El poder por el poder

No hay que temer el poder. Los políticos lo buscan como única manera de convertir en realidad sus ideas

QUIEN PIERDE EL PODER, PIERDE EL DOBLE. Kissinger, considerado un maquiavélico de la política, junto a Nixon en 1972
QUIEN PIERDE EL PODER, PIERDE EL DOBLE. Kissinger, considerado un maquiavélico de la política, junto a Nixon en 1972

No hay que temer el poder. Los políticos lo buscan como única manera de convertir en realidad sus ideas

Cuando a Kissinger le preguntaron si se consideraba un discípulo de Maquiavelo, trató por todos los medios de quitarse de encima la etiqueta. Sabía que el adjetivo, en el lenguaje común, evoca maldades, dobleces e hipocresías sin cuento. En realidad, los políticos son maquiavélicos desde muchos siglos antes de que Maquiavelo viniera al mundo. Los políticos apetecen y buscan el poder. Sin él no pueden aspirar a cumplir otras ambiciones más nobles. Otra cosa es que el poder se convierta en el único objetivo de su actividad. Cuando eso ocurre, ni los políticos son capaces de ganarse a la opinión pública, ni la opinión pública respalda a los políticos.

En este descrédito general del maquiavelismo hay una excepción. La forman los colegas de Maquiavelo. Nicolás Maquiavelo era un intelectual: una persona sin otro medio de vida que su palabra y su inteligencia. Algunos años antes, habría dependido de la Iglesia. A principios del siglo XVI, tenía que salir adelante por su cuenta. Así que ofreció a los Medici –a los que no quería– una suerte de manual que les sirviera para consolidarse en la ciudad de Florencia.

En vez de elogiar las virtudes principescas tradicionales –la prudencia, la fortaleza, la justicia y la templanza–, insistió en que la política debía basarse en la realidad humana: en lo que los seres humanos son, no en lo que deben ser. De pronto, todo el gigantesco edificio de la moral y los buenos propósitos aparecía como un artificio al servicio del poder. Se inauguraba así una filosofía de la sospecha que triunfaría en el siglo XX. Desde este punto de vista, cuando Maquiavelo propone que un príncipe, con tal de conservar el poder, debe «construir nuevas ciudades, destruir las existentes, trasladar los habitantes de un lugar a otro, no dejar nada intacto y hacer de modo que no haya rango, ni magistratura, ni posición, ni riqueza cuyos titulares no se las deban del todo», no está haciendo una propuesta bárbara e inmoral. Está emancipando la política de la moral e incluso haciendo la revolución. Lo que importa no es lo que Maquiavelo dice. Mucho más relevante es que, en el ejercicio de su responsabilidad intelectual, Maquiavelo se atreve a decir lo que los poderosos hacen sin decirlo.

Maquiavelo no era sólo un monstruo y lo que sus obras nos ofrecen es, también, un buen método para el análisis político basado en una propuesta realista sobre la acción humana. Desde su punto de vista, el cálculo racional que debe guiar nuestra conducta en su dimensión pública habrá de tener en cuenta variables distintas a las que ofrece la virtud moral. Ahí está la base de su interés por el pluralismo y por un diseño institucional que sea capaz de aprovecharlo pacíficamente. En este punto, maquiavélico es casi sinónimo de «político», político moderno. No es esto, sin embargo, lo que más se recuerda. Entre la exaltación del «inmoralista» y la condena del «amoral», el terreno queda a veces en barbecho. Más aún en un período de cambio como el que estamos viviendo.

Por mucho que Maquiavelo insistiera en lo contrario, la vida en común no se sostiene sólo mediante el puro ejercicio del poder. De hecho, por muy elocuente que resulte, Maquiavelo nunca consiguió refutar la idea de que el poder siempre tiene que sustentarse en alguna forma de justicia. En las democracias liberales de los últimos setenta años, desde finales de la Segunda Guerra Mundial, la justicia adopta, en buena medida, la forma del Estado del bienestar. Los Estados modernos han sido democráticos y «sociales»... hasta que la crisis ha empezado a imponer nuevas reglas de juego. No es que el Estado de bienestar esté condenado, pero el modelo está cambiando y van a ser necesarias nuevas formas de concebirlo, de organizarlo y de financiarlo.

Un cambio de esta categoría provoca, como es natural, un alto grado de ansiedad. Parecen fallar los fundamentos de la sociedad tal como la conocemos: la justicia y por tanto la legitimidad misma del poder. En consecuencia, unos representantes políticos que parecen incapaces de asegurar el bienestar (la justicia, por tanto) quedan puestos bajo sospecha. Lo único que se percibe de ello es su apego al cargo, su «maquiavelismo».

Por parte de los representantes políticos, resulta difícil elaborar un argumento que permita entender y dar sentido a lo que está ocurriendo y a su propia acción. Nadie sabe el modelo final que saldrá de todo esto. Lo que sabemos es que no vamos a volver a la situación anterior, pero eso, justamente, resulta difícil de explicar sin disparar aún más la ansiedad y sin correr un mayor riesgo de perder el poder.

Paradójicamente, cuanto más prudente se muestra el gobernante, más parece evitar los temas esenciales, y más maquiavélico, o cínico, puede llegar a ser visto. En la situación española, donde la izquierda no suele tener el menor sentido de lo que es la ley y se comporta como el discípulo más aventajado de Maquiavelo, la situación resulta diabólica. En vez de la política, parece que sólo queda el poder.