Calzonazos con manipuladora, receta infalible

Meghan sabe que en América ahora puede ser la heroína del progresismo sensiblero.

Meghan y Harry el día de su boda.
Meghan y Harry el día de su boda. FOTO: Damir Sagolj REUTERS

La hemeroteca asegura que con seis añitos Harry de Inglaterra le espetó a su hermano mayor: “tú reinarás, pero yo haré lo que me dé la gana”, aunque a sus treinta y seis parece que hará lo que la protagonista de su película de amor y lujo particular decida y eso no hace falta que lo lean en mi columna, queridos amigos, porque se puede leer en su rostro.

Las frases más impactantes de Meghan Markle, en su entrevista más polémica

En la casa Windsor ¡Pobre Meghan! jugar al Monopoly está prohibido, como también lo está protagonizar reacciones humanas como alegrarse o lamentarse; una princesa de Inglaterra no puede trabajar, llevar minifalda, comer marisco, ni ajo, ni ceviche, ni marinados, ni comidas exóticas, ni utilizar diminutivos ni apodos, ni nombres cariñosos en público ni en la intimidad… ¡Oh, my God! Diría Oprah Winfrey.

Todos podemos entender que pasar de la noche a la mañana, de liberada actriz en los Estados Unidos a “casta” esposa de la Casa Real más encorsetada del mundo requiere un periodo adaptativo, de algunos reajustes personales e incluso ciertas desavenencias.

No parece descabellado que decidieran marcharse a Canadá y rechazar el papelito secundario en la superproducción de los royals británicos y, de paso, frecuentar a personas bohemias, enseñar las piernas, el escote, poder beber, fumar… Ahora, lo que nadie se fuma, porque es infumable, es que cuando Markle se casa con Harry con casi cuarenta años no tuviera ni idea (como dice victimizándose hasta la obscenidad en la famosa entrevista) de quién era él, ni a qué se debía su existencia.

¿Han visto la entrevista? Harry pelirrojo, híbrido y algo torpón, enloquecido con su mulata hermosísima y deslumbrante que, por su parte, no ha sido lo suficientemente afroamericana para ser aceptada en la comunidad televisiva negra ni demasiado caucásica como para triunfar en el cine americano.

Meghan accedió a los Windsor un tanto de rebote, pensando (muy a la moda americana) desarrollar un papel de princesa Suits, moderna, empoderada… Y no se adaptó (y no lo criticamos) porque en palacio no tiene libertad de movimientos, no se permiten las blusas estampadas, ni cruzar las piernas, ni pintarse los labios ni las uñas (menos mal que Harry no me eligió a mí)… La vida de los royals, como la vida de todos, ofrece sus molestias pero vamos, que peor estaban las judías en Ravensbrück, 1941 y los colonos durante la expansión de la frontera de los Estados Unidos de América hacia la costa del océano Pacífico, desde el s XVI hasta bien nutrido el XX; que están peor en la India, donde un 80% de los habitantes, 700 millones de personas, viven con menos de 1,25 € al día....

Los enamorados se marchan, y hasta aquí perfecto, ¿eh? pero Meghan sabe que en América ahora puede ser la heroína del progresismo sensiblero: las razas, las minorías discriminadas, el odio a las elites, a los ricos… y le es muy rentable convertirse en la representante de esas jugosas disidencias con fines publicitarios.

Me pregunto cómo se sentirá ahora mismo Judas de Inglaterra (AKA Harry) ¿será consciente de la cara de merluzo que se le ha quedado después de vender a su familia, a la monarquía y hasta a su país por un plato de lentejas? ¿Estará arrepentido o desconcertado? ¡Apuesto a que es feliz!

Cierto es que nunca ha respondido con excesiva corrección a los requerimientos de la corona y que, desde niño, se ha buscado un hueco y una personalidad en la rebeldía, como es habitual en los segundos hijos, menos presionados que él.

¿Recuerdan, amigos, esos tiempos gloriosos en los que nuestro hedonista Harry era acusado de mujeriego y correteaba disfrazado de Hitler por las fiestas universitarias con una jarra de cerveza en cada mano? ¡Sería imposible olvidarlo!

Yo no he olvidado las portadas en las que Harry sobresaltaba a su dulce abuelita y le hacía escupir el té de las cinco protagonizando sonadas peleas en las calles de Londres, completamente desnudo jugando al “strip-billar” y copiando en los exámenes de acceso a la universidad.

Está claro que a Harry no le ha importado tanto como a su hermano el qué dirán, y bien que hace, y también está claro que su sentido del deber monárquico no es disparatadamente fuerte (igual que no lo es el de su padre, Carlos). La prueba, es que se ha casado con la mujer que le ha gustado (igual que su padre) y que ella se lo ha merendado (calzonazos con manipuladora, una fórmula resultona donde las haya) porque tiene una personalidad más fuerte, es más guapa, más lista y más práctica.

¡Ah! La de platós que nos van a dar (como Paquirrín) contando lo mala y racista que es la monarquía, que tienen que hacer frente a la más desgraciada y compleja circunstancia a la que puede enfrentarse una pareja terrícola: vivir de la herencia de su madre, solamente.

Una historia real y apasionante (mucho mejor que la de Netflix) de rivalidad, poder, cinismo, dinero, sexo, amor sincero y mucha mucha imbecilidad.