3,2,1 confinamiento

Siempre está la opción de arrojarnos desde las almenas al foso de un castillo como hizo la princesa Elizabetha, esposa de Drácula, tiñendo de sangre y lágrimas las aguas del río Arges.

Escribo desde mi piso sin terraza, envidiando a los privilegiados que habitan casas de campo o casas con jardines… pero al menos, gracias dios mío, no sólo tengo un perro, sino dos, y han prometido sacarme de paseo cada vez que me vean a punto de agredir a alguno de los miembros de mi familia (numerosísima) con cualquiera de los objetos punzantes e incluso con los romos, a mi alcance…

Los expertos (que no son los políticos, ni somos los periodistas) dicen que nos quedan cuatro telediarios en libertad. Por eso, me he comprado tres chandals, me he retocado las mechas, y he pensado cómo invertir inteligente y satisfactoriamente este tiempo de descuento:

· Disfrutar de una comida en uno de los históricos reservados del restaurante más romántico y seguro de Madrid, Bodega de los secretos, pero no con mi marido… ¡sola! ¿Qué mejor compañía y amor que el amor propio? ¿Es que existe una relación más larga y necesaria con algún ser humano que la relación con uno mismo? En el próximo confinamiento, echaré de menos ir a la Iglesia, lucir zapatos preciosos e incómodos, las terrazas bulliciosas, pero lo que más extrañaré… por encima de todo, es la soledad.

· La familia. Esta mañana he cogido el teléfono y he organizado una cena torera, de esas míticas sin hora de finalización en casa de mi hermano el psiquiatra, que sabe confortarme, pero sobre todo divertirme, y así hartarnos de brindar, de ponderar y de reír, para toda la temporada.

· Quedar, por supuesto, con mis mejores amigos, y con los que no lo son tanto, incluso con quienes me consta que me detestan o me caen fatal… ¡Viva la vida social (con cualquiera que no sea mi marido y mis hijos)! Es broma (bueno, no).

· Hacerme con una buena bodega casera en Delivinos, bajo el asesoramiento de mi admirado Jacinto, su propietario. Los adultos siempre tendremos el refugio del tabaco, el café y/o la bebida. ¡Qué suerte tenemos! En momentos de ansiedad y descontento, el alcohol no es el problema, ¡¡¡el alcohol es la solución!

· Daría una fiesta años veinte para despedirme de todos mis conocidos, pero la glamurosa y hedonista marca “años veinte” ha sido absolutamente desvirtuada por esta pandemia. Además, no quiero estar en casa. Invitadme a mí los que lo leáis y acudiré gustosa y sedienta de champán.

· Acordar con mi ex marido, y sobre la Biblia, el régimen de intercambio correspondiente de nuestros hijos por encima de todo. Si no se puede (porque es médico) no pasa nada ¿eh?; siempre tengo la opción de arrojarme desde las almenas al foso de un castillo como hizo la princesa Elizabetha, esposa de Drácula de Bram Stoker tiñendo de sangre y lágrimas las aguas del río Arges.

· Tomar (engullir) a diario liposomas de Vitamina C Altrient y obligar a mis padres a hacer lo mismo para reforzar en lo posible el sistema inmunológico.

· Ir al Jardín Botánico. Adoro a los animales, tanto como a los vegetales ¿saben? Por eso iré a despedirme de este mágico lugar donde además ha florecido el nenúfar tropical de hojas gigantes, una de las plantas más emblemáticas y valoradas en todos los jardines botánicos del mundo. Un ejemplar de colosales hojas verdes y bordes rojizos elevados, llenos de espinas con grandes flores blancas nocturnas y perfumadas. ¡Poesía!

· Llevar a mis hijos con sus amigos y perros al Retiro: detesto los niños tanto como los parques, pero los llevaré, por amor a la naturaleza (y a ellos) a pasear bajo la fresca de sus árboles y sus maltrechos pero queridos parajes… Haré la croqueta enseñando las ingles… me acostaré boca abajo sobre la hierba húmeda hasta embarrarme las narices, hasta añorar el cemento inerte de mi barrio …

· Ir al dermatólogo o mejor… Hacerme unas sesiones de radiofrecuencia facial y corporal en Germaine de Capuccini Goya, cuyas manos expertas tienen el poder de rejuvenecernos y alegrarnos de inmediato.

· Ponerme a régimen e ir al gimnasio. Que es lo primero que hago todos los lunes, llueva, truene o relampaguee. Sólo los lunes.

· Dejar de fumar, pero de verdad, para no ahumar a los niños o mejor ¡qué demonios! Volver a fumar, de verdad… Basta de hipocresía, en el confinamiento sólo funcionará la autenticidad.

· Asistir a ceremonias. ¿Alguien que se case de aquí a cinco días?... Me valen comuniones, confirmaciones, apostasías, ritos zulúes, sepelios, entronizaciones, sacrificios satánicos y todo tipo de reuniones confesionales y aconfesionales donde sea obligatorio vestir de etiqueta (y beber mucho en copas de cristal finísimo).

· Ponerme un vestido de gasa, unos tacones de aguja, un collar de perlas, un tocado y tener una cita a solas con mi marido en el Cambridge Soho Club como Mia Farrow en El gran Gatsby. Y actuar como ella.

· Desdramatizar: el humor es un gran mecanismo de defensa (conocer a Dios es el definitivo, pero… “pocos somos los escogidos” Mateo 22:14) y practicarlo, relativizar, reír nos permite vivir por encima de las circunstancias, que es como hay que vivir si uno quiere tener la más mínima posibilidad de ser feliz y estar tranquilo. Y cuerdo.