Trump: Uno contra casi todo

Frustración entre los líderes occidentales tras el estreno del presidente Trump en la escena internacional. Merkel admite que las discusiones en Taormina «han sido muy difíciles y muy insatisfactorias». La decepción contrasta con la sintonía del magnate con sus socios saudíes.

El presidente americano llega a la reunión con el G7, en el segundo día de la cumbre en Taormina, donde se visualizó la tensión con sus socios occidentales
El presidente americano llega a la reunión con el G7, en el segundo día de la cumbre en Taormina, donde se visualizó la tensión con sus socios occidentales

Frustración entre los líderes occidentales tras el estreno del presidente Trump en la escena internacional. Merkel admite que las discusiones en Taormina «han sido muy difíciles y muy insatisfactorias». La decepción contrasta con la sintonía del magnate con sus socios saudíes.

Donald Trump, que un día denunció a la OTAN como «obsoleta», parece empeñado en deconstruir los delicados engranajes internacionales vigentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El choque en Bruselas tuvo su colofón en Taormina, Sicilia, con la cumbre del G7, donde resultó obvia la incapacidad para consensuar una postura común contra el proteccionismo. Tampoco hubo manera de que el presidente de EE UU apoyara los acuerdos de París para luchar contra el cambio climático. Angela Merkel, generalmente discreta, comentó que las discusiones del G7 «han sido muy difíciles, por no decir insatisfactorias». Y definió la dinámica como una confrontación de «seis contra uno».

Asimismo con el propósito de que los europeos paguen más, es decir, que alcancen el 2% en gasto militar al que están comprometidos, zarandeó el manual diplomático al servicio de la geopolítica. Lo hizo en el peor escenario posible. La sede de la OTAN, que inauguraba edificio central. En presencia de todos sus aliados. Con Rusia en modo lobo y a la espera de nuevos signos de debilidad occidentales. Encantada de que las evidentes grietas en la OTAN alienten su voraz escalada neoimperalista. «Que paguen lo que deben», exclamó un Trump más ufano que de costumbre. Al tiempo que achuchaba a los pedigüeños, cámaras y micrófonos mediante, rechazó explicitar el compromiso de EE UU con el Artículo 5 de la Alianza. Nada menos que la promesa de que el país intervendrá militarmente en el supuesto que uno de los socios sufra un ataque. Un juramento que, como explica Karen Athia en las páginas de «Politico», «han hecho todos los presidentes estadounidenses desde Truman» cada vez que hablaron en la sede de la OTAN. Para Nicholas Burns, ex embajador ante la OTAN con George W. Bush, y que hizo explícito su agradecimiento «por el apoyo incondicional que Estados Unidos y Canadá dieron a América [después del 11S]», el presidente Trump no ha actuado como el «líder de Occidente» que es o debiera ser. O el cargo le sienta grande o ha decidido hacerse otro a medida. Andrew Moravcsik, profesor de la Universidad de Princeton, denunció, en las páginas del «Financial Times», el error que a su juicio supone creer que la influencia global sólo tiene que ver con el poderío militar.

En mitad del carnaval de desplantes, incluido el empellón que propinó al primer ministro de Montenegro, Durko Markovic, a fin de situarse mejor en la foto de familia, Trump había encontrado tiempo para calificar a los alemanes de «malos, muy malos». Al parecer invaden el mercado estadounidense con sus coches. «Es horroroso, vamos a pararlo», habría comentado durante la reunión que mantuvo con el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, y el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk. A nadie le extrañó que este último, a la salida del encuentro, susurrara que Europa y EE UU, hoy por hoy, mantienen cruciales diferencias respecto a Rusia. Preocupante, tratándose de la Rusia que invadió Crimea mientras apuntala a un Bachar al Asad que ha regado con armas químicas a su población, y acusado de cientos, si no miles, de ejecuciones extrajudiciales.

Más inquietante todavía si recordamos que tanto el FBI como la CIA y el Pentágono concluyeron de forma inequívoca que los servicios secretos rusos trabajaron para desestabilizar las últimas elecciones presidenciales en EE UU y favorecer a uno de los candidatos. Al actual presidente. Otro asunto, que está por demostrarse, es que algunos de los más cercanos colaboradores de Trump colaborasen o no en la conjura y, ya puestos, que cobraran a cambio. El penúltimo caso, el del yerno Jared Kushner, que ofreció a los rusos la posibilidad de mantener una actividad diplomática paralela y secreta cuando faltaba más de un mes para que se hicieran efectivo el relevo en la Casa Blanca, apuntala la sospecha de encontrarnos ante una Administración tremendamente bisoña. Por no hablar de las ramificaciones legales, es decir, penales, que podrían acarrear los escarceos diplomáticos de Kushner.

La escandalera de Trump en Bruselas fue prologada por sus visitas a Arabia Saudí e Israel. Asombró el tacto, la paciencia y hasta el cariño con el que Trump celebró las relaciones bilaterales con el país que más ha contribuido al robustecimiento moral y económico del yihadismo a escala global. Una tiranía que engrasa a base de millones las escuelas wahabistas por todo el orbe. Fareed Zakaria, columnista del «New York Times», recordaba que «en los últimos años el Gobierno saudí, junto con Qatar, ha proporcionado apoyo financiero y logístico clandestino al Estado Islámico y a otros grupos suníes radicales en la región [La cita pertenece a uno de los correos electrónicos filtrados de Hillary Clinton]». «Los saudíes», continúa, «constituyen el segundo grupo más grande de combatientes extranjeros en el Estado Islámico». Por no hablar de que «el reino mantiene una alianza tácita con Al Qaeda en Yemen». De paso recuerda que «el 94% de las muertes causadas por atentados terroristas a partir del 11-S han sido causadas por fundamentalistas suníes». Esto es, por grupos educados en el «currículum» que proporcionan las escuelas coránicas del Golfo.

«Trump falla a la OTAN». Así ha titulado uno de sus recientes editoriales el «New York Times». Un revolcón diplomático potencialmente devastador en mitad de una gira pródiga en mimos hacia los garantes espirituales y crematísticos del terrorismo. Un viaje a ninguna parte, en la mejor tradición pirotécnica del buen demagogo, que de paso le ha permitido a Rusia comprobar hasta qué punto el presidente de EE UU juega en un tablero distinto al de sus viejos aliados. Normal que desde el Kremlin diagnosticaran como altamente favorable para sus intereses la hipótesis de que el rey de la televisión basura y los casinos en quiebra sucediera a Obama en el Despacho Oval. No se han visto en otra. Tampoco los europeos.