Libros de la semana: Del Nobel Peter Handke al redescubrimiento de Agustín Espinosa, un olvidado del Surrealismo

Del divagar del Nobel Peter Handke, pasando por la reconstrucción de una relación complicada entre padre e hija con Use Lahoz y la recuperación de un surrealista canario excepcional como Agustín Espinosa al homenaje del diseñador Miguel Milá que supo hacer algo más que lámparas

Peter Handke en estado soporífero

A Peter Handke hay que reconocerle su constante vanguardismo pese a que va hacia la edad octogenaria. Esa es su ventaja frente al resto de autores actuales, tantas veces con presupuestos literarios conservadores, pero también su hándicap, pues con su literatura se distingue pero también se enrarece. Y «La ladrona de fruta» (traducción de Anna Montané Forasté) no es una excepción, desde luego. El relato queda marcado por el punto de vista narrativo, el hombre que está emprendiendo un trayecto y divaga sin parar, desde un inicio en el que piensa en picaduras de abeja y se pregunta sobre el silencio circundante y oye un grito de mujer. El detalle alrededor es trasladado al lenguaje, y la novela se desarrolla entre ese desbordamiento del monólogo interior y un objetivo argumental: volver a ver a la muchacha que protagoniza el título. Esa obsesión nutre las páginas (excesivas para lo que se cuenta): «Sí, por fin conseguiría ver a mi ladrona de fruta; hoy no, mañana tampoco, pero pronto, muy pronto, y la vería como una persona, entera, y no meramente en los quiméricos fragmentos que, durante todos los años anteriores, por lo general, entre la multitud y, además, siempre solo de lejos, habían aparecido ante mis ojos envejecidos infundiéndome otra vez nuevos ánimos».
Es un mero ejercicio literario que podría extenderse sin cesar, ya que lo referencial a lo largo del camino –ora el pensar en mariposas, ora pensar que lleva tres cartas sin abrir–, con el trasfondo de recordar que una única vez la tal ladrona le dirigió la palabra al que nos habla, se transforma en un cajón de sastre, en un soliloquio que, buscando el autoanálisis minucioso, alcanza el tedio literario más absoluto. El protagonista se adentra en el interior del país, en el departamento de Oise, mientras se ve como un hombre «ilegal», se relaciona con la gente con la que se encuentra –ve detrás de un columpio a la cajera del supermercado, lo cual para él es una «transformación»; se trata de alusiones como esta–, y, como cabría esperar, Alexia, el objeto de su viaje, acaba siendo una excusa para el movimiento del personaje.
Un tren en el centro de París hacia la picardía facilita a Handke seguir colocando a su observador entre mil asuntos que desentrañar, pero el simplismo rige el texto hasta hacer de este algo ilegible en el sentido de estéril: es como si lo joyceano estuviera defectuosamente interpretado, pues tampoco el autor se muestra transgresor, no explota el viaje iniciático ni lo obsesivo del recuerdo de la ladrona, de la cual conocemos que había vuelto de Rusia a París y estaba buscando a su madre desaparecida tras encontrarse con su padre, que le da una serie de consejos. De tal modo que el narrador se convierte en su biógrafo, por así decirlo y lo cual no evita, desde la página 115, «hora de contar cómo llegó a ser “La ladrona de fruta”», que las rarezas de esta obra devengan un relato atractivo más allá de su apuesta nada convencional.

