Así es el refugio de Sanlúcar del duque viudo

Entrada a la vivienda
Entrada a la vivienda

Doña Cayetana de Alba dio rienda suelta a celos inconcebibles en una octogenaria de mente clara hasta el último momento

Contenido el nervio funerario común hasta en los más grandes, Alfonso Díez mantiene el tipo y hasta esboza alguna sonrisa agradecida. Todos se apiñaron ante su dolor y le apoyaban, conducta que seguramente bajará con el tiempo. Aunque en Sevilla tiene al círculo habitual de Dueñas, que lo distraían en los bajones de Cayetana, fue acondicionando una casa rústica, realmente pueblerina, en la aristocrática ciudad de Sanlúcar de Barrameda. Tiene dos plantas, un pequeño patio y lo que allí llaman «castillet», algo así como una torre que domina la calle de Santa Ana (donde está ubicada) y que está próxima a la céntrica Trasbolsa, tan popular. Le servirá de escapatoria, compañía y refugio.

Cuenta con cien metros en cada una de sus dos plantas y necesitó una reforma de casi dos años en la que Porcelanosa regaló el «alicatado hasta el techo», obsequio que reconocía cómo el consorte participó en algunos de los actos de la firma. Tiene buena amistad con Manuel Colonques como la que mantiene en Sanlúcar con Carmen Laffón, Eduardo Mendicutti y Teresa de la Cierva, a los que el duque viudo veía en sus visitas para acondicionar la vivienda. «No necesito más», reconocía al igual que lo hacía Cayetana prefiriendo el cálido Dueñas al majestuoso Liria de la madrileña calle Princesa. Ahí la lloran como Sevilla, que se volcó en un multitudinario funeral de los que marcan época. Ver para creer, ni la boda de la Infanta Elena celebrada en el mismo marco catedralicio causó tal impacto.

La recuerda también estos días Montserrat Caballé, que fue nombrada en Liria Dama de Isabel la Católica. Es casi un aspecto inédito de la Grande de España: adoraba a la soprano y por eso Jesús Aguirre en su etapa como director general de Música del Ministerio de Cultura –en la que, por cierto, se cargó celoso a Antonio «el bailarín» como titular del Ballet Nacional, ya que no podía verlo ni en vida–, escogió el palacio madrileño de los Alba para imponer el lazo de Isabel la Católica a nuestra diva operística. Fue un atardecer en el que glorificaron a la catalana universal tan alejada del independentismo: «Soy española y catalana», sigue repitiendo donde va. Se entendió muy bien con Tarradellas, tan amplio de miras como ella y, al igual que los demás, admiró la aparente entrega de Jordi Pujol: para su gobierno celebró un concierto en la Ciudad Prohibida de Pekín a fin de recabar fondos para reconstruir la gran muralla. «Di un pequeño concierto en uno de los salones de Cayetana a quien le gustaba mucho la ópera francesa y le entusiasmaban los lieder», evoca desde Barcelona realmente apenada la Caballé. «Venía siempre que cantaba en el Teatro Real o en el Auditorium. No fallaba a mis actuaciones en Sevilla y hasta colaboré con ella en alguna obra benéfica. Luego pasaba a verme al camerino y nos reíamos con nuestras cosas», explica. Presenció ese último encuentro en La Maestranza semanas antes de su matrimonio con Afonso, hoy esposo destrozado de dolor.

Su felicidad apenas duró cuatro años tras superar y vencer la recelosa campaña que no entendía esta pasión. Fui de los más escépticos, venga a zurrarle a quien nos parecía un trepa, pero de quien finalmente salió lo mejor de sus últimos años. Vivió para Cayetana que, más de una vez, dio rienda suelta a celos inconcebibles en una octogenaria de mente clara hasta el último momento cuando le dijo qué hacer a su capellán Ignacio Sánchez-Dalp, quien la casó. Es sobrino de Pepita Saltillo, una de sus íntimas con las que, ya encamada la Duquesa, pasó hasta dos horas de charla: «Me repetía lo de “no te vayas”». Eran realmente amigas, comían y chismorreaban mucho en el desaparecido Tenorio, vecino a su palacete en la Plaza de la Catedral. La Duquesa siempre pagaba en «cash» porque aseguraba no entenderse con las tarjetas de crédito, ojalá me pasara a mí. Sus menús no subían de cincuenta euros y era una apasionada de la cocina de cuchara. En eso se mantenía firme a lo de siempre rehuyendo la exaltación de algunas estrellas Michelín, que no siempre reúnen méritos para tal honor. Y sé lo que digo.

Un refugio junto al mar

Fue una de las mayores ilusiones de Alfonso Díez: comprar aquella casa-palacete de 214 metros cuadrados y dos plantas, con seis habitaciones y un patio grande. Ubicada a 700 metros de la playa, fue uno de los refugios de la pareja. Se trata de uno de los proyectos a los que puso más empeño en los últimos años. Viajaba de Sevilla a Sanlúcar de Barrameda para controlar las obras de reforma y mandaba imágenes por el móvil a su esposa, que esperaba impaciente para ir supervisando todo el trabajo que hacían los obreros. Fue Diego Noguera, un arquitecto sevillano, íntimo amigo de Eugenia Martínez de Irujo, el que ayudó a Alfonso con la reforma. La vivienda cuenta con un mirador y tiene alrededor de 150 años de antigüedad. Le costó en su día 450.000 euros, pero las remodelaciones le costaron entre 100.000 y 200.000 euros. Al ser un regalo para Cayetana, escogió una decoración al más puro estilo andaluz.