Caminar como ansiolítico

Durante el confinamiento sentí una necesidad vampírica de campo, de espacios abiertos y actividad cinética.

La columna de Carla de La Lá.
La columna de Carla de La Lá. FOTO: Archivo

La pandemia nos ha cambiado ¿no creen? y continuará haciéndolo en muchos aspectos, no todos negativos.

De profesión sedentaria, ante tantas horas tele trabajando frente al ordenador en un piso céntrico, hace meses sentí una necesidad vampírica de campo, de espacios abiertos y actividad cinética.

En la vieja normalidad me ejercitaba con el ballet clásico entre semana; los findes asistía a cócteles envuelta en maravillosos e impactantes estilismos que, en sí, eran tan divertidos como la bebida... ¡más!. Ya no bailo casi nada, me visto apenas, y menos acudo a fiestas, no obstante 2020 nos ha quitado tanto como nos ha dado y he desarrollado junto a mis hijos (ni mi marido ni mis perros pueden seguirme) un nuevo y adictivísimo hobby del que no puedo dejar de hablarles porque se me sale de la boca: el senderismo, en sus modalidades campestre y urbano. A eso me dedico ahora los fines de semana.

La palabra senderismo siempre me sonó irritantemente cateta (y cursi) pero, a regañadientes, me he convertido en Forrest Gump; la cuestión es echar kilómetros a lo loco, con una buena ruta en mente, asistidos por las aplicaciones (yo utilizo wikiloc Premium) y los gadgets adecuados. Sin ellos puede ser incluso peligroso.

La primera vez hicimos el Abedular de Canencia, la distancia más corta; la segunda, 30 kilómetros de Navacerrada a Cercedilla por el famoso Camino Schmidt, donde casi morimos congelados porque pecamos de novatos y torpes (yo hubiera muerto feliz en medio de toda esa belleza natural); la tercera caminamos desde casa hasta El Pardo… y ya no hemos parado.

En cuanto a las rutas urbanas, hemos hecho Madrid Río- Cementerio de la Almudena… Y la semana pasada la más memorable: Parque del Oeste- Casa de campo.

Partimos de la glorieta de Rubén Darío, al lado de mi casa; llegamos al inicio de la ruta en menos de media hora, nos adentramos por los senderos menos conocidos del Parque del Oeste, bajo un sol de invierno indescriptible (mis hijos dicen que me emociono y me sorprendo demasiado con todo, como un cachorro o un marciano, y es verdad); atravesamos el parque llegando a la Ermita de San Antonio de la Florida. De ahí a la Casa de Campo hay una casilla de la Oca.

Entramos y caminamos por sus bosques donde yo esperaba encontrarme yonkis, botas de charol rosa chicle, preservativos y proxenetas pero no había ni un alma, solo árboles, hierba y maleza.

Llegamos al Lago y nos detuvimos a comer a la fresca en primera línea del agua en uno de sus restaurantes_ que deben de ser un clásico, pero yo los desconocía. No son baratos, pero los precios son un poner en la balanza: mesa soleada, invierno, bajo los árboles, pudiendo tocar el agua con las manos, viendo jugar a los patitos…

La comida más que correcta, pudiera decirse que hasta rica, atención rapidísima y alegre (lo que más admiro en una persona es la alegría de vivir y los profesionales que atienden con una sonrisa franca, como si no hubieran tenido un problema en toda su biografía, más allá de su deseo inestimable de satisfacernos). El restaurante nos salió a cuenta, de sobra.

Proseguimos la ruta a través de los encinares cuando escuchamos gritos sobre nuestras cabezas, miramos arriba y ¡la montaña rusa! Estábamos junto al Parque de Atracciones y por supuesto, nos metemos a montarnos en todas las terroríficas maquinas imaginables.

Yo estoy mayor, eso está claro, lo sé porque de pequeña me montaba veinte veces seguidas en la montaña rusa y ahora me doy un par de vueltas en la silla con ruedas de mi despacho y podría darme un derrame cerebral. Sin embargo, pasados los cuarenta todavía tengo mucho de aventurera y a pesar de subir con miedo, mirando las tuercas de los vagones y a los operarios (los imagino a todos fumando porros mientras realizan las comprobaciones diarias) pienso siempre en cualquiera de las entregas de la maravillosa Destino Final.

Merendamos en uno de los puestos del parque y ahí sí que les digo que carísimos y bah…

Un último looping en del Parque, ya casi sin luz y en mi modo exploradora (que un psiquiatra, como el padre de mis hijos, calificaría de trastorno) propongo a mis indefensos y confiados vástagos regresar a casa caminando, a través de una Casa de Campo, completamente oscura.

_Mamá, ¿y no podemos volver en un taxi?

_Aquí no hay taxis.

_ ¿Y en metro? Prefiero vérmelas con Jack, el Destripador por estos andurriales que con el metro de Madrid.

Y así, tranquilamente, GPS en mano, atravesamos, no sin cierta inquietud algunos páramos hasta llegar a la luz de Madrid Río. Y de ahí a casa, llenos de barro.

No veo la hora de nuestra próxima ruta.