Brexit para Meghan: «Es la nueva Wallis»

Además de sus orígenes, ambas duquesas comparten ciertas características de su historia en la familia real británica. No solo el carácter, sino también sus formas de actuar, que se salen del protocolo.

Además de sus orígenes, ambas duquesas comparten ciertas características de su historia en la familia real británica. No solo el carácter, sino también sus formas de actuar, que se salen del protocolo.

La hora del té es para Isabel II uno de sus momentos favoritos. La soberana, haciendo suyo este ritual, dispensa y dispone como considera debido. Fue la hora escogida aquella tarde de octubre de 2017 para recibir a Meghan Markle en las dependencias privadas del palacio de Buckingham Acompañada del príncipe Harry, llegó puntual, a las cinco, y, como manda la tradición, la cita no pasó de una hora. La reina tomó una infusión de tés Darjeeling y Assam y agasajó a la pareja con una exquisita selección de sándwiches, frutas y pasteles europeos. Las damas bebían en pequeños sorbos. En lo pequeño, la actriz empezaba a conocer las que serían sus regias obligaciones. Por fin la soberana, que disfruta de un olfato más que fino, dio su bendición y se ultimaron los detalles sobre el anuncio del enlace.

Lo que siguió fue una boda de cuento y un recibimiento espectacular por parte de la sociedad. Todo transcurría de acuerdo con la ruta marcada por el príncipe Harry. De repente, la crónica se volvió demasiado apacible para los cronistas. Los británicos necesitaban una historia palaciega fresca y nueva. Más ruidosa, como cabría esperar de una estrella de la televisión. Actriz, divorciada, independiente... Andrew Morton, autor polémico de varios libros, vio argumentos suficientes para rescatar la imagen de Wallis Simpson y levantar viejas sombras.

Esta norteamericana, dos veces divorciada, provocó que Eduardo VIII –después duque de Windsor– se convirtiera, en 1936, en el primer soberano británico que abdicó voluntariamente. Y lo hizo por su amor a Wallis. La Iglesia prohibió que un rey se casara con una divorciada mientras su esposo siguiera vivo, por lo que renunció al trono. Su abdicación gestó una historia de exclusión y escándalos muy humillante para un rey doblegado por un amor déspota. Para la escritora Anna Pasternak, todavía hoy Wallis sigue siendo la bruja malvada que puso en jaque a la monarquía.

Sus biografías guardan muchas similitudes, pero ¿merece Meghan tal comparación? Marina Fernández, directora de Relaciones Internacionales de la Escuela Internacional de Protocolo y experta en Casas Reales, hace la siguiente reflexión: «Meghan y Wallis tienen en común su nacionalidad y que ambas venían de un matrimonio previo. A partir de ahí, existen más diferencias que similitudes, comenzando por la época en la que acceden a la Familia Real. Nada tienen que ver los Windsor que recibieron a Wallis en los años 30 con la monarquía en la que aterriza Meghan. La monarquía británica actual está bastante más modernizada de lo que el pueblo cree en cuanto a metodología de trabajo, funcionamiento y organización». Matiza, además, que Wallis se casó con un rey, mientras que la duquesa de Sussex está casada con el sexto en la línea de sucesión. Aunque la pareja tiene una exposición mediática intensísima, el impacto de Wallis y de Meghan está realmente muy alejado.

Mucho ha cambiado también la sociedad británica y su percepción sobre las segundas nupcias. Como explica Fernández, «tampoco tiene nada que ver cómo recibe la opinión pública el matrimonio de un miembro de la familia real con un plebeyo. En el siglo XXI es la tendencia. Todos los nietos de la reina Isabel casados hasta el momento han elegido parejas que no provenían de la aristocracia. En el resto de Europa tenemos ejemplos como Mary de Dinamarca, Máxima de Holanda o nuestra Reina».