Ojalá esto fuera jauja

Autores como Rafael Chirbes, Ignacio Martínez de Pisón, Almudena Grandes o Isaac Rosa han afianzado en los últimos años el realismo como estilo literario capaz de aventajar a esnobistas, experimentalismos y pasajeras innovaciones. En esta línea, Use Lahoz (Barcelona, 1976), más joven pero de no menor madurez narrativa, ha sabido aunar, con novelas como «Los Baldrich», «La estación perdida» y «Los buenos amigos», el testimonialismo civil, la reflexión histórica, el intimismo psicológico y la disyuntiva ética. En la mejor estela clásica de Cervantes, Galdós o Delibes, encontramos en esta literatura personajes perfilados en sus toleradas debilidades, el impecable desarrollo consecuencial de las tramas y la elaborada descripción de conflictivos ambientes. Ahora con Jauja, una historia de oscuros desencuentros familiares, hallamos la conseguida emotividad narrativa de unas tormentosas situaciones sociales. María Broto, una famosa actriz de la escena actual recibe de Rafael, el Rafelín antiguo compañero de juegos infantiles, la noticia de la muerte de su padre, de quien no sabe nada desde hace 20 años.
A partir de aquí, asistiendo al entierro de Teodoro, nuestra protagonista reconstruirá la historia de una relación paternofilial que se remonta a los primeros años de la Transición en un remoto pueblo de la geografía española en medio de una lacerante pobreza, pasando por la Barcelona del desarrollismo tardofranquista. Esa «jauja» que da título al libro representa el constante imaginario de una anhelada vida mejor. En un vaivén temporal que nos lleva del triunfante presente de la protagonista al pasado delincuencial de la convivencia con su padre, la novela avanza descubriendo olvidados episodios que afloran a la memoria de María, dotándole de una renovada autenticidad personal. En la experiencia infantil, un viejo automóvil de incierta procedencia, sin matrícula ni papeles, presunta propiedad de Teodoro, iniciará una intriga de sorprendentes desenlaces. No son casuales las alusiones a obras teatrales como «El jardín de los cerezos» y a Liuba, su conmovedora protagonista, autorreferencialmente interpretada por María.
Melchor, pícaro y desvergonzado, con el aplomo de su experimentada sabiduría popular, acostumbra a afirmar «que hay dos tipos de personas: los que crecen por dentro y los que crecen por fuera»; en la primera opción radica la indulgente tolerancia con la que la exitosa actriz reconstruye un azaroso pasado. Y otra frase del aforístico personaje, que enfatiza: «La vida es un tiempo en el que no paramos de hacer cosas para ver si un día podemos parar de hacerlas». Esta es, así, una historia de seres que ambicionan una inalcanzable felicidad, erráticos y entrañables en sus huidizas aspiraciones. Ágiles diálogos, excelente descripción de ambientes e inmejorable conformación de personajes constituyen las claves de esta conseguida novela de clásica factura realista.

Espinosa, el surrealista más raro y fascinante

En 1924 se hacía público el primer «Manifiesto surrealista», firmado por André Breton, y al año siguiente aparecía «La deshumanización del arte», el lúcido ensayo de Ortega y Gasset que diagnosticaba la decadencia de un secular concepto estético, según el cual el arte debía imitar a la Naturaleza. Con estos textos teóricos, entre otros, se avalaba la reciente noción de lo bello que recorría Europa desde el final de la Gran Guerra; se abrían paso las vanguardias artísticas, la desfigurada abstracción y la conciencia de lo surreal. La novedad estética calará hondo en la poesía hispana de esos años; basta pensar en «Poeta en Nueva York», de García Lorca, o «Residencia en la Tierra», de Neruda; la prosa, sin embargo, y aparte de un precursor como Ramón Gómez de la Serna, no avanzará a igual ritmo que la lírica salvo contadas y excelentes excepciones. Una de estas será Agustín Espinosa, miembro de la Generación del 27 e integrante del vanguardista vivero tinerfeño, de quien ahora se publica, en nueva y modélica edición de Alexis Ravelo, «Crimen» (1934), una novela surrealista que dinamita los esquemas de la narrativa convencional y transgrede la conciencia del bienpensante lector.
El débil, aunque original, hilo argumental se centra en la asesinada figura de María Ana, musa protagonista de los delirios autoriales que habita una esfera de mundos ensoñados. Objetualismo simbólico, animalidad repugnante e irracional semántica conforman párrafos como este: «Sentía una ternura que me llevaba a acariciar todas las cosas: lomos de libros, filos de navajas, hocicos de gato, rizos de pubis, prismas de hielo, cucarachas mohosas, lenguas de perro y pieles de marta, gusaneras y bolas de cristal». Explícitas referencias eróticas, una impostada amoralidad, el descarnado humorismo y la deliberada descoordinación expresiva escandalizaron en su día a las mentalidades conservadoras; hoy puede leerse este libro como una impagable muestra de la mejor estética vanguardista, a lo que cabe añadir la presencia del natal imaginario isleño y el acertado uso de la metáfora irracional.
El carácter fragmentario de su estructura finge un recopilatorio de narraciones breves, pero obedece en realidad a una cohesionada historia de visionarias fantasmagorías. Esta reedición nos devuelve al mejor Espinosa, heterodoxo, desinhibido, raro dentro de la propia idiosincrasia de la iconografía surreal. En el duro contexto de la Guerra Civil española, sujeto a depuración ideológica, se agravará su enfermedad y precipitará su prematura muerte. Hora es ya de una rigurosa reivindicación literaria.

