La familia de Palomo Linares «entra a matar» por la herencia

El torero deja avíos, trajes y «souvenirs», y se teme lo peor en el reparto de sus pertenencias. Parece que hace dos años, afianzada su historia con la jueza Concha Azuara, rehizo el testamento

Palomo Linares, días antes de su fallecimiento, en la finca El Palomar de Aranjuez, donde estaba preparando su actual exposición
Palomo Linares, días antes de su fallecimiento, en la finca El Palomar de Aranjuez, donde estaba preparando su actual exposición

El torero deja avíos, trajes y «souvenirs», y se teme lo peor en el reparto de sus pertenencias. Parece que hace dos años, afianzada su historia con la jueza Concha Azuara, rehizo el testamento. Y ella, que lo sabe, hace incesantes referencias al «abandono filial».

Penoso, practican el ojo por ojo, donde las dan las toman. Y los «palomos» no perdonaron que la jueza que lo hizo feliz los últimos cuatro años les impidiera entrar en las habitaciones hospitalarias para dar a su padre un adiós póstumo, un muy tardío arrepentimiento. Hábiles, finalmente por la noche lograron burlar el veto de la jueza, colarse y ver lo que quedaba del matador, que nunca fue número uno en la profesión. También la misa tuvo tensión porque no se saludaron los hijos y la viuda, todo muy reprobable, según divulgan. Concha Azuara es toda una señora y no pierde los nervios. Se pone en su sitio.

Todos lo comentaban, incluso de cuerpo presente, y sobre todo enaltecían la valentía que en 1970 tuvo Palomo Linares junto a «El Cordobés» enfrentándose a los empresarios. Les apodaron «los guerrilleros» y durante dos temporadas sólo torearon en placitas de segunda a costa de su prestigio, entonces creciente. Acabaron rindiéndose los empresarios, plenos de soberbia, pero que, ante la debacle de no programarlos, aceptaron sus condiciones y una importante subida de salarios general, que incluía a sus colegas menos peleones.

Dos Botero y varios Tàpies

Jaime Ostos (con 86 años que no aparenta, aún elegante) le dio la alternativa en 1967 y me lo recuerda: «Consiguieron rebajar las pretensiones de las empresas, que admitieron sus imposiciones, a lo que ninguno de nosotros nunca se atrevió. Sólo por eso merecería un homenaje». Pero esquivó mi pregunta de qué era lo mejor para él del fallecido, con cenizas ya esparcidas en El Palomar, su finca de Aranjuez donde estuve varias veces. Allí admiré dos magníficos Botero de buen tamaño junto a varios Tàpies. Eran de temática taurina, especialidad de este nuevo Picasso que se cotiza carísimo; en Bogotá hay un enorme museo con su nombre y obra. Inspiró mucho a Palomo cuando, dejado el traje de luces, se dedicó a pintar.

Sara Montiel, fan además de amiga, lo apoyó comprándole seis abstracciones de las que entonces hacía. Eran coloristas y no se parecen a la limpia profusión de líneas de su obra actual, con cuadros de 10.000 a 30.000 euros, muy picassianos, que pensaba inaugurar, y que se lo impidió ser ingresado a vida o muerte. Son piezas más relajadas que las de los primeros tiempos. En el pasillo de mi casa cuelga un cuadro suyo azul y rojo de 2000. Pertenecía al lote de Sara, que en su casa de Lagasca le dedicó una pared enfrentada a Palmaroli y un Vicente López también de influencia torera. Eran figurativos. Palomo evolucionó luego en un chorreo colorista de inspiración Viola con fuertes paletadas. Hizo casi 70 exposiciones dentro y fuera de España, número incomparable con el de sus corridas; al evocarlas hoy nadie señala una gran tarde o un lance único. Las enciclopedias subrayan «su garbo en el paseíllo y la vergüenza torera». «Se limitaba a estar muy bien, pero sin provocar éxtasis», recuerda la afición.

«Lady españa»

Emblemático fue su largo matrimonio con la miss colombiana Marina Danko. Era lo más exótico de los saraos madrileños, equiparable a la Preysler, sin llegar a su privilegiado y eterno estatus. Tuvieron tres hijos varones y ella siempre suspiró por una mujercita. Fue «Lady España» cuando el título suponía timbre calificador y no apaño publicitario. Lo recibieron desde la Duquesa Cayetana a Marta Chávarri, Laura Valenzuela, Teresa Gimpera y Rocío Jurado. Encajaba bien en aquella España alegre, confiada y desenfadada. Era un bellezón, algo seca de carácter, aunque con sonrisa de sesión continua. Las malas lenguas creen que se separó cuando Palomo bajó de estatus económico tras sus problemas con Hacienda. Por eso los hermanos Lozano se quedaron El Palomar abonando el embargo, aunque luego se la devolvieron, se supone que lo invertido. Allí han aventado sus cenizas de hombre bueno, muy castigado por las cogidas y diferentes accidentes de tráfico. Pero nunca perdió el ánimo y mantuvo la sonrisa. Tampoco su atildamiento, muy de matador de otro tiempo, enseñoreado con trajes de alpaca, santo y seña profesional, siempre un pañuelo de seda perfectamente doblado sin el alboroto arrugado que entusiasma a otros dandis de la época.

