Cine

Los Ángeles

El genio sablista

El genio sablista
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Orson Welles cambió a Rita Hayworth por Amparito Rivelles y sobrevivió, como a tantas otras cosas. A Rita la dejó teñida de rubio americano en Hollywood, hartos ambos de los caprichos del otro. No sabemos si es peor el capricho de estrella o de genio.

A mitad de los cincuenta, y dando tumbos, encontró a Amparito para un papel en su rodaje español de Mister Arkadin. La cinta es tan genialmente pobre que uno de los decorados era el acueducto de Segovia porque salía gratis. Él, que usaba una ambulancia simulada para aligerar los atascos de Los Ángeles, había sido expulsado por excesivo del Hollywood dorado. Entonces vino a buscarse en este rincón de búcaros, burros y toreros. Aquí se especializó en la inconclusión, la inconclusión como obra de arte. Incluso las grandes películas que estrenó se ven con la sensación de que podrían haber sido mucho más grandes. Expulsado de los paradisiacos campos de producción de los grandes estudios californianos, andaba de Ronda a Madrid o de Jerez de la Frontera al norte. Con el sable puesto, siempre falto de presupuesto. La batalla shakesperiana de «Campanadas a Medianoche» se rodó en la Casa de Campo, con un vestuario medieval diseñado (y cosido a mano) por el propio Welles, que si no tenía para actores tampoco iba a tener para sastres y modistas. John Gielgud hacía de Enrique IV. Un rey de Shakespeare siempre vale más que un rey, pero Welles sólo había conseguido dinero para pagarle diez días de rodaje. En algunas escenas, el rey sale de espaldas, acompañado de otros dobles que simulaban ser otros actores a los que tampoco podía pagar. La película se iba rodando a ratos, relampagueando, que es un verbo de dioses, y así Welles encontraba tiempo para ir recorriendo más lugares del país, engordando, bebiendo y fumando. Todo ese disparate se acabó una noche, momento en el que el productor Emiliano Piedra atacaba las últimas fuentes de financiación no saqueadas: los camareros de Chicote en la Gran Vía. Orson interpreta a Falstaff, genial, irreverente y vitalista. Dora, le recuerda: «¿Cuándo cesarás de pelear durante el día y festear de noche y pondrás tu viejo tronco en paz con los cielos?». Y él responde: «Calla. No me hables como a una calavera. No me recuerdes mi última hora».

En la adolescencia descubrió una Sevilla republicana, con los gitanos gobernando Triana como los negros bembones del gospel gobernaban Nueva Orleans. Ahí, con apenas 18 años, se prendó del ambiente del torero y la muerte. Un documental reciente asegura que se anunció como El Americano en varias becerradas, cuando todavía le entraba el vestido de torear. Desde entonces, su relación con el escondite español fue de ida y vuelta. Algunos amigos lo rescataban ocasionalmente para el cine americano. Charlton Heston, aprovechando el poder legendario de haber sido Moises en los Diez Mandamientos, lo impuso como director en «Sed de Mal» (1958) y le procuró buen sueldo y libertad artística.

Cayó fulminado en Los Ángeles en 1984 y sus cenizas, o quién sabe, están en un pozo de la finca de Antonio Ordoñez desde 2005.