Europa

Atenas

Los laicos temen que la arrogancia de Erdogan les aleje de Europa

El primer ministro turco responde airadamente a las críticas europeas. Los jóvenes manifestantes ven en la UE el futuro de Turquía

Unas 8.000 personas se manifestaron ayer en Viena a favor de Recep Tayyip Erdogan
Unas 8.000 personas se manifestaron ayer en Viena a favor de Recep Tayyip Erdoganlarazon

La revuelta turca ha tensado más que nunca las relaciones entre la UE y Ankara, que se han intercambiado palabras poco diplomáticas desde el principio de la crisis. Poco después de que se vivieran las primeras escenas de violencia policial, se celebró en Estambul una conferencia sobre la integración europea ofreciendo así una imagen de normalidad. El comisario europeo Stefan Fule fue el primero en intervenir y dijo que «el uso de la fuerza no tiene cabida en una democracia». Poco después, fue el turno del primer ministro, Recep Tayip Erdogan, que visiblemente molesto arremetió contra la UE y advirtió a Bruselas de que no se dejara llevar por la desinformación y los prejuicios. Desde ese primer encontronazo, Erdogan ha atacado reiteradamente a la UE y ha subido el tono considerablemente, sobre todo tras la resolución del Parlamento Europeo condenando el desalojo de Taksim.

Erdogan declaró que no reconoce ese Parlamento y remarcó en varias ocasiones que la UE no puede dar lecciones de democracia a Turquía, recordando a Europa que no es un ejemplo a seguir en estos momento difíciles. El islamista sacó a colación en varias ocasiones las protestas en las capitales europeas, sobre todo en Atenas, donde la Policía también usó la fuerza contra los manifestantes. A Erdogan parece no importarle tensar las relaciones con la UE, ni siquiera arriesgarse a que éstas se rompan, y esto se debe en gran parte a la buena coyuntura económica de la que goza ahora su país, tal y como expuso muy claramente su ministro de Asuntos Europeos, Egemen Bagis: «Turquía seguirá creciendo, progresando y desarrollándose», con o sin la UE. Pero la postura incendiaria de Erdogan también responde a razones políticas, ya que al primer ministro le ha sido muy útil en esta crisis mostrarse como un líder fuerte y agitar el fantasma de un enemigo exterior que interfiere en los asuntos nacionales.

Por el otro lado, están los turcos que han protagonizado las protestas: jóvenes en su mayoría, de clase media y medio-alta, laicos y occidentalizados, que siguen un estilo de vida europeo y tienen las mismas demandas y aspiraciones que cualquier ciudadano europeo. Desde el principio de las protestas, los manifestantes han tenido muy claro que la presencia de la comunidad internacional era fundamental para que su lucha no fuera reprimida y silenciada brutalmente, pero quizás fueron demasiado ingenuos a la hora de pensar que la UE podía ejercer presión real sobre el Gobierno turco. De hecho, el respeto de los derechos humanos, y de la libertad de expresión en concreto, siempre ha sido un punto de fricción en las relaciones entre Ankara y Bruselas.

Ahora, el movimiento de protesta ve con temor cómo la UE podría abandonarles, en respuesta a la actitud provocadora de Erdogan.