Milá, más que una lámpara

Con él se hizo la luz. Sin embargo, Miguel Milá es bastante más que una lámpara. Estamos hablando de un diseñador histórico, un creador en el amplio sentido de la palabra. Un hombre que nació en Barcelona en 1931 y mamó desde la cuna lo que era crear. «Lo esencial» trae en sus palabras lo que han sido su vida y su actividad. Casi cada una de las páginas de este libro bello, ésa es una palabra que le cuadra a la perfección, diseñada para este volumen, alberga una frase interesante, una sentencia cabal. Cada capítulo es un descubrimiento y cuando llegamos al final de lo que nos cuenta que es su vida –y no solamente eso– querríamos seguir leyendo más. Su infancia, la familia, sus hermanos y recuerdos tan imborrables como ese jersey que tejieron los hijos al padre, cada uno una parte, para que no pasara frío en los días tan duros de la cárcel y que nunca llegó a manos del progenitor. Y la foto que da fe de aquello, con los niños tan afanosos, es una delicia dentro de la propia dureza que entraña.
Cuenta la editora que corrigió una y cien mil veces Milá el manuscrito y que de no ser por un «basta» a tiempo hoy seguirían los folios sin publicar, pendientes de ese bolígrafo del protagonista de esta reseña, que estuvo a punto de morir y que le debe el vivir a la insistencia de su hermano, cuando ambos hacían el Servicio Militar, a que viajara con los soldados a una revisión médica. Septicemia y extremaunción. Menos mal que sobrevivió.
De aquello arrastra una sordera que se hacía más antipática, recuerda, cuando invitaba a una chica a bailar y ésta le susurraba al oído. El volumen es un repaso por la arquitectura también, por la pequeña, que es la más importante, desde un mesa a una puerta. Habla de la utilidad de los objetos, de que no estorben, de aquel grifo al que dio forma y que quería que fuera eso, un grifo. «Mis diseños nunca han estado de moda. Y quizá tampoco han pasado de moda», escribe en uno de los capítulos. Quizá sea el secreto de su éxito.
Da gusto leer que de chicos, los hermanos recibieron una educación que es la que él y los suyos han transmitido y «en la que el aplauso de nuestro padre nos parecía un premio. Cómo han cambiado las cosas». Verdad. Y el repaso al universo Milá, que se nos queda tan corto, repetimos, concluye con un impagable doble decálogo «para entenderme a mí mismo». Rescatamos estas: «Clásico es lo que no se puede hacer mejor», «Una lámpara debe alumbrar, no deslumbrar», «El mejor diseño acompaña y no molesta» y «Sé útil y te utilizarán». Menudas máximas las que nos regala Milá. No dejen de leer este libro, lo agradecerán.