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El poder de Facebook reside en tus debilidades

Facebook nos convierte en mascotas saltarinas intentando llamar la atención de un amo displicente.

Facebook nos convierte en mascotas saltarinas intentando llamar la atención de un amo displicente.

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El otro día pasé por delante de una docena de albañiles que descansaban sentados en un bordillo almorzando. En otra época hubiera cruzado la calle para no soportar sus expresiones de masculinidad y júbilo pero no fue necesario porque todos, absolutamente todos, estaban al móvil. Ni me vieron, pero les aseguro, amigos queridos, que si hubiera pasado Pilar Rubio en salto de cama o Pedro Sánchez abrazado a dos bailarinas del Tropicana tampoco lo hubieran visto.

Es como todo. ¿Cuántos vasos de vino es bueno beberse a la semana? “El alcohol me ha dado más que me ha quitado” decía Churchill. Facebook, la madre de las redes sociales da, y mucho: compañía, diversión, información... Pero ¿Cuántos minutos al día es conveniente invertir en ella? ¿En qué momento deja de ser ventajoso y se convierte en perjudicial?

¿Recuerdan el famoso Fear Of Missing Out de hace años (Miedo a perderse cosas)? Supongo que en la última década me hubiera perdido muchas cosas de no haber estado en Facebook, sin embargo, hoy lo siento a la inversa y he preferido abandonar mi cuenta, para conservarlas.

Schopenhauer (no recuerdo en qué libro) menospreciaba a los que presumían de dialogar mucho y les cuestionaba: “Y ¿cuánto tiempo destináis a pensar, a meditar, a generar pensamiento?”. El pensamiento propio, el pensamiento genuino, eso que diferencia a la persona inteligente y moral, eso que separa al hombre del simio requiere tiempo en soledad, introspección, y no mímesis.

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Facebook me ha dado mucho, y yo a ella, ¿eh? Para un periodista, o escritor, Facebook es un paraíso sembrado de frutas exóticas al alcance de la mano. Serás admirado, amado, deseado, consentido, plagiado... Serás insultado, detestado, linchado, la gente se cansará de ti, como es normal... A través de privados recibirás las más elevadas declaraciones de amor y las más inopinadas ofensas porque pese a todo lo que se dice, Facebook es un soporte relacional y sincero hasta la impudicia, hasta lo temerario.

Instagram es una red más fría y profesional (más allá del uso adolescente de intercambio y ligoteo) sirve para hacer negocio y ganar dinero; Twitter murió hace mucho aunque continúa caminando en modo George A. Romero y tiene sus adeptos. En redes, hay para todos.

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Por supuesto, acepto que, como dice la hilarante y agudísima logia anti Egobloggers @apiasemperfidelis, simplemente “las redes están” y que por tanto, el debate “si son buenas o malas” huelga.

Sin embargo, dentro de poco miraremos atrás y nos daremos cuenta de que la forma en que usamos las RRSS hoy es el equivalente al fumar o beber de hace treinta o cuarenta años ¿Han visto Mad Men?.

Ante la pantalla de Facebook he reído y llorado, lo confieso; la vergüenza ajena es una forma muy dolorosa de sentir empatía. Durante un tiempo se convirtió en mi novela preferida, la más trepidante, tragicómica y mordiente, la más incisiva, honesta divertida, descarnada y rebosante de ternura a la vez.

Ahora, con cierta distancia (poca), facebook me resulta un bochorno maravilloso, como una fiesta de esas de las que mejor no acordarse del todo por prevención.

Primero pensé en marcharme a la francesa. Irse de facebook me resultaba un poco de cursis, en plan primero de psicología mindfulness o eslogan de Ikea o de Huawei ("desconecta"para "conectar"). Pero quedarse, permanecer, me resultaba como permanecer en un bar y pedir otra, cuando la noche ya ha había tomado la cuesta abajo.

Pero analicemos, amigos míos, ¿qué es lo que en realidad estamos buscando cuando perdemos todo ese tiempo precioso colgando fotos, contenidos o escudriñando las vidas ajenas? En mi caso me limitaba a lo primero en un narcisismo desdramatizador, descarado y socarrón.

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Pero existen todo tipo de respetables usuarios: los que prefieren lo segundo, el espiritismo estalki, el vampirismo esquizoide; los del pacatismo y la gazmoñería disfrazados de salud mental; y los espías. En las RRSS los perfiles silenciosos, son los verdaderamente temibles.

Para todos nosotros, considero necesario abandonar internet al menos temporalmente y calibrar nuestra personal relación con la red.

Me distrae una encantadora fuente frente a mí (escribo desde un jardín en la Toscana), en su interior hay diez o quince nenúfares en flor. Me sorprenden, me pregunto si son artificiales, me levanto a tocarlos y son de verdad. Busco mi móvil, la respuesta que mi cerebro tiene preparada ante casi cualquier estímulo estético es fotografiar y compartir.

Tomo cuatro fotos y dejo el móvil, como quien abre la nevera sin hambre y la vuelve a cerrar. Estoy aprendiendo a no revelar las cosas bellas que me rodean. A disfrutarlas sin delación y vivirlas en la indescriptible poética de la soledad y de lo efímero.

Ríanse, Ríanse, pero ayúdenme señores, ¿qué es eso tan valioso que nos hace despreciar el presente (y la flor) y a las personas que tenemos a nuestro alrededor y sumirnos en una dimensión sucedánea donde claramente se desvirtúa lo más genuino de nuestra relación con el mundo y con los demás?

Según los expertos, la gratificación propia del intercambio de likes provoca y activa zonas del cerebro que están vinculadas con la aprobación y el ser aceptado y que tienen que ver con el narcisismo. Por crudo que parezca, se trata de un juego demencial, donde demostrar a los demás y a través de su huera opinión a uno mismo que vamos ganando en el juego de la vida. Facebook está diseñado para hacernos adictos a la vanidad, donde el número de 'me gustas' mide nuestro grado de narcisismo, convirtiéndonos en algo así como mascotas saltarinas intentando llamar la atención de un amo displicente que nos refuerza intermitentemente.

Voy a poner un ejemplo muy gráfico, muy grosero, efectista y muy “niña-de-Rajoy” pero es una verdad incuestionable: muchas veces cuando mis hijos me hablaban (es cierto que no callan) les mal-escuchaba puesta mi atención, mirada y dedos al móvil; no estaba trabajando, ni organizando la semana, estaba pendiente de lo que decenas de desconocidos pensaban de mí sin conocerme, por mis actualizaciones.

El mal uso de las redes nos precipita a una vida de segunda clase que impide que nos quede tiempo e interés para la de verdad, donde estableceremos relaciones en modo asperger.

Mi consejo: Si en condiciones normales postea una media de 4 veces al día o más es usted un adicto, y parece que no tiene vida privada, ni trabajo. Sépalo. En este caso le recomiendo una despedida triunfal, emotiva, lacrimógena con disculpas y reproches incluidos a su público y en definitiva, altas dosis de atrevimiento errático y exposición. Al día siguiente (o a las dos horas) vuelva como si nada y comparta esta columna