Igual que ocurrió con Wallis, la llegada de Meghan no ha estado exenta de críticas, pero lo que la mayoría de analistas detectaron durante la ceremonia nupcial fue un signo más del proceso de modernización que lleva a cabo una de las monarquías más antiguas. «Supuso –añade la experta en Protocolo– una aportación positiva en la estrategia de la Casa ya que, con ella, completaban los “Fantastic Four” y desdoblaban sus operaciones de comunicación y de imagen. Por una parte, los Cambridge, dedicados a los sectores más conservadores y clásicos. Por otra, los Sussex, orientados a la población más joven y abierta». El propio Morton ha señalado que la nueva duquesa es una «incorporación fascinante a la familia real».

Ambas juzgadas por los tabloides

Es cierto que lo que comenzó como un enamoramiento casi generalizado está desembocando en un juicio durísimo que lleva a su comparación con Wallis. A excepción de su madre, poco o nada ayuda el papel de su familia. Tampoco benefician las noticias sobre los abandonos de su personal de confianza, achacados a un supuesto mal carácter. «Meghan –explica Fernández– está permanentemente sometida al escrutinio público y es casi imposible salir airoso de ahí. Se la acusa hasta de romper el protocolo con sus peinados o el color de su laca de uñas, temas que no tienen nada que ver con el protocolo». La ofuscación por parte de los tabloides británicos es tal que se desmenuza cada uno de sus pasos. Así describía el periódico conservador «The Mail On Sunday» la vida en Palacio: «La duquesa se levanta cada día a las 5 a.m. y envía mensajes a sus ayudantes. No se amolda a las reglas y, ante cualquier mal gesto, levanta una ceja y todos callan». Pero, ¿cuáles son sus pecados? ¿Su aire de estrella de Hollywood? ¿Cerrar ella misma una puerta? ¿No vestir el sombrero cuando la soberana lo lleva? Son detalles que incomodan, pero en lo esencial, parece que la duquesa es sabedora y cumplidora de sus obligaciones.

Meghan, que bailó con los niños más desamparados de Ruanda y llegó a tachar de misógino a Donald Trump, ha asumido que tiene prohibido emitir su opinión. No dispone de redes sociales y sus compromisos humanitarios vienen marcados por la Agenda Real. Aun así, bajo el titular «Meghan: ¿salvadora de la familia real o el fantasma de Wallis Simpson?», «The Guardian» insistía recientemente en presentar a la duquesa de Sussex como la nueva advenediza estadounidense que quiere acabar con la monarquía. Aludía a la mala relación entre hermanos a causa del difícil temperamento de la duquesa de Sussex. «Es como si la dolorosa historia de Jorge VI y su hermano Eduardo VIII se estuviera reproduciendo», decía el artículo. Fernández considera que se está repitiendo un patrón muy similar a lo ocurrido con Kate Middleton: «Vivió una época muy dulce tras anunciarse su compromiso con el príncipe Guillermo y se coló en los corazones de medio mundo el día de su boda. Tras la luna de miel cada movimiento era analizado y criticado, situación que se amortiguó un poco con el anuncio de su primer embarazo. El nacimiento de su primer hijo puso punto y final, volviendo a ser la duquesa de Cambridge uno de los miembros más queridos y admirados tanto por prensa como por el pueblo». ¿Relumbrará también Meghan de nuevo?

La prensa aprendió de Lady Di

La expectación mediática lleva a preguntarse si podría repetirse el fenómeno de Lady Di. Lo que observa Marina Fernández, experta en Protocolo, es que la sociedad y los Windsor que recibieron a la princesa han cambiado. Entre otras cosas, porque aprendieron de lo ocurrido con ella. «Diana se casó con el heredero a la Corona, estaba llamada a ser reina consorte, mientras que Meghan está casada con el hermano del heredero. Esto hace que sus funciones y su imagen pública sean muy diferentes». Aunque ahora la duquesa tiene una presencia constante en la prensa y labores de representación de Su Majestad la reina, con los años tanto su figura como la del príncipe Harry van a ir pasando a un segundo plano, tal y como está previsto. Cuando Guillermo sea rey, él y Catalina llevarán todo el peso de la Corona con sus tres hijos. Los duques de Sussex irán disminuyendo sus labores de representación y con ello su exposición mediática.