secuestrado en Trípoli, según los medios locales, aunque oficialmente no se había confirmado su rapto al cierre de esta edición. El Gobierno trata de no bloquearse, al menos formalmente, aunque sobre el terreno no tiene prácticamente ningún poder. Zeidan dio un ultimátum a las milicias para integrarse en las Fuerzas Armadas y de seguridad nacionales antes de final de año, pero éstas no parecen estar dispuestas a renunciar a su poder, ni tampoco aquellos que las usan como instrumento para ejercer su influencia y control. Mientras, los ciudadanos exigen vivir en paz, hartos de los abusos de los ex rebeldes y a punto de perder la paciencia y la confianza en las autoridades.


Producción de petróleo reducida a la mitad

En los últimos meses, la producción de petróleo se ha reducido en más de la mitad, dejando al Estado prácticamente sin ingresos, ya que más del 90% de éstos provienen de los hidrocarburos. Por un lado, los ex rebeldes han estado bloqueando plantas petrolíferas como forma de chantaje; por otro, los propios trabajadores de la compañía estatal, que piden mejoras laborales. Ello, unido a la inestabilidad que vive el país, ha hecho que la actividad de esta industria disminuya notablemente. El último golpe al sector ha sido la creación de una compañía «independiente», bajo el paraguas del nuevo gobierno secesionista de la Cirenaica, (este de Libia), donde se encuentra la mayor parte de los yacimientos de gas y petróleo. Algunas empresas extranjeras que operan en Libia se han visto afectadas, así como la economía, que caerá un 5% este año.

La inmigración ilegal abre una nueva vía hacia Europa

La inseguridad y el desgobierno que vive Libia están afectando también a la estabilidad al otro lado del Mediterráneo y a sus vecinos, ya que desde este país zarpan actualmente la mayor parte de los emigrantes que tratan de alcanzar Europa. Libia siempre ha sido un trampolín para la emigración ilegal, por su cercanía con Italia y porque Gadafi no siempre colaboraba con la UE, pero las autoridades actuales no tienen ningún control sobre sus costas ni medios para vigilarlas. Además, las milicias están participando y lucrándose con el tráfico ilegal de personas que llegan a Libia desde los países subsaharianos, así como de otros países de Oriente Medio, principalmente de Siria. Los Veintiocho están intentando ayudar a Trípoli entrenando a los guardacostas y desplegando una misión comunitaria, aunque por razones de seguridad ésta no está aún totalmente operativa.

Bengasi se independiza del gobierno central

Bengasi es ahora más rebelde que nunca. La cuna de la revuelta de 2011 es la capital del nuevo «Estado» independiente de la Cirenaica. Varios líderes tribales de la región han creado un consejo que, tras repetidas amenazas, autoproclamó finalmente la autonomía de la región a finales de octubre y rechaza estar bajo las órdenes del Gobierno central. Si bien este órgano autónomo no es aceptado ni por las autoridades ni por muchos habitantes de la zona, supone uno de los principales retos para Trípoli, que desde hacía mucho tiempo no controlaba la Cirenaica, tradicional feudo opositor y base de las milicias islamistas más radicales como Ansar al Sharia. Oficiales del maltrecho Ejército están siendo asesinados o asaltados en Bengasi y sus alrededores. Tampoco los representantes políticos y religiosos se libran del acoso.

La minoría bereber exige los derechos prometidos

La minoría bereber de Libia, los Amazigh, ha lanzado el último desafío al Gobierno de Trípoli asaltando una de las principales plantas petrolíferas del país: un grupo de hombres armados de esta comunidad ha ocupado y bloqueado el terminal de Melittah, al oeste de la capital, durante dos semanas para exigir los derechos y el reconocimiento que el régimen de Gadafi les negó durante tanto tiempo, y a lo que las nuevas autoridades se habían comprometido al final de la guerra. En la Libia «libre», esta comunidad ha recuperado la libertad de expresarse en su idioma y poder exhibir detalles y costumbres de su cultura sin ser represaliada, pero quiere verse más partícipe de la política y las riquezas del país. Otras minorías y tribus también están chantajeando al Ejecutivo a través del oro negro, sobre todo en las zonas desérticas, donde el Gobierno central no tiene ni presencia ni influencia.