Desmienten o confirman simultáneamente, creando cierto caos, que llevaba seis años sin hablarse con sus hijos. Suerte que a última hora rectificaron. Quizá los animó su madre, que con innegable señorío o mea culpa abonó los gastos del sepelio, en cuya misa se cantó el «Ave María» por un romántico acuerdo mutuo en tiempos mejores. Algunos consideran que la incineración fue decisión de los hermanos Lozano, que siempre le administraron. Un misterio por descubrir que hace malpensar en más despistes que agobios monetarios, pese a la valiosa finca o el enorme madrileño piso de Diego de León, en el nº 29, primer hogar matrimonial y actual residencia de Marina cuando no recorre mundo con su novio millonario Fabio Mantegazza.

Una familia rota siempre levanta morbo y éste sólo está empezando. Promete. Muchos ya sacan punta a las incesantes referencias que la jueza hizo al «abandono filial», caso que podría repercutir judicialmente en el reparto de la hipotética herencia. «Como experta, ella sabe lo que hace y dice. Tira con bala», señalan, imaginando la que se avecina. Me extraña que ninguna crónica haya resucitado o hecho hincapié en la experiencia actoral de Sebastián en dos películas con Marisol, gran mito español de aquel momento. Los filmes pasaron sin pena ni gloria, sólo explotando documentalmente su lado profesional. Las películas de toros con diestros auténticos llegaron a ser fiebre en los 70. Pocas como el autobiográfico «Aprendiendo a morir» de «El Cordobés», cuya fotogenia iba mas allá de lo personal, su simpatía y ángel también lo distanciaba de Palomo, sin tanto gancho cautivador. La película de Manuel Benítez arrasó y marcó estilo por su profundidad al retratar el lado más humano además del torero que generalmente se limitaban a reproducir lo captado y difundido por el «No-Do». También sorprendió que Mondeño, compañero de tantas tardes, tuviera tentaciones fílmicas de poco alcance. El gran peliculón sobre la fiesta nacional aún es la no superada «Tarde de toros», casi en tándem con «A las cinco de la tarde», basada en «La cornada» de Alfonso Sastre, estrenada teatralmente por María Asquerino y Carlos Larrañaga como manipulado matador.

Pocos se atrevieron a contar toda la verdad de un mundillo «mu cerrao» –así lo tildan–, sucio, lleno de líos amorosos, miedos insuperados y el brillo de los trajes de luces. Los archivos exhuman los mejores momentos humanos de Palomo, realmente llamado Sebastián Palomo Martínez. Añadió Linares en tributo a su pueblo. Nació un 27 de abril, como anteayer, de 1947. Su primer gran reto fue matar en solitario seis vaquillas a beneficio de su compañero «El bola». Logró ocho orejas, cuatro rabos y una pata. Eso lo envalentonó creyéndose en la cima. Pero, poco ducho en el manejo administrativo y para entenderse con los representantes, el éxito se olvida y tardó en tener lugar su presentación madrileña, poco fulgurante pese al prólogo de haber estoqueado en solitario –constante repetida en su larga carrera– en esa Valladolid tan adicta. De ahí a la «hermandad» con Manuel Benítez, que le reporta actuar nada menos que en 65 pequeñas plazas. Curioso exceso, cambiaron los tiempos, la afición ya no es la misma.

Palomo deja avíos, trajes, «souvenirs», tal hizo Paquirri destinándolo a Fran y Cayetano. La Pantoja los retiene más agorera que añorante y temo lo peor con las pertenencias del de Linares. Pasarán más de mil años, muchos más, que dice la copla, y quizá la historia se repita. Apunta a eso. Parece que hace dos años, afianzado su historia con la jueza, rehizo el testamento. ¿Quién heredará, habrá desheredados? En este sentido son elocuentes las palabras de Azuara pidiendo a los tres hijos que no hagan un espectáculo con la muerte de su padre. No se lo dice a ellos personalmente porque desconoce a los presuntos herederos, de los que ni siquiera tiene el teléfono. El lío está formado.