Suráfrica pierde la fe que le inspiró Mandela

Quizás pueda parecer un poco pronto para preguntarse qué será de Suráfrica una vez fallecido Mandela, pero la preocupación de toda persona que sepa cuánto luchó por su país y la situación en la que éste se encuentra ahora, justifica esta rapidez.

Mandela ganó las elecciones en 1994 y fue proclamado presidente de Suráfrica cuando tenía 75 años. Sus principales logros, evitar un derramamiento de sangre que parecía inevitable e iniciar el proceso democrático que pedía su país, le ocuparon el tiempo que permaneció en el poder. No quiso presentarse por segunda vez a las elecciones en 1999 y se retiró para ocuparse de la plaga que azota África, el sida.

La etapa posterior de su país, en la que han ocupado la presidencia Thabo Mbeki y Jacob Zuma, ha sido una historia de desaciertos. Suráfrica es la primera potencia económica del continente africano, sus recursos naturales son abundantes y la riqueza que supone la minería, extracción de diamantes y metales preciosos, es enorme. Sin embargo, los sucesivos gobiernos no han sabido hacer que esta riqueza revierta en beneficio del país. No se han producido los avances a los que se comprometió el CNA que entonces dirigía Mandela. En muchas comunidades todavía no hay agua, ni electricidad, ni viviendas saludables. En los 20 años transcurridos desde entonces, los ciudadanos no se han beneficiado de esos recursos.

La corrupción ha tocado a cuantos políticos han estado en el poder y cerca de él. El presidente actual tendrá que presentarse ante los tribunales porque está acusado, entre otras cosas, de corrupción. Pero no necesitamos saber si son acusados o no, sino cómo sus fortunas se han creado de la noche a la mañana y cómo pasan a formar parte de las empresas que extraen la riqueza de Suráfrica. Las desigualdades ya no son solamente entre blancos y negros, que siguen siendo, sino también entre negros riquísimos y negros paupérrimos.

Puede que las cifras del paro no nos asusten demasiado considerando lo que estamos pasando aquí, pero «nuestro» desempleo es muy distinto. Allí se trata de paro sobre paro y de miseria sobre miseria, y el negro joven y parado (el 50%) no tiene a nadie que lo proteja ni que le dé un mínimo para subsistir, ni un comedor al que ir una vez al día, ni una pensión de los abuelos o los padres que le impida morir de hambre.

La educación, elemento clave, como tantas veces dijo Mandela, para salir de la pobreza y de la violencia que impera en el país, no ha mejorado entre las clases más pobres. Suráfrica es el país más peligroso de África y los muertos por violencia y violaciones alcanzan cifras espeluznantes. Una de cada cuatro mujeres han sufrido una violación, tragedia a la que hay que añadir el posible contagio de sida. El gobierno intenta llevar a cabo una política represiva contra las armas, pero es un intento estéril, ya que no se puede controlar un comercio que da tanto dinero a base de prohibirlo pero sin atacar las causas que lo provocan.

La sanidad es otro grave problema. En un país con la mayor población de sida de África, el presidente Thabo Mbeki se negó a hacer frente al problema y ni Mandela ni la Fundación que había creado consiguieron que cambiara de política. En realidad es un problema muy vinculado a la educación. Es muy difícil controlar una epidemia como el sida si culturalmente no se entienden las causas, las consecuencias ni los modos de prevención.

Mandela pidió paciencia a su pueblo. En uno de sus primeros discursos les dijo que nadie pensara en tener piscina y coche en poco tiempo, quería que entendieran que todo el proceso que debía llevarse a cabo no iba a dar sus frutos de la noche a la mañana, y abogó por el fin del racismo y el perdón para los que habían esclavizado al pueblo negro. Se llevó a cabo una «revisión» de las culpas pasadas, pero no se buscó la venganza.

Pero pasan los años y el pueblo surafricano sigue pasando miseria, le falta educación y sanidad y además ha dejado de creer en sus dirigentes. Hace unos días Juma era abucheado por la multitud en uno de los actos de homenaje a Mandela. ¿Qué le queda al pueblo surafricano? ¿De dónde o de quién va a extraer la confianza en el futuro que se necesita para soportar tanto sufrimiento? Sin esa confianza, lo más fácil es intentar comer y vivir a cualquier precio, recurrir al camino de la violencia, o del robo, que pasan a estar justificados cuando los dirigentes los han instituido como medio de vida, y el de la despreocupación por los demás.

Quisiéremos que nuestra esperanza fuera otra, y si tuviéramos la fe de un Mandela quizás debería serlo.

LUCES Y SOMBRAS DE LA ECONOMÍA

Desde que Mandela llegara al gobierno, Suráfrica ha experimentado un crecimiento económico del 84% en su PIB. Los analistas consideran que la estabilidad institucional impuesta por el primer presidente negro del país y el mantenimiento de una economía liberal han sido las claves. Actualmente, es la economía número 29 del mundo por volumen de PIB. Suráfrica, que forma parte del bloque de países emergentes denominado BRICS, crecerá este año en torno al 2%. A pesar del éxito económico de Mandela, el país mantiene una larga lista de retos a nivel económico. Si bien el desempleo ha disminuido, aún es seis veces mayor entre la población negra.

El PIB per cápita, un buen indicador de la calidad de vida, fue el año pasado de 5.837 euros, con lo que se sitúa en el puesto 65 del ránking mundial. Entre los analistas existe cierto temor por el elevado nivel de déficit, que se sitúa en el 7%. En cuanto al Índice de Desarrollo Humano, que elabora las Naciones Unidas para medir el progreso de un país, Suráfrica se encuentra en la posición 97 de 144 países.